jueves, 10 de diciembre de 2015

Inexplicable

Intentar explicar o contar este presente es una quimera innecesaria. ¿Para qué? ¿Para qué ponerle palabras a las emociones? ¿Para qué? Si será la historia, los fríos años, lo que nos ayuden a describir al Santa Fe Continental. Mejor: a dimensionarlo.

Pasó todo tan rápido. Fue todo tan imprevisto. Santa Fe cambió su historia pronto. Tanto que nos cuesta trabajo explicarlo. Cuesta juntar palabras para describir tantos logros. Tanta alegría. Pero ¿para qué? Si ya vendrán una o dos generaciones que tendrán la dura labor de volver mítico, lo que para nosotros resultó ser el mejor presente de todos.

Santa Fe es campeón continental, o al menos eso dice toda la prensa de Latinoamérica. Y uno, que llegaba los lunes al colegio quemado después de soportar a Farley Hoyos un domingo a las 3:30 de la tarde fallando las pocas opciones que creaba un equipo más que limitado, apenas puede creer lo que ve. Lo que cuentan los medios y las insultantes redes sociales. Parece que fue ayer. Pero ya pasaron casi 20 años.

Para ser campeón continental, Santa Fe fue más que nunca Santa Fe. Y podemos usar esos manidos lugares comunes ligados al sufrimiento y a la zozobra, siempre tan cardenales. Pero es mejor sonreír. Es mejor pensar que Santa Fe apeló a sus principios para ser campeón. Este Santa Fe, este amigo, se cansó de sobreponerse ante la adversidad.

Una y otra vez, superó sus propios límites apretando los dientes, luchando cada centímetro. Muchas veces, haciendo difícil lo que parecía sencillo. Simplemente fue Independiente Santa Fe. Hoy y para siempre campeón continental.

Porque este Santa Fe nos deja varias lecciones. Y, tengo que incluirlo en estas líneas, fueron difíciles de entender para este servidor. Los títulos, a veces, se ganan parándose una y otra vez. Se ganan haciéndose fuertes en lo poco. Agigantando virtudes y escondiendo defectos. Santa Fe hizo de su solidez defensiva una veta de oro. Tuvo la capacidad, y mire lo que le digo, de salir campeón continental sin marcar un gol en 300 minutos.

De eso trata, amigo. De eso trata. De sobreponerse ante la adversidad. De hacer mucho con poco. De hacer historia con recursos limitados. Se trata de estar y aprovechar. Porque era ahora o nunca. Porque quizá, y sólo quizá, Borja no estará en la línea para sacarla en el último minuto. Quizá Perlaza no volverá a pegarle de 40 metros para hacer el gol de su vida. Quizá Rufay no se adelantará para atajar el penal de su vida.

Vaya a saber usted qué dirá la historia, amigo. Quizá que Santa Fe no fue vistoso. Que los costó una vida marcar un gol. Quizá. Pero no son lejos de ser atenuantes, o revulsivos para hinchadas con ojos cuadrados de tanto ver fútbol por televisión, más bien resultan ser las razones por las que este Santa Fe será hoy y para siempre memorable.

Pensamos, un tanto pretenciosos, que tuvimos la dura labor de soportar al Santa Fe sufrido y defender por años lo que era indefendible. Hoy, los periódicos, los noticieros y los groseros ductos de internet, aseguran que Santa Fe es campeón continental y entiendo que será más difícil la labor de la próxima generación porque tendrá que explicar lo inexplicable.

*Dedicado a todos y cada uno de los santafereños que no hoy no están. Esos que creyeron sin ver y transmitieron una pasión familiar y eterna. Para todos los que son campeones desde la platea eternal.

lunes, 22 de diciembre de 2014

Testarudos y orgullosos

Todos los campeones pasan a las historia por algo. El Santa Fe de Gustavo Costas, el de la octava estrella, lo hará por terco. Por obstinado. Porque sin importar los golpes que recibió al borde de la gloria se volvió a levantar, volvió a recorrer el camino y no paró hasta cumplir su propia promesa.

