martes, 22 de octubre de 2013

Devoción

Cuando Manuel cuenta, con voz lastimera y fingida, la historia de la cicatriz que tiene el cuello son las 9 y 13 minutos de la mañana. Mientras el bus frena en seco, él tambalea un segundo y continúa esa retahíla por la que darán 2.500 pesos en monedas.

Asegura Manuel que, viene de la única cárcel para mujeres que hay en Bogotá. Para certificarlo muestra al público sus brazos, llenos de tatuajes mal hechos, que están acompañados por sellos indelebles que dicen “Visitante”.

Una vez se baja las mangas de su saco, comienza el relato. “Daniela, está pagando 4 años de condena, porque intentó ‘chuzarme’ (aculillarlo) cuando se enteró que estaba con otra mujer en su cama”.

Y cada sábado, relata exaltado (de pronto drogado), alista una pequeña olla para llevar algo de buena comida. Se planta desde las 5 de la mañana para hacer una fila interminable, para poder ver a la mujer que intentó asesinarlo con sevicia. 

Porque así es el amor. Dice.

El sábado entre las 6 y las 10 de la mañana logra entre 50 mil y 70 mil pesos. Que es lo que alcanza en todo un día de trabajo de lunes a viernes. El amor conmueve. Bueno, al menos lleva a la gente a regalar monedas llenas de compasión y lástima. Un avance.

Resultó que una de las tantas historias que son contadas en las entrañas de un bus de servicio público fue verdadera. Que tanto extremismo y tanta miseria es verdadero, y no uno de tantos inventos arteros por sacar alguna moneda ligada a la condescendencia de personas sin nombre.

Manuel tiene 27 años. Tiene voz carrasposa muy diferente a la que usa cuando cuenta la historia de amor que vive con su Daniela en los buses.  Por su cara en las calles y avenidas de la ciudad lo conocen como ‘zarco’. 

Pero ese rostro lleno de cicatrices cambia. En un segundo. Tan pronto habla de lo que él llama “su mujer”. Resulta difícil de describir. Sus ojos brillan, y sus palabras dejan un tono de admiración inconfundible por Daniela. Baja su cabeza, y sube el tono de su voz, y se dice orgulloso: no por sobrevivir a las 8 puñaladas de que le propinó. No. Orgullo de que ella siga a su lado.

Y es difícil de describir, porque las palabras no coinciden con el rostro. Ese estado de enamoramiento que Manuel no quiere disimular está alejado de su semblante tosco, si quiere delincuencial, ese que necesita para enfrentar las calles de una capital para vender su historia en los buses.

¿Qué hace que un hombre que conoce todos los vicios de la calle hable con tal admiración de una mujer que supo cobrar un engaño con puñaladas? ¿Por qué en un país más que machista, Manuel se levanta cada sábado, como un ritual pagano, a las 4 de la mañana para preparar un arroz (que le queda mal) y no visitar a su amada con las manos vacías? 

Los más románticos dirán que el amor puede hasta con el más enquistado machismo. Lo cierto es que, en Colombia durante 2012, de acuerdo con estadísticas de Medicina Legal, 5.994 hombres fueron víctimas de violencia por parte de su pareja. Por lo menos 400 murieron en uno de estos episodios de violencia intrafamiliar a mano de sus parejas. 

Claro, estas cifras poco le importan a Manuel. Menos la incredulidad que despierta la devoción por su mujer. Por lo menos no esté sábado, en el que está a sólo dos recorridos en bus de alcanzar 70 mil pesos. 

De pronto usted se encuentre la historia de Manuel en algún bus, temprano en la mañana, y entenderá que, al final, qué es el amor sino la bella conversión de devoción en rentabilidad.

miércoles, 5 de junio de 2013

Noche de urgencias

Su sonrisa era cálida. Sus dientes blancos, bien alineados, resaltaban en ese frío consultorio. Mientras se puso esos horribles guantes blancos dijo, “y eso que es temprano. No se imagina lo que viene”, y vuelve a sonreír.

