Intentar explicar o contar este presente es una quimera innecesaria. ¿Para qué? ¿Para qué ponerle palabras a las emociones? ¿Para qué? Si será la historia, los fríos años, lo que nos ayuden a describir al Santa Fe Continental. Mejor: a dimensionarlo.
Pasó todo tan rápido. Fue todo tan imprevisto. Santa Fe cambió su historia pronto. Tanto que nos cuesta trabajo explicarlo. Cuesta juntar palabras para describir tantos logros. Tanta alegría. Pero ¿para qué? Si ya vendrán una o dos generaciones que tendrán la dura labor de volver mítico, lo que para nosotros resultó ser el mejor presente de todos.
Santa Fe es campeón continental, o al menos eso dice toda la prensa de Latinoamérica. Y uno, que llegaba los lunes al colegio quemado después de soportar a Farley Hoyos un domingo a las 3:30 de la tarde fallando las pocas opciones que creaba un equipo más que limitado, apenas puede creer lo que ve. Lo que cuentan los medios y las insultantes redes sociales. Parece que fue ayer. Pero ya pasaron casi 20 años.
Para ser campeón continental, Santa Fe fue más que nunca Santa Fe. Y podemos usar esos manidos lugares comunes ligados al sufrimiento y a la zozobra, siempre tan cardenales. Pero es mejor sonreír. Es mejor pensar que Santa Fe apeló a sus principios para ser campeón. Este Santa Fe, este amigo, se cansó de sobreponerse ante la adversidad.
Una y otra vez, superó sus propios límites apretando los dientes, luchando cada centímetro. Muchas veces, haciendo difícil lo que parecía sencillo. Simplemente fue Independiente Santa Fe. Hoy y para siempre campeón continental.
Porque este Santa Fe nos deja varias lecciones. Y, tengo que incluirlo en estas líneas, fueron difíciles de entender para este servidor. Los títulos, a veces, se ganan parándose una y otra vez. Se ganan haciéndose fuertes en lo poco. Agigantando virtudes y escondiendo defectos. Santa Fe hizo de su solidez defensiva una veta de oro. Tuvo la capacidad, y mire lo que le digo, de salir campeón continental sin marcar un gol en 300 minutos.
De eso trata, amigo. De eso trata. De sobreponerse ante la adversidad. De hacer mucho con poco. De hacer historia con recursos limitados. Se trata de estar y aprovechar. Porque era ahora o nunca. Porque quizá, y sólo quizá, Borja no estará en la línea para sacarla en el último minuto. Quizá Perlaza no volverá a pegarle de 40 metros para hacer el gol de su vida. Quizá Rufay no se adelantará para atajar el penal de su vida.
Vaya a saber usted qué dirá la historia, amigo. Quizá que Santa Fe no fue vistoso. Que los costó una vida marcar un gol. Quizá. Pero no son lejos de ser atenuantes, o revulsivos para hinchadas con ojos cuadrados de tanto ver fútbol por televisión, más bien resultan ser las razones por las que este Santa Fe será hoy y para siempre memorable.
Pensamos, un tanto pretenciosos, que tuvimos la dura labor de soportar al Santa Fe sufrido y defender por años lo que era indefendible. Hoy, los periódicos, los noticieros y los groseros ductos de internet, aseguran que Santa Fe es campeón continental y entiendo que será más difícil la labor de la próxima generación porque tendrá que explicar lo inexplicable.
*Dedicado a todos y cada uno de los santafereños que no hoy no están. Esos que creyeron sin ver y transmitieron una pasión familiar y eterna. Para todos los que son campeones desde la platea eternal.
jueves, 10 de diciembre de 2015
lunes, 22 de diciembre de 2014
Testarudos y orgullosos
Todos los campeones pasan a las historia por algo. El Santa Fe de Gustavo Costas, el de la octava estrella, lo hará por terco. Por obstinado. Porque sin importar los golpes que recibió al borde de la gloria se volvió a levantar, volvió a recorrer el camino y no paró hasta cumplir su propia promesa.
Después de cambiar la historia el glorioso 15 de julio de 2012, Santa Fe se puso la tarea de saberse mejor que el resto. Porque repetir el primer puesto más que la confirmación, es la seguridad de realmente mirar al frente y no encontrar a nadie. Una final, dos semifinales el mismo denominador común. Pero no había margen para rendirse, había que volverlo a intentar.