Después de cambiar la historia el glorioso 15 de julio de 2012, Santa Fe se puso la tarea de saberse mejor que el resto. Porque repetir el primer puesto más que la confirmación, es la seguridad de realmente mirar al frente y no encontrar a nadie. Una final, dos semifinales el mismo denominador común. Pero no había margen para rendirse, había que volverlo a intentar.

Hay que pararse tres veces de golpes tan certeros. Hay que rearmarse una, otra y otra vez para volver a luchar. Para volver a estar cerca. Porque lo fácil era dejar así, que todo pasará. Que se quedarán con el recuerdo del séptimo título, la semifinal de copa y las buenas campañas. Era lo simple, pero no para un grupo de jugadores con orgullo. Un grupo obstinado a cumplir una promesa: saberse mejores.

Santa Fe apretó los dientes una vez más. Pasó la fase regular como un trámite incomodo. Por tercera vez en 5 torneos obtuvo el mejor puntaje (es fácil digitarlo, vaya y hágalo). Tuvo altas y bajas. Cambió de módulos tácticos. Varias veces jugó de acuerdo al rival y no según su propio potencial. Aún así alcanzó, y de sobra, para generarse una nueva oportunidad. Otro intento.

Y en las finales, mejor no se pudo retratar. Hizo 7 puntos en 3 partidos, con un rendimiento de finalista. Como tantas otras veces, en los últimos 5 años, hizo ver una semifinal como un trámite. Pero Santa Fe es Santa Fe y supo reservarse su historia para el final. Como se debía así mismo. Con dos puntos para partido –parodiando al tenis-, prefirió autogestionarse una revancha en Medellín ante su némesis reciente. Era tiempo de poner las cosas en su sitio.

¿Qué faltó para haber vencido a Nacional en las tres ocasiones anteriores? De pronto encerrarse y defender con valentía e inteligencia y pegar en el momento justo. En los últimos 3 partidos del año, Santa Fe fue ese boxeador que se deja pegar, pero no se cae, sigue ahí, agazapado. Y justo ahí, cuando el rival tambalea confuso,  saca su mejor mano para derribarlo. Dos veces en el Atanasio Girardot, el campeón supo soportar (después discutiremos cómo) los embates, para luego dar ese manotazo salvador. Ese que se había negado dos años consecutivos.

La octava estrella queda bordada en el escudo de todos los hinchas. Sí, de todos. De los buenos, y  los dizque malos (como si tal falacia existiera). Ganó, si me pregunta amigo, por seguir intentando. Por recibir tres golpes y volverse a parar. Por tener las agallas de reagruparse y volver a intentarlo. Porque apretaron los dientes y no se quedaron con la comodidad del buen recuerdo y el aplauso fácil de cualquier homenaje. Arriesgaron su prestigio, varios jugadores prefirieron dejar la leyenda de la séptima atrás, sólo para demostrar de una vez y por todas que eran mejores que cualquier otro. Por eso pasarán a la historia: por testarudos.

Nos deja una valiosa lección este Santa Fe: hay que seguir intentándolo. Así nos digan que somos buenos, hay que revalidarlo. Y si no se puede, pues nos reordenamos y volvemos a salir al campo de batalla. Unos dos, tres o las veces que sean, mi amigo. Hay que hacerlo por una simple razón: por orgullo. Por el orgullo del campeón. Gracias por esa y tantas otras lecciones, directivos, cuerpo técnico y sobre todo jugadores. Gracias por levantarse de nuevo y, otra vez un 21 de diciembre (día de las consagraciones cardenales) gritar CAMPEÓN.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Lágrimas


Sintió un soplo en el cuello y pensó que era el aroma de su muerte.  El soplo se convirtió en una palabra. Más bien se convirtió en una segunda oportunidad. En un símbolo.

Todos lloraban en esa pequeña plaza de Noor, al norte de Irán. Si mediar palabra, Maryam Hosseinzadeh, estremeció a la multitud, a lo lejos se escuchó de su boca la palabra “perdonado”. Lo susurró al oído de un hombre llamado Balal, que en ese momento tenía una venda en sus ojos y una gruesa cuerda en su cuello.