El doctor Montenegro no debe tener sentimientos. O por lo menos debe dejarlos a un lado a eso de la 8 de la noche, cada noche, antes de iniciar sus jornadas de trabajo. De lo contrario, no se puede explicar cómo está parado ahí, a punto de revisar un tobillo semifracturado, con una sonrisa y un sentido del humor envidiables.

Para poder ver los dientes del doctor Montenegro tuvieron que pasar 4 horas. Imagine la escena: un colombiano cualquiera, de esos que no tienen nombre porque no ha muerto, sentado en una pequeña silla, en la sala de urgencias de cualquier hospital de Bogotá, mirando cómo la vida y la muerte caminan de un lado a otro esperando que por un altavoz la niña diga un nombre.

Aquella sala de espera era una reivindicación. Sí. Ver reunidos a varios ancianos que aplazan la cita con la muerte unos días más, sentados junto a madres que intentan calmar el llanto de sus bebés, mientras esperan que algún pediatra se apiade y los atienda, es una reivindicación. Es que la vida y muerte, sin importar cuántos años tengas, es cuestión de una pequeña silla en una sala de espera.

De repente, aquella sombría voz femenina pronuncia el nombre que tanto esperaba. Ni siquiera cuando el amor de su vida le dice por primera vez “te quiero”, uno se siente tan aliviado al escuchar su nombre y apellido. Por fin, luego de horas de llantos, rostros cansados y mucho dolor tenía 5 minutos a solas con el doctor Montenegro.

Hay que tener los huevos bien puestos para ser el doctor Montenegro. Ser testigo de tanta miseria, de tanto dolor, de tantas historias, y todavía sonreír mientras se pone unos guantes blancos para poder reacomodar un tobillo y hacer gritar a un hombre de un metro y setenta centímetros como una ballena en pleno apareamiento (perdón a las lectoras, por la imagen).

Y es que el doctor Montenegro es la punta de iceberg de mierda, también conocido como el régimen de salud de un país tropical y bananero como Colombia.

Para ver los blancos dientes del doctor, es necesario escalar una montaña de trámites, ladrones, entidades, burócratas, y sí también de un millar de hipocondríacos. Y en este punto valen todos los lugares comunes. El mejor de todos: es mejor morir viendo televisión en la casa, antes que en la puerta de un hospital con la fotocopia de quién sabe qué documento con firma y sello de transferencia en la mano.

Tan sólo en lo corrido de 2013, han muerto 10 colombianos en las puertas de algún centro médico, a la espera de siquiera ver la sonrisa de algún doctor Montenegro. Si quiere más estadísticas acá algunas: Colombia pierde 4.000 millones de pesos diarios en trámites de salud. 26 EPS han sido intervenidas por la Superintendencia. Las nefastas EPS intervenidas le deben (ojo a la cifra) más 1.7 billones de pesos a hospitales en todo el país.

Ah, y cada mes le descuentan por lo menos el 8 por ciento de su sueldo, por miserable que sea, para aportes de salud. Para que lo tiren por ahí, en alguna silla junto a ancianos y bebés que aplazan su cita con la muerte.

Como esta Colombia es de cifras que no dicen nada, basta recordar que el pasado 5 de mayo de 2013, Paula Sofia de tan sólo 9 meses perdió la batalla contra una afección cardíaca en una camilla, esperando por un certificado de quién sabe qué maldita EPS.

¿Se imagina que el doctor Montenegro tuviera en cuenta todo esto mientras se ponía los guantes blancos? 
Qué tal recordará, mientras echaba un fino apunte, las miles de familias que han perdido a un ser querido en la silla de una sala de espera de cualquiera hospital.

Definitivamente, el doctor Montenegro no tiene sentimientos. O por lo menos  tiene los cójones tan bien puestos, para dejarlos a un lado y seguir luchando para que por lo menos ese pobre diablo que tenía el tobillo hacia al lado equivocado tuviera algo de alivio en esa noche de urgencias.


viernes, 1 de febrero de 2013

Maldita justicia


Ella lo abrazaba fuerte, no quería soltarlo, es más si por ella fuera quería que volviera a su vientre para poder apartarlo de este mundo de mierda. Él, por su parte, veía a través de su hombro un nuevo amanecer, uno que soñó por largos 24 meses.