Hay que pararse tres veces de golpes tan certeros. Hay que rearmarse una, otra y otra vez para volver a luchar. Para volver a estar cerca. Porque lo fácil era dejar así, que todo pasará. Que se quedarán con el recuerdo del séptimo título, la semifinal de copa y las buenas campañas. Era lo simple, pero no para un grupo de jugadores con orgullo. Un grupo obstinado a cumplir una promesa: saberse mejores.
Santa Fe apretó los dientes una vez más. Pasó la fase regular como un trámite incomodo. Por tercera vez en 5 torneos obtuvo el mejor puntaje (es fácil digitarlo, vaya y hágalo). Tuvo altas y bajas. Cambió de módulos tácticos. Varias veces jugó de acuerdo al rival y no según su propio potencial. Aún así alcanzó, y de sobra, para generarse una nueva oportunidad. Otro intento.
Y en las finales, mejor no se pudo retratar. Hizo 7 puntos en 3 partidos, con un rendimiento de finalista. Como tantas otras veces, en los últimos 5 años, hizo ver una semifinal como un trámite. Pero Santa Fe es Santa Fe y supo reservarse su historia para el final. Como se debía así mismo. Con dos puntos para partido –parodiando al tenis-, prefirió autogestionarse una revancha en Medellín ante su némesis reciente. Era tiempo de poner las cosas en su sitio.
¿Qué faltó para haber vencido a Nacional en las tres ocasiones anteriores? De pronto encerrarse y defender con valentía e inteligencia y pegar en el momento justo. En los últimos 3 partidos del año, Santa Fe fue ese boxeador que se deja pegar, pero no se cae, sigue ahí, agazapado. Y justo ahí, cuando el rival tambalea confuso, saca su mejor mano para derribarlo. Dos veces en el Atanasio Girardot, el campeón supo soportar (después discutiremos cómo) los embates, para luego dar ese manotazo salvador. Ese que se había negado dos años consecutivos.
La octava estrella queda bordada en el escudo de todos los hinchas. Sí, de todos. De los buenos, y los dizque malos (como si tal falacia existiera). Ganó, si me pregunta amigo, por seguir intentando. Por recibir tres golpes y volverse a parar. Por tener las agallas de reagruparse y volver a intentarlo. Porque apretaron los dientes y no se quedaron con la comodidad del buen recuerdo y el aplauso fácil de cualquier homenaje. Arriesgaron su prestigio, varios jugadores prefirieron dejar la leyenda de la séptima atrás, sólo para demostrar de una vez y por todas que eran mejores que cualquier otro. Por eso pasarán a la historia: por testarudos.
Nos deja una valiosa lección este Santa Fe: hay que seguir intentándolo. Así nos digan que somos buenos, hay que revalidarlo. Y si no se puede, pues nos reordenamos y volvemos a salir al campo de batalla. Unos dos, tres o las veces que sean, mi amigo. Hay que hacerlo por una simple razón: por orgullo. Por el orgullo del campeón. Gracias por esa y tantas otras lecciones, directivos, cuerpo técnico y sobre todo jugadores. Gracias por levantarse de nuevo y, otra vez un 21 de diciembre (día de las consagraciones cardenales) gritar CAMPEÓN.
Después de cambiar la historia el glorioso 15 de julio de 2012, Santa Fe se puso la tarea de saberse mejor que el resto. Porque repetir el primer puesto más que la confirmación, es la seguridad de realmente mirar al frente y no encontrar a nadie. Una final, dos semifinales el mismo denominador común. Pero no había margen para rendirse, había que volverlo a intentar.
Hay que pararse tres veces de golpes tan certeros. Hay que rearmarse una, otra y otra vez para volver a luchar. Para volver a estar cerca. Porque lo fácil era dejar así, que todo pasará. Que se quedarán con el recuerdo del séptimo título, la semifinal de copa y las buenas campañas. Era lo simple, pero no para un grupo de jugadores con orgullo. Un grupo obstinado a cumplir una promesa: saberse mejores.
Santa Fe apretó los dientes una vez más. Pasó la fase regular como un trámite incomodo. Por tercera vez en 5 torneos obtuvo el mejor puntaje (es fácil digitarlo, vaya y hágalo). Tuvo altas y bajas. Cambió de módulos tácticos. Varias veces jugó de acuerdo al rival y no según su propio potencial. Aún así alcanzó, y de sobra, para generarse una nueva oportunidad. Otro intento.