En 2007, a los 19 años, Balal asesinó a Abdollah Hosseinzadeh de 17 años de edad. Una cuchillada en el pecho fue suficiente para matar a Abdollah. Una cuchillada fue suficiente para cambiar la historia de vida de Maryam y su esposo. Una certera cuchillada acabó con los sueños de la familia Hosseinzadeh.

En esa pequeña plaza Noor, donde todos lloraban, Balal tenía que ser ahorcado. Esa era el castigo por aquella certera cuchillada, producto de una absurda pelea de jóvenes. En Irán aplican la ley del ojo por ojo. Delante de los padres de su víctima, Balal tenía que aceptar su condena. Tenía que morir sin contemplaciones. Justicia en estado puro.

En medio del rosario de mierda, que los podridos caños de internet permiten circular (transmiten), el mundo conoció la historia Balal y Maryam en mayo de 2014. El episodio ocurrió en abril. A las tres horas la noticia recorrió el caño sedimentado de la web: todos vieron la foto, leyeron el primer párrafo del texto, opinaron cualquier sandez en alguna red social y archivaron. El recorrido usual de la vida actual.

Pero quienes estuvieron ahí dicen que la escena, que lo ocurrido, les cambió la vida. Cuenta la crónica que Balal entró a la plaza rezando a grito herido. Lloraba cada paso. Su mamá estaba sentada en medio de la multitud, sin lágrimas que llorar; resignada a que iba a perder a su hijo por aquel absurdo. Por aquella cuchillada.

Cuenta Arash Khamoosh, fotógrafo que recopiló las imágenes que luego se viralizaron por los caños de internet, que la vida le cambió después de lo ocurrido. Al lado del cadalso estaba Maryam y su esposo. Tampoco tenía lágrimas que derramar. Se le acabaron en estos siete años. Estaba impávida, apenas si respiraba, contó el reportero gráfico.

Lo que ocurrió después, bueno lo que ocurrió después lo cuenta mejor la cámara de Arash que cualquier unión de palabras. Con la soga al cuello, -más literal imposible- Balal y su mamá sólo esperaba el empujón que le quitaría la vida y expiaría sus pecados. Mientras los que tenían lágrimas lloraban sin parar, Maryam sigilosamente pidió una silla.

Como pudo se subió al cadalso. Sopló. Suspiró. Y le dio, finalmente, una cachetada a Balal. Acto seguido dijo sólo una palabra: perdonado. Todo se detuvo en ese instante. Hasta el viento. Todo. Las leyes de Irán, que se rigen por el ojo por ojo, les permiten a las víctimas que perdonen a sus victimarios. Maryam perdonó al Balal. Es la hora que ese acto no tiene más explicaciones que las imágenes que pudo captar Arash.                      
Despiadados como tienen que ser los medios, titularon ‘mujer iraní le perdonó la vida al asesino de su hijo’. Ese título y la foto de Maryam soltando la soga del cuello de Balal llegaron a los muros y líneas de tiempo de millones de personas. Lo que para muchos fue un Like o un RT, fue una historia de tristeza. De tragedia. De llanto. De muerte. De vida.

Colombia, o más bien el Estado colombiano (ese compendio de políticos y burócratas que en corbata responden a todo con un: lo estamos resolviendo) reconoció a más de 6 millones de víctimas del conflicto armado que cumple 50 años. 6 millones de Maryams que tampoco tienen más lágrimas que compartir.

Víctimas de una guerra tan absurda como la cuchillada que le propinó Balal al joven Abdollah, en el pequeño pueblo de Noor. Víctimas que por fin fueron reconocidas y merecen recibir justicia. Merecen, sobre todo, dejar de estar moviéndose por los putrefactos caños de internet, siendo utilizados por cualquier pendejo que escribe en un blog o dirige un partido político repleto de fanáticos fundamentalistas.

En Colombia miles de ciudadanos sueñan con el modelo de justicia de Irán (que reconozcamos parece ser justo y necesario). Vaya a saber uno qué tipo de justicia pretenden las víctimas. Porque ahí está el meollo del proceso de paz (mejor de fin del conflicto) que avanza en La Habana: son las víctimas, las 6 millones de Maryams, las que deben decidir cómo quieren ser resarcidas. Cómo quieren perdonar. Cómo quieren acabar con sus lágrimas.