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*Alfredo tuvo que pagar una condena por un error de borrachera, según cuenta. Atacó a un taxista con arma de fuego. Jura que no recuerda qué hizo, pero reconoce que se equivocó. A la gente hay que creerle.

Durante 24 meses tuvo que pagar por ese error. Pasó por dos cárceles diferentes. La primera la califica como un hotel, la segunda como una pesadilla que lo marcó, para bien. Lo más seguro es que sea para mal. El tiempo juzgará eso.

Por su parte *Doña Amanda, sólo quería retroceder el tiempo. Así son las madres. En su mente, ella era la culpable de esos horrorosos 24 meses. Así la realidad diga lo contrario. Nada en este mundo la hará entender que ella no tiene la culpa de los errores de su hijo menor, del más consentido de la familia.

Toda la familia de Alfredo fue culpable de su error. Todos, hermanos, primos, tíos y hasta abuelos ayudaron a pagar a esos malditos abogados que ganaron millones a costa del sufrimiento de esa familia. Carroñeros, como son los abogados, sacaron hasta el último centavo que pudieron para que al final dijeran, sin sonrojo alguno, “hicimos lo que pudimos, pero se lo van a llevar, por un tiempo”.  Pagaron millones por infamia.

Antes de que Alfredo estuviera en el primer centro de reclusión, su familia le pagó millones a la víctima, millones a los cómplices, millones a los abogados, millones a los jueces. Al final, no pudieron comprar la justicia. Esa maldita justicia colombiana que para otros tiene un precio mucho menor. La historia fue sentenciada: la cárcel era el único destino.

La rama judicial, ese engendro amnésico, irrelevante y desgraciado, no condenaba sólo a Alfredo, confinaba al peor castigo a toda la familia, sin miramientos. Como lo hace con otros padres de la patria.

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Mira con desconfianza. Sabe, como pocos, que cualquiera le puede hacer daño. Es más, asume que todos lo miran y que están esperando un resbalón para hacerlo equivocar. Sigue recluido en una cárcel, por más que este a kilómetros en una fría y sencilla cafetería.

Alfredo no quiere hablar de sus recuerdos. Evade las preguntas. Cuenta historias de muertos y apuñalados como si fuera el reporte del clima. Mueve sus manos con fuerza. Habla mal, con groserías. No esconde su mirada, en tantos meses entendió que no bajar la mirada era la diferencia entre vivir y morir.

Su hermano mayor es testigo de la entrevista. Insiste en la bondad de muchos reclusos que lo acompañaron en la travesía. *Mario, el hermano, muchas veces interrumpe. Cuenta detalles, es específico. Él, como pocos, sabe lo mucho que faltó Alfredo y lo mucho que pagó la familia. Toda la familia.

¿Historias? ¿Quieren historias? Muchas, cientos. Detalles de maldad extrema, de amistad, de lágrimas. De muerte, de impunidad, de alegría y de la más profunda tristeza. Creo, esa es la cárcel: un extremo tras otro.
Para qué entrar en detalles, si lo que vale es la expresión de miedo y esperanza que tenía Alfredo mientras hablaba, mientras relataba, mientras temblaba. Esa expresión no se puede describir en líneas o palabras. Fallaría impunemente, ni para qué intentarlo.

Resta decir: al final, somos lo qué podemos. Nunca lo que queremos. Mucho menos lo que esperan que uno sea. Eso me dijo Alfredo. Una verdad de puño. De rejas.

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La puerta de una fría cárcel se cerraba. Por allá en un frío municipio de Boyacá. La historia, la cruel historia comenzó hace muchos meses atrás no sé acaba. No. Apenas comienza. Alfredo va a luchar. Su familia lo va a acompañar. Amanda llora, sabe lo que viene, la maldición que viene. Igual Mario. Qué daría, Amanda, porque su bebé volviera a su vientre y esta pesadilla terminara.

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Justicia. Maldita justicia la de este país. Esa que deja libre a los infames (como aquel borracho que mató a un hincha) y sacrifica a la familia que no puede pagar por libertad. Por justicia. Así es esto: la justicia se paga, se compra: porque es maldita.

*Los nombres de esta historia fueron cambiados por solicitud de los implicados.