Y en las finales, mejor no se pudo retratar. Hizo 7 puntos en 3 partidos, con un rendimiento de finalista. Como tantas otras veces, en los últimos 5 años, hizo ver una semifinal como un trámite. Pero Santa Fe es Santa Fe y supo reservarse su historia para el final. Como se debía así mismo. Con dos puntos para partido –parodiando al tenis-, prefirió autogestionarse una revancha en Medellín ante su némesis reciente. Era tiempo de poner las cosas en su sitio.
¿Qué faltó para haber vencido a Nacional en las tres ocasiones anteriores? De pronto encerrarse y defender con valentía e inteligencia y pegar en el momento justo. En los últimos 3 partidos del año, Santa Fe fue ese boxeador que se deja pegar, pero no se cae, sigue ahí, agazapado. Y justo ahí, cuando el rival tambalea confuso, saca su mejor mano para derribarlo. Dos veces en el Atanasio Girardot, el campeón supo soportar (después discutiremos cómo) los embates, para luego dar ese manotazo salvador. Ese que se había negado dos años consecutivos.
La octava estrella queda bordada en el escudo de todos los hinchas. Sí, de todos. De los buenos, y los dizque malos (como si tal falacia existiera). Ganó, si me pregunta amigo, por seguir intentando. Por recibir tres golpes y volverse a parar. Por tener las agallas de reagruparse y volver a intentarlo. Porque apretaron los dientes y no se quedaron con la comodidad del buen recuerdo y el aplauso fácil de cualquier homenaje. Arriesgaron su prestigio, varios jugadores prefirieron dejar la leyenda de la séptima atrás, sólo para demostrar de una vez y por todas que eran mejores que cualquier otro. Por eso pasarán a la historia: por testarudos.
Nos deja una valiosa lección este Santa Fe: hay que seguir intentándolo. Así nos digan que somos buenos, hay que revalidarlo. Y si no se puede, pues nos reordenamos y volvemos a salir al campo de batalla. Unos dos, tres o las veces que sean, mi amigo. Hay que hacerlo por una simple razón: por orgullo. Por el orgullo del campeón. Gracias por esa y tantas otras lecciones, directivos, cuerpo técnico y sobre todo jugadores. Gracias por levantarse de nuevo y, otra vez un 21 de diciembre (día de las consagraciones cardenales) gritar CAMPEÓN.
lunes, 1 de septiembre de 2014
Lágrimas
Sintió un soplo en el cuello y
pensó que era el aroma de su muerte. El
soplo se convirtió en una palabra. Más bien se convirtió en una segunda
oportunidad. En un símbolo.
Todos lloraban en esa pequeña
plaza de Noor, al norte de Irán. Si mediar palabra, Maryam Hosseinzadeh,
estremeció a la multitud, a lo lejos se escuchó de su boca la palabra “perdonado”.
Lo susurró al oído de un hombre llamado Balal, que en ese momento tenía una
venda en sus ojos y una gruesa cuerda en su cuello.
En 2007, a los 19 años, Balal
asesinó a Abdollah Hosseinzadeh de 17 años de edad. Una cuchillada en el pecho
fue suficiente para matar a Abdollah. Una cuchillada fue suficiente para
cambiar la historia de vida de Maryam y su esposo. Una certera cuchillada acabó
con los sueños de la familia Hosseinzadeh.
En esa pequeña plaza Noor, donde
todos lloraban, Balal tenía que ser ahorcado. Esa era el castigo por aquella
certera cuchillada, producto de una absurda pelea de jóvenes. En Irán aplican
la ley del ojo por ojo. Delante de los padres de su víctima, Balal tenía que
aceptar su condena. Tenía que morir sin contemplaciones. Justicia en estado
puro.
En medio del rosario de mierda,
que los podridos caños de internet permiten circular (transmiten), el mundo
conoció la historia Balal y Maryam en mayo de 2014. El episodio ocurrió en abril.
A las tres horas la noticia recorrió el caño sedimentado de la web: todos vieron
la foto, leyeron el primer párrafo del texto, opinaron cualquier sandez en
alguna red social y archivaron. El recorrido usual de la vida actual.
Pero quienes estuvieron ahí dicen
que la escena, que lo ocurrido, les cambió la vida. Cuenta la crónica que Balal
entró a la plaza rezando a grito herido. Lloraba cada paso. Su mamá estaba
sentada en medio de la multitud, sin lágrimas que llorar; resignada a que iba a
perder a su hijo por aquel absurdo. Por aquella cuchillada.