Relata la crónica de la agencia de noticias iraní ISNA que Maryam y su esposo se alejaron de la escena caminando despacio, en silencio. En medio de una multitud que los vitoreaba. En medio los abrazos, y la humillación, de la familia de Balal. Se fueron en silencio, sin su hijo querido. Se fueron con algo de justicia. Sin lágrimas.

martes, 22 de octubre de 2013

Devoción

Cuando Manuel cuenta, con voz lastimera y fingida, la historia de la cicatriz que tiene el cuello son las 9 y 13 minutos de la mañana. Mientras el bus frena en seco, él tambalea un segundo y continúa esa retahíla por la que darán 2.500 pesos en monedas.

Asegura Manuel que, viene de la única cárcel para mujeres que hay en Bogotá. Para certificarlo muestra al público sus brazos, llenos de tatuajes mal hechos, que están acompañados por sellos indelebles que dicen “Visitante”.

Una vez se baja las mangas de su saco, comienza el relato. “Daniela, está pagando 4 años de condena, porque intentó ‘chuzarme’ (aculillarlo) cuando se enteró que estaba con otra mujer en su cama”.

Y cada sábado, relata exaltado (de pronto drogado), alista una pequeña olla para llevar algo de buena comida. Se planta desde las 5 de la mañana para hacer una fila interminable, para poder ver a la mujer que intentó asesinarlo con sevicia. 

Porque así es el amor. Dice.

El sábado entre las 6 y las 10 de la mañana logra entre 50 mil y 70 mil pesos. Que es lo que alcanza en todo un día de trabajo de lunes a viernes. El amor conmueve. Bueno, al menos lleva a la gente a regalar monedas llenas de compasión y lástima. Un avance.

Resultó que una de las tantas historias que son contadas en las entrañas de un bus de servicio público fue verdadera. Que tanto extremismo y tanta miseria es verdadero, y no uno de tantos inventos arteros por sacar alguna moneda ligada a la condescendencia de personas sin nombre.

Manuel tiene 27 años. Tiene voz carrasposa muy diferente a la que usa cuando cuenta la historia de amor que vive con su Daniela en los buses.  Por su cara en las calles y avenidas de la ciudad lo conocen como ‘zarco’. 

Pero ese rostro lleno de cicatrices cambia. En un segundo. Tan pronto habla de lo que él llama “su mujer”. Resulta difícil de describir. Sus ojos brillan, y sus palabras dejan un tono de admiración inconfundible por Daniela. Baja su cabeza, y sube el tono de su voz, y se dice orgulloso: no por sobrevivir a las 8 puñaladas de que le propinó. No. Orgullo de que ella siga a su lado.

Y es difícil de describir, porque las palabras no coinciden con el rostro. Ese estado de enamoramiento que Manuel no quiere disimular está alejado de su semblante tosco, si quiere delincuencial, ese que necesita para enfrentar las calles de una capital para vender su historia en los buses.

¿Qué hace que un hombre que conoce todos los vicios de la calle hable con tal admiración de una mujer que supo cobrar un engaño con puñaladas? ¿Por qué en un país más que machista, Manuel se levanta cada sábado, como un ritual pagano, a las 4 de la mañana para preparar un arroz (que le queda mal) y no visitar a su amada con las manos vacías? 

Los más románticos dirán que el amor puede hasta con el más enquistado machismo. Lo cierto es que, en Colombia durante 2012, de acuerdo con estadísticas de Medicina Legal, 5.994 hombres fueron víctimas de violencia por parte de su pareja. Por lo menos 400 murieron en uno de estos episodios de violencia intrafamiliar a mano de sus parejas. 

Claro, estas cifras poco le importan a Manuel. Menos la incredulidad que despierta la devoción por su mujer. Por lo menos no esté sábado, en el que está a sólo dos recorridos en bus de alcanzar 70 mil pesos. 

De pronto usted se encuentre la historia de Manuel en algún bus, temprano en la mañana, y entenderá que, al final, qué es el amor sino la bella conversión de devoción en rentabilidad.

miércoles, 5 de junio de 2013

Noche de urgencias

Su sonrisa era cálida. Sus dientes blancos, bien alineados, resaltaban en ese frío consultorio. Mientras se puso esos horribles guantes blancos dijo, “y eso que es temprano. No se imagina lo que viene”, y vuelve a sonreír.