Este texto está dedicado a Alejandro Yate, que partió a la eternidad: Don Alejandro, las oraciones de este redactor son para su alma y su familia. Querido Don Alejandro, “en la fuente de la vida, nos veremos otra vez….”

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Petro el mesías megalómano



A Gustavo Petro lo acompaña el síndrome mesiánico, que inunda a muchos individuos que tienen  cargos públicos en Latinoamérica: cree tener razón siempre, cree tener todas las respuestas. Cree que todos están errados, menos él.

Gustavo Petro no quiere lo mejor para Bogotá. No. Quiere demostrar que tiene razón y que todos sus detractores están equivocados. La premisa lo lleva al peor escenario para una persona como él: tener que bajar la cabeza y  dar un paso atrás.

El episodio de las basuras  presentó de cuerpo entero al personaje. Presentó a ese Gustavo Petro que siempre  tiene todas las respuestas, así todas sean incorrectas. Aprovechó que el contrato con los recolectores privados terminaba y quiso poner en marcha su modelo de ciudad, esa que sólo entiende él y nadie más. Esa que califica como: ‘incluyente’. Esa que no tiene ni un documento que la sustente.

Y entonces, apareció otra característica típica de los mesías con cargo público: la demagogia. Gustavo Petro aplicó la fórmula más sencilla del poder público, apelar a las diferencias sociales. Al discurso de los ricos y los pobres. Al viejo discurso, del rancio burgués contra el desafortunado pujante. El resultado, el de siempre, sectarismo y polarización.

Gustavo Petro utilizó eufemismos como ‘mafias’, ‘manos negras’, ‘poderes oscuros’. Como siempre, los mesías necesitan enemigos. Para que la leyenda del héroe  funcione se necesita un malvado, del que tiene que salvar a esos ciudadanos que están enceguecidos en su propio mundo.

En la fecha límite, 18 de diciembre de 2012, ocurrió lo que todos sabían que iba a ocurrir (todos excepto el mesías de la Casa de Liévano y sus áulicos). Mientras las basuras se posaban en las calles, los recolectores privados reían en sus oficinas.

Veían, los privados, como Gustavo Petro se quedaba sin respuestas. Veían, como su modelo de expropiación caía por el lado más simple: no tenía ni la infraestructura (camiones y tecnología), ni el recurso humano para cumplir lo que ellos llevan haciendo, deficientemente, por décadas.

Y, entonces, Gustavo Petro, en medio de su efervescencia y su tierna sublevación detrás de un celular con redes social, dio marcha atrás. Bajó la cabeza y aceptó. Claro, afirmó que todo fue un éxito y que aquellos que estaban antes lo harán mejor. Los mesías siempre tienen la razón. Por una razón: porque sí.

Aquellos que creen tener todas las respuestas no se asesoran. Entiende que la razón es propiedad individual. Nadie en la cuidad se le ocurrió preguntar por el gerente de Aguas de Bogotá, el adefesio que creó Gustavo Petro en su afán por volver público lo que debe ser privado. Todas las críticas cayeron en el alcalde/mesías, porque ese es su afán, porque así lo decidió, porque, para él, Bogotá es Gustavo Petro, no más.

Que parecido es Gustavo Petro a un expresidente que tuvo Colombia (es más, se parece a un presidente de Venezuela): Concentra el poder en el individuo. Le interesa más tener enemigos que soluciones, porque lo primero le garantiza seguidores.  Inventa persecuciones mediáticas para descargar responsabilidades. Así son los todopoderosos: débiles ante los argumentos.

El síndrome de Gustavo Petro tiene nombre, se llama megalomanía. Y no tiene cura. Esta patología, eso si, siempre termina en lo mismo: un loco que habla sólo. O peor, un loco que trina y trina como desesperado, como expresidente.

domingo, 18 de noviembre de 2012

18 de noviembre de 2009


Son las 5:30 de la mañana, la puerta de la oficina se abre. Todo está oscuro, nadie en toda la ciudad está trabajando. Nadie. Sólo ese pobre empleado que había cambiado su turno para poder asistir a una cita histórica que tendría muchas horas más tarde.