Cuenta Arash Khamoosh, fotógrafo que
recopiló las imágenes que luego se viralizaron por los caños de internet, que
la vida le cambió después de lo ocurrido. Al lado del cadalso estaba Maryam y
su esposo. Tampoco tenía lágrimas que derramar. Se le acabaron en estos siete
años. Estaba impávida, apenas si respiraba, contó el reportero gráfico.
Lo que ocurrió después, bueno lo
que ocurrió después lo cuenta mejor la cámara de Arash que cualquier unión de
palabras. Con la soga al cuello, -más literal imposible- Balal y su mamá sólo
esperaba el empujón que le quitaría la vida y expiaría sus pecados. Mientras
los que tenían lágrimas lloraban sin parar, Maryam sigilosamente pidió una
silla.
Como pudo se subió al cadalso.
Sopló. Suspiró. Y le dio, finalmente, una cachetada a Balal. Acto seguido dijo
sólo una palabra: perdonado. Todo se detuvo en ese instante. Hasta el viento.
Todo. Las leyes de Irán, que se rigen por el ojo por ojo, les permiten a las
víctimas que perdonen a sus victimarios. Maryam perdonó al Balal. Es la hora
que ese acto no tiene más explicaciones que las imágenes que pudo captar Arash.
Despiadados como tienen que ser los medios, titularon ‘mujer
iraní le perdonó la vida al asesino de su hijo’. Ese título y la foto de Maryam
soltando la soga del cuello de Balal llegaron a los muros y líneas de tiempo de
millones de personas. Lo que para muchos fue un Like o un RT, fue una historia
de tristeza. De tragedia. De llanto. De muerte. De vida.
Colombia, o más bien el Estado colombiano (ese compendio de
políticos y burócratas que en corbata responden a todo con un: lo estamos
resolviendo) reconoció a más de 6 millones de víctimas del conflicto armado que
cumple 50 años. 6 millones de Maryams que tampoco tienen más lágrimas que
compartir.
Víctimas de una guerra tan absurda como la cuchillada que le
propinó Balal al joven Abdollah, en el pequeño pueblo de Noor. Víctimas que por
fin fueron reconocidas y merecen recibir justicia. Merecen, sobre todo, dejar
de estar moviéndose por los putrefactos caños de internet, siendo utilizados
por cualquier pendejo que escribe en un blog o dirige un partido político
repleto de fanáticos fundamentalistas.
En Colombia miles de ciudadanos sueñan con el modelo de
justicia de Irán (que reconozcamos parece ser justo y necesario). Vaya a saber
uno qué tipo de justicia pretenden las víctimas. Porque ahí está el meollo del
proceso de paz (mejor de fin del conflicto) que avanza en La Habana: son las
víctimas, las 6 millones de Maryams, las que deben decidir cómo quieren ser
resarcidas. Cómo quieren perdonar. Cómo quieren acabar con sus lágrimas.
Relata la crónica de la agencia de noticias iraní ISNA que
Maryam y su esposo se alejaron de la escena caminando despacio, en silencio. En
medio de una multitud que los vitoreaba. En medio los abrazos, y la
humillación, de la familia de Balal. Se fueron en silencio, sin su hijo
querido. Se fueron con algo de justicia. Sin lágrimas.
martes, 22 de octubre de 2013
Devoción
Cuando Manuel cuenta, con voz lastimera y fingida, la historia de la cicatriz que tiene el cuello son las 9 y 13 minutos de la mañana. Mientras el bus frena en seco, él tambalea un segundo y continúa esa retahíla por la que darán 2.500 pesos en monedas.
Asegura Manuel que, viene de la única cárcel para mujeres que hay en Bogotá. Para certificarlo muestra al público sus brazos, llenos de tatuajes mal hechos, que están acompañados por sellos indelebles que dicen “Visitante”.
Una vez se baja las mangas de su saco, comienza el relato. “Daniela, está pagando 4 años de condena, porque intentó ‘chuzarme’ (aculillarlo) cuando se enteró que estaba con otra mujer en su cama”.
Y cada sábado, relata exaltado (de pronto drogado), alista una pequeña olla para llevar algo de buena comida. Se planta desde las 5 de la mañana para hacer una fila interminable, para poder ver a la mujer que intentó asesinarlo con sevicia.
Porque así es el amor. Dice.
El sábado entre las 6 y las 10 de la mañana logra entre 50 mil y 70 mil pesos. Que es lo que alcanza en todo un día de trabajo de lunes a viernes. El amor conmueve. Bueno, al menos lleva a la gente a regalar monedas llenas de compasión y lástima. Un avance.