El doctor Montenegro no debe tener sentimientos. O por lo menos debe dejarlos a un lado a eso de la 8 de la noche, cada noche, antes de iniciar sus jornadas de trabajo. De lo contrario, no se puede explicar cómo está parado ahí, a punto de revisar un tobillo semifracturado, con una sonrisa y un sentido del humor envidiables.

Para poder ver los dientes del doctor Montenegro tuvieron que pasar 4 horas. Imagine la escena: un colombiano cualquiera, de esos que no tienen nombre porque no ha muerto, sentado en una pequeña silla, en la sala de urgencias de cualquier hospital de Bogotá, mirando cómo la vida y la muerte caminan de un lado a otro esperando que por un altavoz la niña diga un nombre.

Aquella sala de espera era una reivindicación. Sí. Ver reunidos a varios ancianos que aplazan la cita con la muerte unos días más, sentados junto a madres que intentan calmar el llanto de sus bebés, mientras esperan que algún pediatra se apiade y los atienda, es una reivindicación. Es que la vida y muerte, sin importar cuántos años tengas, es cuestión de una pequeña silla en una sala de espera.

De repente, aquella sombría voz femenina pronuncia el nombre que tanto esperaba. Ni siquiera cuando el amor de su vida le dice por primera vez “te quiero”, uno se siente tan aliviado al escuchar su nombre y apellido. Por fin, luego de horas de llantos, rostros cansados y mucho dolor tenía 5 minutos a solas con el doctor Montenegro.

Hay que tener los huevos bien puestos para ser el doctor Montenegro. Ser testigo de tanta miseria, de tanto dolor, de tantas historias, y todavía sonreír mientras se pone unos guantes blancos para poder reacomodar un tobillo y hacer gritar a un hombre de un metro y setenta centímetros como una ballena en pleno apareamiento (perdón a las lectoras, por la imagen).

Y es que el doctor Montenegro es la punta de iceberg de mierda, también conocido como el régimen de salud de un país tropical y bananero como Colombia.

Para ver los blancos dientes del doctor, es necesario escalar una montaña de trámites, ladrones, entidades, burócratas, y sí también de un millar de hipocondríacos. Y en este punto valen todos los lugares comunes. El mejor de todos: es mejor morir viendo televisión en la casa, antes que en la puerta de un hospital con la fotocopia de quién sabe qué documento con firma y sello de transferencia en la mano.

Tan sólo en lo corrido de 2013, han muerto 10 colombianos en las puertas de algún centro médico, a la espera de siquiera ver la sonrisa de algún doctor Montenegro. Si quiere más estadísticas acá algunas: Colombia pierde 4.000 millones de pesos diarios en trámites de salud. 26 EPS han sido intervenidas por la Superintendencia. Las nefastas EPS intervenidas le deben (ojo a la cifra) más 1.7 billones de pesos a hospitales en todo el país.

Ah, y cada mes le descuentan por lo menos el 8 por ciento de su sueldo, por miserable que sea, para aportes de salud. Para que lo tiren por ahí, en alguna silla junto a ancianos y bebés que aplazan su cita con la muerte.

Como esta Colombia es de cifras que no dicen nada, basta recordar que el pasado 5 de mayo de 2013, Paula Sofia de tan sólo 9 meses perdió la batalla contra una afección cardíaca en una camilla, esperando por un certificado de quién sabe qué maldita EPS.

¿Se imagina que el doctor Montenegro tuviera en cuenta todo esto mientras se ponía los guantes blancos? 
Qué tal recordará, mientras echaba un fino apunte, las miles de familias que han perdido a un ser querido en la silla de una sala de espera de cualquiera hospital.