Vestía una chaqueta especial. A pesar del frío, la pereza o la indisposición, prendió un computador y se dispuso a redactar informes de forma acelerada. Por más que haya llegado con toda la disposición no hará nada valioso para su organización. Él, ese día, simplemente tenía un logro: vestir ese blazer negro especial.

Son ya, las 10 y 23 minutos de la mañana. No ha ligado una sola frase coherente para los informes. Cada pensamiento está destinado a lo que él suponía iba a ocurrir más adelante en un estadio de fútbol. Imaginó cada escena, no le faltó ninguna (tiempo tenía, estaba trabajando desde antes del amanecer). Al final, nada de lo que supuso ocurriría. Todo sería totalmente diferente.

Hincha como pocos, y como miles, de Santa Fe sólo podía pensar en esa final. Cada segundo lo destinaba a pensar cómo iban a lograr dar vuelta a ese resultado adverso que habían obtenido hace una semana allá, en el lejano San Juan de Pasto. Todo se reducía a ganar con autoridad. Con el correr de las horas, entendería que la realidad no podría estar más alejada.

Son las 12 y 46 minutos de la tarde. Logró su primera victoria. De la mano un gran amigo recibió las boletas al paraíso, por ideal que suene. Tenía en su poder las entradas para poder estar una vez más en ese palacio de alegrías y más de tristezas. Con su padre y su hermano habrían de librar otra batalla contra la adversidad. Esta vez, la apuesta era doble. Esta vez, era una cita con la alegría máxima. Una que no había vivido antes.

Son las 4 y 44 minutos de la tarde. Es tiempo de abandonar esa fría oficina. Es tiempo de ir al templo. Sus corsarios lo esperaban. Nadie sabía lo que se venía. En pocas horas, iban a conocer el cielo. Ni lo percibían. Sí, había un nerviosismo inusitado, pero sin explicación. Habría respuestas más adelante.

Son las 7 y 58 minutos de la noche. Es tiempo y hora. La ruta a la alegría había iniciado. Un marco pletórico sería el marco de la escena. El hermoso Nemesio, albergaba una vez más. Esta vez para ser felices. Esta vez, para dar el primer paso a la alegría máxima.

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Ese 18 de noviembre de 2009 no fue y nunca será una fecha más. Ese día, Independiente Santa Fe, sería de nuevo y como siempre: El Glorioso Independiente Santa Fe.  Ese día, como nunca, seriamos fieles a nuestra historia. De principio a fin. Sin omitir un sólo detalle, un sólo recuerdo.

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Son las 8 y 27 minutos de la fría noche. Llega el primer golpe. El rival anota. Fue la respuesta lógica a un mal inició. Santa Fe jugó esos primeros minutos con todo el nerviosismo posible. La tensión del a tribuna se trasladó  a la cancha. Había que sobreponerse a la adversidad. Había que hacer dos goles. Su padre, curtido en dolorosas derrotas, simplemente le dijo: “hoy, joven, ganamos. No más”.

Son las 9 y 17 minutos de la noche, llegó un grito ensordecedor. Omar Pérez rescató un centro del gran, gran Mario Efraín Gómez  y abrió una pequeña rendija a la esperanza. Era tiempo de ilusión. Era tiempo de cambiar la maldita historia.

Son las 9 y 49 minutos, Carlos Váldez se desploma. Nadie escucha el pitazo. Penal. Faltaban tan sólo 6 minutos para la derrota, pero el sonido de ese silbato retumbó y todos se abrazaron. Después, de ese segundo todo fue delirio.

Fiel a su historia, Santa Fe luchó, con nueve hombres, para dar vuelta a la adversidad. Pateó y Pérez y todo fue esperanza. Locura. El Campín era un solo abrazo. Había vida.  Ya cuando todo se apagaba había esperanza. Como siempre en la vida. Como siempre con Santa Fe.

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Son las 10 y 23 minutos. Si Germán Centurión atinaba al arco era el final. Llegaba un golpe más. El peor de todos. Ganaría el rival. Panorama devastador: toma impulso lanza y… Esas preciosas manos.

Un grito ensordecedor se apodera del palacio de la 57. Agustín Julio, ese hombre desgarbado de sonrisa constante había detenido el peor golpe. Evitó, con esas preciosas manos, ese gol que era derrota. Evitó la mayor tristeza de todas.