Resultó que una de las tantas historias que son contadas en las entrañas de un bus de servicio público fue verdadera. Que tanto extremismo y tanta miseria es verdadero, y no uno de tantos inventos arteros por sacar alguna moneda ligada a la condescendencia de personas sin nombre.
Manuel tiene 27 años. Tiene voz carrasposa muy diferente a la que usa cuando cuenta la historia de amor que vive con su Daniela en los buses. Por su cara en las calles y avenidas de la ciudad lo conocen como ‘zarco’.
Pero ese rostro lleno de cicatrices cambia. En un segundo. Tan pronto habla de lo que él llama “su mujer”. Resulta difícil de describir. Sus ojos brillan, y sus palabras dejan un tono de admiración inconfundible por Daniela. Baja su cabeza, y sube el tono de su voz, y se dice orgulloso: no por sobrevivir a las 8 puñaladas de que le propinó. No. Orgullo de que ella siga a su lado.
Y es difícil de describir, porque las palabras no coinciden con el rostro. Ese estado de enamoramiento que Manuel no quiere disimular está alejado de su semblante tosco, si quiere delincuencial, ese que necesita para enfrentar las calles de una capital para vender su historia en los buses.
¿Qué hace que un hombre que conoce todos los vicios de la calle hable con tal admiración de una mujer que supo cobrar un engaño con puñaladas? ¿Por qué en un país más que machista, Manuel se levanta cada sábado, como un ritual pagano, a las 4 de la mañana para preparar un arroz (que le queda mal) y no visitar a su amada con las manos vacías?
Los más románticos dirán que el amor puede hasta con el más enquistado machismo. Lo cierto es que, en Colombia durante 2012, de acuerdo con estadísticas de Medicina Legal, 5.994 hombres fueron víctimas de violencia por parte de su pareja. Por lo menos 400 murieron en uno de estos episodios de violencia intrafamiliar a mano de sus parejas.
Claro, estas cifras poco le importan a Manuel. Menos la incredulidad que despierta la devoción por su mujer. Por lo menos no esté sábado, en el que está a sólo dos recorridos en bus de alcanzar 70 mil pesos.
De pronto usted se encuentre la historia de Manuel en algún bus, temprano en la mañana, y entenderá que, al final, qué es el amor sino la bella conversión de devoción en rentabilidad.
miércoles, 5 de junio de 2013
Noche de urgencias
Su sonrisa era cálida. Sus dientes blancos, bien alineados,
resaltaban en ese frío consultorio. Mientras se puso esos horribles guantes
blancos dijo, “y eso que es temprano. No se imagina lo que viene”, y vuelve a
sonreír.
El doctor Montenegro no debe tener sentimientos. O por lo
menos debe dejarlos a un lado a eso de la 8 de la noche, cada noche, antes de
iniciar sus jornadas de trabajo. De lo contrario, no se puede explicar cómo está
parado ahí, a punto de revisar un tobillo semifracturado, con una sonrisa y un
sentido del humor envidiables.
Para poder ver los dientes del doctor Montenegro tuvieron
que pasar 4 horas. Imagine la escena: un colombiano cualquiera, de esos que no
tienen nombre porque no ha muerto, sentado en una pequeña silla, en la sala de
urgencias de cualquier hospital de Bogotá, mirando cómo la vida y la muerte
caminan de un lado a otro esperando que por un altavoz la niña diga un nombre.
Aquella sala de espera era una reivindicación. Sí. Ver
reunidos a varios ancianos que aplazan la cita con la muerte unos días más,
sentados junto a madres que intentan calmar el llanto de sus bebés, mientras
esperan que algún pediatra se apiade y los atienda, es una reivindicación. Es
que la vida y muerte, sin importar cuántos años tengas, es cuestión de una
pequeña silla en una sala de espera.
De repente, aquella sombría voz femenina pronuncia el nombre
que tanto esperaba. Ni siquiera cuando el amor de su vida le dice por primera
vez “te quiero”, uno se siente tan aliviado al escuchar su nombre y apellido.
Por fin, luego de horas de llantos, rostros cansados y mucho dolor tenía 5
minutos a solas con el doctor Montenegro.
Hay que tener los huevos bien puestos para ser el doctor
Montenegro. Ser testigo de tanta miseria, de tanto dolor, de tantas historias,
y todavía sonreír mientras se pone unos guantes blancos para poder reacomodar
un tobillo y hacer gritar a un hombre de un metro y setenta centímetros como
una ballena en pleno apareamiento (perdón a las lectoras, por la imagen).