Definitivamente, el doctor Montenegro no tiene sentimientos. O por lo menos  tiene los cójones tan bien puestos, para dejarlos a un lado y seguir luchando para que por lo menos ese pobre diablo que tenía el tobillo hacia al lado equivocado tuviera algo de alivio en esa noche de urgencias.


viernes, 1 de febrero de 2013

Maldita justicia


Ella lo abrazaba fuerte, no quería soltarlo, es más si por ella fuera quería que volviera a su vientre para poder apartarlo de este mundo de mierda. Él, por su parte, veía a través de su hombro un nuevo amanecer, uno que soñó por largos 24 meses.

*****

*Alfredo tuvo que pagar una condena por un error de borrachera, según cuenta. Atacó a un taxista con arma de fuego. Jura que no recuerda qué hizo, pero reconoce que se equivocó. A la gente hay que creerle.

Durante 24 meses tuvo que pagar por ese error. Pasó por dos cárceles diferentes. La primera la califica como un hotel, la segunda como una pesadilla que lo marcó, para bien. Lo más seguro es que sea para mal. El tiempo juzgará eso.

Por su parte *Doña Amanda, sólo quería retroceder el tiempo. Así son las madres. En su mente, ella era la culpable de esos horrorosos 24 meses. Así la realidad diga lo contrario. Nada en este mundo la hará entender que ella no tiene la culpa de los errores de su hijo menor, del más consentido de la familia.

Toda la familia de Alfredo fue culpable de su error. Todos, hermanos, primos, tíos y hasta abuelos ayudaron a pagar a esos malditos abogados que ganaron millones a costa del sufrimiento de esa familia. Carroñeros, como son los abogados, sacaron hasta el último centavo que pudieron para que al final dijeran, sin sonrojo alguno, “hicimos lo que pudimos, pero se lo van a llevar, por un tiempo”.  Pagaron millones por infamia.

Antes de que Alfredo estuviera en el primer centro de reclusión, su familia le pagó millones a la víctima, millones a los cómplices, millones a los abogados, millones a los jueces. Al final, no pudieron comprar la justicia. Esa maldita justicia colombiana que para otros tiene un precio mucho menor. La historia fue sentenciada: la cárcel era el único destino.

La rama judicial, ese engendro amnésico, irrelevante y desgraciado, no condenaba sólo a Alfredo, confinaba al peor castigo a toda la familia, sin miramientos. Como lo hace con otros padres de la patria.

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Mira con desconfianza. Sabe, como pocos, que cualquiera le puede hacer daño. Es más, asume que todos lo miran y que están esperando un resbalón para hacerlo equivocar. Sigue recluido en una cárcel, por más que este a kilómetros en una fría y sencilla cafetería.

Alfredo no quiere hablar de sus recuerdos. Evade las preguntas. Cuenta historias de muertos y apuñalados como si fuera el reporte del clima. Mueve sus manos con fuerza. Habla mal, con groserías. No esconde su mirada, en tantos meses entendió que no bajar la mirada era la diferencia entre vivir y morir.

Su hermano mayor es testigo de la entrevista. Insiste en la bondad de muchos reclusos que lo acompañaron en la travesía. *Mario, el hermano, muchas veces interrumpe. Cuenta detalles, es específico. Él, como pocos, sabe lo mucho que faltó Alfredo y lo mucho que pagó la familia. Toda la familia.

¿Historias? ¿Quieren historias? Muchas, cientos. Detalles de maldad extrema, de amistad, de lágrimas. De muerte, de impunidad, de alegría y de la más profunda tristeza. Creo, esa es la cárcel: un extremo tras otro.
Para qué entrar en detalles, si lo que vale es la expresión de miedo y esperanza que tenía Alfredo mientras hablaba, mientras relataba, mientras temblaba. Esa expresión no se puede describir en líneas o palabras. Fallaría impunemente, ni para qué intentarlo.

Resta decir: al final, somos lo qué podemos. Nunca lo que queremos. Mucho menos lo que esperan que uno sea. Eso me dijo Alfredo. Una verdad de puño. De rejas.

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La puerta de una fría cárcel se cerraba. Por allá en un frío municipio de Boyacá. La historia, la cruel historia comenzó hace muchos meses atrás no sé acaba. No. Apenas comienza. Alfredo va a luchar. Su familia lo va a acompañar. Amanda llora, sabe lo que viene, la maldición que viene. Igual Mario. Qué daría, Amanda, porque su bebé volviera a su vientre y esta pesadilla terminara.