De nuevo el gran Marío Efraín. Ejecuta con seguridad. Anota. Es tiempo de gloria. El protagonista de esta historia, aprieta un botón de esa chaqueta especial, y dice con seguridad, “llegó nuestro momento. Es tiempo de llorar”.

Su dispuso, Óscar Altamirano,  corrió displicente y pateó. Entonces, esas preciosas manos, una vez más. El tiempo se detuvo. Todo quedó paralizado. Créame, todos, los 40 mil, ensimismados, subieron y conocieron el cielo tan pronto Agustín Julio detuvo ese disparo.

Son las 10  y 42 minutos de la noche: Nirvana. Independiente Santa Fe otra vez campeón. Él llora desconsolado, fundido en el mejor de todos los abrazos con su padre y su hermano. Ya nada importa. La chaqueta, la oficina, la madrugada. Nada. Todo se reducía a: Nirvana.

lunes, 15 de octubre de 2012

Amor en tiempos de regueton


Se movía de forma tan sugestiva que el muchacho tenía poco que hacer. Sus caderas, aún en formación, se agitaban de forma tan lasciva que emocionaba a todos los hombres alrededor.

Ella, se sabía dueña de la escena. Siendo optimistas tenía 16 años, pero se movía como una mujer experimentada. La cadencia con que bailaba, uno de los cientos de reguetones que sonaron en la noche, la hacía irresistible. Su pareja, otro niño que está lejos de conocer la cédula, recorría con sus manos el cuerpo de la niña. La imagen es, como mínimo, surrealista.

Antes que la canción termine (con el ritmo del regueton es difícil determinar el final) llega un nuevo beso. Más que pasión, o romanticismo, los niños dan un espectáculo de lujuria. Poco importa, es una escena tan repetida que pasa desapercibida. Las manos del joven eran tan inquietas como las de un alcalde firmando contratos el último día de su gestión. El contexto asusta.

Son las 3 y 15 de la mañana, la noche del domingo es fría, bueno por lo menos en la calle. En la sala de esa casa todo era caliente. La sangre, las hormonas, el trago barato, el olor a mariguana, la oscuridad, el sonido de besos interminables y manos inquietas son los ingredientes del cóctel sensorial que era esa reunión.

Niños y niñas bailan, sudan, pero no experimentan. No pasan de los 17 años, pero venden una imagen de confianza y fiereza, dignas de una batalla de leones por conseguir hembras. Aunque todos intentan ser diferentes, se visten igual, se peinan igual, hablan igual y se mueven igual, por paradójico que suene.

Usan gorras americanas, chaquetas con capotas, zapatillas casi siempre blancas o claras. Como en los años 60 la gomina (le dicen gel) es tendencia. Por su parte, las niñas se esfuerzan por verse como mujeres: ropa ajustada, cabello increíblemente liso y zapatillas de cualquier color. La motivación es ser diferentes y, al final, son todos fotocopias.

La escena se repite. Envalentonados por el alcohol barato que consumen, los niños se abalanzan sobre las niñas tan pronto suena el primer golpe de la canción. Ellas bajan la mirada, se mueven el cabello y comienzan, de nuevo su lap dance criollo.

Créame, las palabras de mamá y papá sobre los cuidados y los problemas que acarrean el sexo temprano ellos las conocen hasta la saciedad. Pero nada importa. Lo único que vale es saciar ese deseo incontrolable de tocar, mirar y percibir. Lo único que importa es que ese regueton no se acabe sin que  “haya algo de cariño”, como dicen socarronamente.

Tampoco importan las estadísticas de embarazos juveniles. Ni que esas cifras sean el primer indicativo de subdesarrollo de un país. Créame, mientras ellos bailan esa música monotemática, no les importa que en Colombia el promedio nacional de mujeres entre 15 y 19 años que han sido madres o están en embarazo es del 23,5 por ciento.