Y es que el doctor Montenegro es la punta de iceberg de
mierda, también conocido como el régimen de salud de un país tropical y
bananero como Colombia.
Para ver los blancos dientes del doctor, es necesario
escalar una montaña de trámites, ladrones, entidades, burócratas, y sí también
de un millar de hipocondríacos. Y en este punto valen todos los lugares
comunes. El mejor de todos: es mejor morir viendo televisión en la casa, antes
que en la puerta de un hospital con la fotocopia de quién sabe qué documento
con firma y sello de transferencia en la mano.
Tan sólo en lo corrido de 2013, han muerto 10 colombianos en
las puertas de algún centro médico, a la espera de siquiera ver la sonrisa de
algún doctor Montenegro. Si quiere más estadísticas acá algunas: Colombia pierde
4.000 millones de pesos diarios en trámites de salud. 26 EPS han sido
intervenidas por la Superintendencia. Las nefastas EPS intervenidas le deben
(ojo a la cifra) más 1.7 billones de pesos a hospitales en todo el país.
Ah, y cada mes le
descuentan por lo menos el 8 por ciento de su sueldo, por miserable que sea,
para aportes de salud. Para que lo tiren por ahí, en alguna silla junto a
ancianos y bebés que aplazan su cita con la muerte.
Como esta Colombia es de cifras que no dicen nada, basta
recordar que el pasado 5 de mayo de 2013, Paula Sofia de tan sólo 9 meses
perdió la batalla contra una afección cardíaca en una camilla, esperando por un
certificado de quién sabe qué maldita EPS.
¿Se imagina que el doctor Montenegro tuviera en cuenta todo
esto mientras se ponía los guantes blancos?
Qué tal recordará, mientras echaba
un fino apunte, las miles de familias que han perdido a un ser querido en la
silla de una sala de espera de cualquiera hospital.
Definitivamente, el doctor Montenegro no tiene sentimientos.
O por lo menos tiene los cójones tan
bien puestos, para dejarlos a un lado y seguir luchando para que por lo menos
ese pobre diablo que tenía el tobillo hacia al lado equivocado tuviera algo de
alivio en esa noche de urgencias.
viernes, 1 de febrero de 2013
Maldita justicia
Ella lo abrazaba fuerte, no quería soltarlo, es más si por ella fuera quería que volviera a su vientre para poder apartarlo de este mundo de mierda. Él, por su parte, veía a través de su hombro un nuevo amanecer, uno que soñó por largos 24 meses.
*****
*Alfredo tuvo que pagar una
condena por un error de borrachera, según cuenta. Atacó a un taxista con arma
de fuego. Jura que no recuerda qué hizo, pero reconoce que se equivocó. A la
gente hay que creerle.
Durante 24 meses tuvo que pagar
por ese error. Pasó por dos cárceles diferentes. La primera la califica como un
hotel, la segunda como una pesadilla que lo marcó, para bien. Lo más seguro es
que sea para mal. El tiempo juzgará eso.
Por su parte *Doña Amanda, sólo
quería retroceder el tiempo. Así son las madres. En su mente, ella era la
culpable de esos horrorosos 24 meses. Así la realidad diga lo contrario. Nada
en este mundo la hará entender que ella no tiene la culpa de los errores de su
hijo menor, del más consentido de la familia.
Toda la familia de Alfredo fue culpable de su
error. Todos, hermanos, primos, tíos y hasta abuelos ayudaron a pagar a esos
malditos abogados que ganaron millones a costa del sufrimiento de esa familia.
Carroñeros, como son los abogados, sacaron hasta el último centavo que pudieron
para que al final dijeran, sin sonrojo alguno, “hicimos lo que pudimos, pero se
lo van a llevar, por un tiempo”. Pagaron
millones por infamia.
Antes de que Alfredo estuviera en
el primer centro de reclusión, su familia le pagó millones a la víctima,
millones a los cómplices, millones a los abogados, millones a los jueces. Al
final, no pudieron comprar la justicia. Esa maldita justicia colombiana que
para otros tiene un precio mucho menor. La historia fue sentenciada: la cárcel
era el único destino.
La rama judicial, ese engendro amnésico,
irrelevante y desgraciado, no condenaba sólo a Alfredo, confinaba al peor
castigo a toda la familia, sin miramientos. Como lo hace con otros padres de la
patria.