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Justicia. Maldita justicia la de este país. Esa que deja libre a los infames (como aquel borracho que mató a un hincha) y sacrifica a la familia que no puede pagar por libertad. Por justicia. Así es esto: la justicia se paga, se compra: porque es maldita.

*Los nombres de esta historia fueron cambiados por solicitud de los implicados.

Este texto está dedicado a Alejandro Yate, que partió a la eternidad: Don Alejandro, las oraciones de este redactor son para su alma y su familia. Querido Don Alejandro, “en la fuente de la vida, nos veremos otra vez….”

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Petro el mesías megalómano



A Gustavo Petro lo acompaña el síndrome mesiánico, que inunda a muchos individuos que tienen  cargos públicos en Latinoamérica: cree tener razón siempre, cree tener todas las respuestas. Cree que todos están errados, menos él.

Gustavo Petro no quiere lo mejor para Bogotá. No. Quiere demostrar que tiene razón y que todos sus detractores están equivocados. La premisa lo lleva al peor escenario para una persona como él: tener que bajar la cabeza y  dar un paso atrás.

El episodio de las basuras  presentó de cuerpo entero al personaje. Presentó a ese Gustavo Petro que siempre  tiene todas las respuestas, así todas sean incorrectas. Aprovechó que el contrato con los recolectores privados terminaba y quiso poner en marcha su modelo de ciudad, esa que sólo entiende él y nadie más. Esa que califica como: ‘incluyente’. Esa que no tiene ni un documento que la sustente.

Y entonces, apareció otra característica típica de los mesías con cargo público: la demagogia. Gustavo Petro aplicó la fórmula más sencilla del poder público, apelar a las diferencias sociales. Al discurso de los ricos y los pobres. Al viejo discurso, del rancio burgués contra el desafortunado pujante. El resultado, el de siempre, sectarismo y polarización.

Gustavo Petro utilizó eufemismos como ‘mafias’, ‘manos negras’, ‘poderes oscuros’. Como siempre, los mesías necesitan enemigos. Para que la leyenda del héroe  funcione se necesita un malvado, del que tiene que salvar a esos ciudadanos que están enceguecidos en su propio mundo.

En la fecha límite, 18 de diciembre de 2012, ocurrió lo que todos sabían que iba a ocurrir (todos excepto el mesías de la Casa de Liévano y sus áulicos). Mientras las basuras se posaban en las calles, los recolectores privados reían en sus oficinas.

Veían, los privados, como Gustavo Petro se quedaba sin respuestas. Veían, como su modelo de expropiación caía por el lado más simple: no tenía ni la infraestructura (camiones y tecnología), ni el recurso humano para cumplir lo que ellos llevan haciendo, deficientemente, por décadas.

Y, entonces, Gustavo Petro, en medio de su efervescencia y su tierna sublevación detrás de un celular con redes social, dio marcha atrás. Bajó la cabeza y aceptó. Claro, afirmó que todo fue un éxito y que aquellos que estaban antes lo harán mejor. Los mesías siempre tienen la razón. Por una razón: porque sí.

Aquellos que creen tener todas las respuestas no se asesoran. Entiende que la razón es propiedad individual. Nadie en la cuidad se le ocurrió preguntar por el gerente de Aguas de Bogotá, el adefesio que creó Gustavo Petro en su afán por volver público lo que debe ser privado. Todas las críticas cayeron en el alcalde/mesías, porque ese es su afán, porque así lo decidió, porque, para él, Bogotá es Gustavo Petro, no más.

Que parecido es Gustavo Petro a un expresidente que tuvo Colombia (es más, se parece a un presidente de Venezuela): Concentra el poder en el individuo. Le interesa más tener enemigos que soluciones, porque lo primero le garantiza seguidores.  Inventa persecuciones mediáticas para descargar responsabilidades. Así son los todopoderosos: débiles ante los argumentos.

El síndrome de Gustavo Petro tiene nombre, se llama megalomanía. Y no tiene cura. Esta patología, eso si, siempre termina en lo mismo: un loco que habla sólo. O peor, un loco que trina y trina como desesperado, como expresidente.