Son las 5 y 35 de la madrugada. La noche no se ha ido, pero aquella pareja sí emprende camino. Tomados de la mano abandonan la fiesta. Cumplieron la tarea. Como los leones de la manada, ellos ganaron el derecho a crías. Puede que no. Puede que la madre, que está durmiendo tranquila, tenga una noche más de suerte, y que su hija no caiga en las redes de sus deseos. Deseos, que más temprano que tarde, se transformarán en un nieto que ella tendrá que educar y mantener. Pero puede que sí, vaya uno a saber.

Dicen que las sociedades son su juventud. Bien, la colombiana, en buena medida, está empecinada en reproducirse a ritmo de regueton.

Así son los amores en los tiempos del regueton. Nada importa.

jueves, 9 de agosto de 2012

Malo


Su mirada indicaba que yo era inferior. Que él, por tener el valor de acuchillar a alguien sin remordimiento alguno, es superior. En un país como Colombia, mucha razón tiene.

Aunque cada día me levante silenciosamente a trabajar, soporte el infame servicio de Transmilenio y procure no maltratar ni al defensa del equipo rival en la cancha de futsal, yo soy su enemigo más intimo. Y me odia, a muerte. Así nos conozcamos hace 46 segundos.

*Efraín, no se sonroja al decir que yo soy un hijo de puta, que mucho no me diferenció de él. A pesar que, este robusto señor ha utilizado los últimos 10 años de su vida robando personas en la calle, mientras, yo he gastado el mismo tiempo escribiendo pendejadas, detrás de un computador.

“Pasa, mijo, que usted no tiene los huevos de hacer las maldades que piensa. Yo no pienso, actúo, y lo robo o lo mato. Así de fácil, mijo”, dice. En un país como Colombia, mucha razón tiene.

Lo que al principio de la charla era incredulidad, terminó siendo asco. *Efraín relata sus crímenes como hazañas. Los describe como un triunfo sobre aquellos cobardes, que no tienen los huevos de sobrevivir quitándole, con violencia, lo poco que los ladrones de corbata permiten lograr, honestamente.

“Mijo, ¿trabajar, para qué? Si viene un socio y a la bajada de un puente muestra cuchillo y listo. O si no, toca pagar servicios, para que las ratas del centro (los políticos) roben igual. Mejor ‘hacer vueltas’ y vivir bien”, dice. En un país como Colombia, mucha razón tiene.

*Efraín logró desactivar esa zona del cerebro donde, por alguna reacción química (vaya a saber uno cuál), te hace respetar a otro individuo, sus pertenencias, sus logros y, sobre todo, su vida. Todo esto es indiferente para este animal, que siempre está al acecho, con odio, a la espera de un nuevo enemigo.

El iris de sus ojos es rojo, parece que estuvieran sangrando. Cuando se siente en confianza, *Efraín cuenta historias, con detalles escalofriantes. Relata que, antes de llegar a la entrevista robó a una anciana en un puente peatonal. Muestra su navaja dorada, como si fue un ídolo pagano; la venera.

Omito preguntarle por familia o amigos. No quiero pensar que el enemigo que tengo del otro lado de la mesa tiene sentimientos o afectos, como yo. No quiero conceder ese margen.

*Efraín habla de sus crímenes como quien cuenta una jornada de trabajo, al llegar a la casa. Ni siquiera me advierte por lo que deba escribir. Confiado dice, “en la universidad (cárcel) ya estuve. Sé que allá vuelvo, mijo. Uno no cambia, por unas rejas”. En un país como Colombia, mucha razón tiene.

Por más que mi repulsión busca lejanía filosófica de este criminal, muchas de sus reflexiones ajustan  (se enquistan, mejor) en mis principios y costumbres –eso somos-. Hasta el día de esa conversación, era de los miles que creía en la falacia de ´los buenos somos más’.  Resulta que personas como *Efraín se  multiplican cada día. Son ellos, lo que entienden que todos somos muy malos, sólo que unos empuñan un arma y otros, silentes, encontramos mejores formas de robar.

Se levanta, aprieta mi mano y me dice, “mijo, cuídese, que la calle está muy peligrosa. Cualquier pendejo lo puede matar por no darle el celular o por bailar regueton con la nena, que no es. Ojo por ahí”.  En un país como Colombia, mucha razón tiene.

*Efraín, por seguridad, es un nombre cambiado.