*****
Mira con desconfianza. Sabe, como
pocos, que cualquiera le puede hacer daño. Es más, asume que todos lo miran y
que están esperando un resbalón para hacerlo equivocar. Sigue recluido en una
cárcel, por más que este a kilómetros en una fría y sencilla cafetería.
Alfredo no quiere hablar de sus
recuerdos. Evade las preguntas. Cuenta historias de muertos y apuñalados como
si fuera el reporte del clima. Mueve sus manos con fuerza. Habla mal, con groserías.
No esconde su mirada, en tantos meses entendió que no bajar la mirada era la
diferencia entre vivir y morir.
Su hermano mayor es testigo de la
entrevista. Insiste en la bondad de muchos reclusos que lo acompañaron en la travesía.
*Mario, el hermano, muchas veces interrumpe. Cuenta detalles, es específico.
Él, como pocos, sabe lo mucho que faltó Alfredo y lo mucho que pagó la familia.
Toda la familia.
¿Historias? ¿Quieren historias?
Muchas, cientos. Detalles de maldad extrema, de amistad, de lágrimas. De
muerte, de impunidad, de alegría y de la más profunda tristeza. Creo, esa es la
cárcel: un extremo tras otro.
Para qué entrar en detalles, si
lo que vale es la expresión de miedo y esperanza que tenía Alfredo mientras
hablaba, mientras relataba, mientras temblaba. Esa expresión no se puede
describir en líneas o palabras. Fallaría impunemente, ni para qué intentarlo.
Resta decir: al final, somos lo
qué podemos. Nunca lo que queremos. Mucho menos lo que esperan que uno sea. Eso
me dijo Alfredo. Una verdad de puño. De rejas.
****
La puerta de una fría cárcel se
cerraba. Por allá en un frío municipio de Boyacá. La historia, la cruel
historia comenzó hace muchos meses atrás no sé acaba. No. Apenas comienza.
Alfredo va a luchar. Su familia lo va a acompañar. Amanda llora, sabe lo que
viene, la maldición que viene. Igual Mario. Qué daría, Amanda, porque su bebé
volviera a su vientre y esta pesadilla terminara.
****
Justicia. Maldita justicia la de
este país. Esa que deja libre a los infames (como aquel borracho que mató a un
hincha) y sacrifica a la familia que no puede pagar por libertad. Por justicia.
Así es esto: la justicia se paga, se compra: porque es maldita.
*Los nombres de esta historia
fueron cambiados por solicitud de los implicados.
Este texto está dedicado a Alejandro Yate, que partió a la eternidad:
Don Alejandro, las oraciones de este redactor son para su alma y su familia. Querido
Don Alejandro, “en la fuente de la vida, nos veremos otra vez….”
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miércoles, 19 de diciembre de 2012
Petro el mesías megalómano
A Gustavo Petro lo acompaña el síndrome mesiánico, que
inunda a muchos individuos que tienen
cargos públicos en Latinoamérica: cree tener razón siempre, cree tener
todas las respuestas. Cree que todos están errados, menos él.
Gustavo Petro no quiere lo mejor para Bogotá. No. Quiere
demostrar que tiene razón y que todos sus detractores están equivocados. La
premisa lo lleva al peor escenario para una persona como él: tener que bajar la
cabeza y dar un paso atrás.
El episodio de las basuras
presentó de cuerpo entero al personaje. Presentó a ese Gustavo Petro que
siempre tiene todas las respuestas, así
todas sean incorrectas. Aprovechó que el contrato con los recolectores privados
terminaba y quiso poner en marcha su modelo de ciudad, esa que sólo entiende él
y nadie más. Esa que califica como: ‘incluyente’. Esa que no tiene ni un
documento que la sustente.
Y entonces, apareció otra característica típica de los mesías
con cargo público: la demagogia. Gustavo Petro aplicó la fórmula más sencilla
del poder público, apelar a las diferencias sociales. Al discurso de los ricos
y los pobres. Al viejo discurso, del rancio burgués contra el desafortunado
pujante. El resultado, el de siempre, sectarismo y polarización.
Gustavo Petro utilizó eufemismos como ‘mafias’, ‘manos negras’,
‘poderes oscuros’. Como siempre, los mesías necesitan enemigos. Para que la
leyenda del héroe funcione se necesita
un malvado, del que tiene que salvar a esos ciudadanos que están enceguecidos en
su propio mundo.
En la fecha límite, 18 de diciembre de 2012, ocurrió lo que todos
sabían que iba a ocurrir (todos excepto el mesías de la Casa de Liévano y sus áulicos).
Mientras las basuras se posaban en las calles, los recolectores privados reían
en sus oficinas.
Veían, los privados, como Gustavo Petro se quedaba sin
respuestas. Veían, como su modelo de expropiación caía por el lado más simple:
no tenía ni la infraestructura (camiones y tecnología), ni el recurso humano
para cumplir lo que ellos llevan haciendo, deficientemente, por décadas.
Y, entonces, Gustavo Petro, en medio de su efervescencia y
su tierna sublevación detrás de un celular con redes social, dio marcha atrás.
Bajó la cabeza y aceptó. Claro, afirmó que todo fue un éxito y que aquellos que
estaban antes lo harán mejor. Los mesías siempre tienen la razón. Por una
razón: porque sí.
Aquellos que creen tener todas las respuestas no se asesoran.
Entiende que la razón es propiedad individual. Nadie en la cuidad se le ocurrió
preguntar por el gerente de Aguas de Bogotá, el adefesio que creó Gustavo Petro
en su afán por volver público lo que debe ser privado. Todas las críticas
cayeron en el alcalde/mesías, porque ese es su afán, porque así lo decidió,
porque, para él, Bogotá es Gustavo Petro, no más.
Que parecido es Gustavo Petro a un expresidente que tuvo
Colombia (es más, se parece a un presidente de Venezuela): Concentra el poder en el individuo. Le interesa más tener enemigos
que soluciones, porque lo primero le garantiza seguidores. Inventa persecuciones mediáticas para
descargar responsabilidades. Así son los todopoderosos: débiles ante los
argumentos.
El síndrome de Gustavo Petro tiene nombre, se llama megalomanía.
Y no tiene cura. Esta patología, eso si, siempre termina en lo mismo: un loco
que habla sólo. O peor, un loco que trina y trina como desesperado, como
expresidente.
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domingo, 18 de noviembre de 2012
18 de noviembre de 2009
Son las 5:30 de la mañana, la puerta de la oficina se abre. Todo está oscuro, nadie en toda la ciudad está trabajando. Nadie. Sólo ese pobre empleado que había cambiado su turno para poder asistir a una cita histórica que tendría muchas horas más tarde.
Vestía una chaqueta especial. A pesar del frío, la pereza o la indisposición, prendió un computador y se dispuso a redactar informes de forma acelerada. Por más que haya llegado con toda la disposición no hará nada valioso para su organización. Él, ese día, simplemente tenía un logro: vestir ese blazer negro especial.
Son ya, las 10 y 23 minutos de la mañana. No ha ligado una sola frase coherente para los informes. Cada pensamiento está destinado a lo que él suponía iba a ocurrir más adelante en un estadio de fútbol. Imaginó cada escena, no le faltó ninguna (tiempo tenía, estaba trabajando desde antes del amanecer). Al final, nada de lo que supuso ocurriría. Todo sería totalmente diferente.
Hincha como pocos, y como miles, de Santa Fe sólo podía pensar en esa final. Cada segundo lo destinaba a pensar cómo iban a lograr dar vuelta a ese resultado adverso que habían obtenido hace una semana allá, en el lejano San Juan de Pasto. Todo se reducía a ganar con autoridad. Con el correr de las horas, entendería que la realidad no podría estar más alejada.
Son las 12 y 46 minutos de la tarde. Logró su primera victoria. De la mano un gran amigo recibió las boletas al paraíso, por ideal que suene. Tenía en su poder las entradas para poder estar una vez más en ese palacio de alegrías y más de tristezas. Con su padre y su hermano habrían de librar otra batalla contra la adversidad. Esta vez, la apuesta era doble. Esta vez, era una cita con la alegría máxima. Una que no había vivido antes.
Son las 4 y 44 minutos de la tarde. Es tiempo de abandonar esa fría oficina. Es tiempo de ir al templo. Sus corsarios lo esperaban. Nadie sabía lo que se venía. En pocas horas, iban a conocer el cielo. Ni lo percibían. Sí, había un nerviosismo inusitado, pero sin explicación. Habría respuestas más adelante.
Son las 7 y 58 minutos de la noche. Es tiempo y hora. La ruta a la alegría había iniciado. Un marco pletórico sería el marco de la escena. El hermoso Nemesio, albergaba una vez más. Esta vez para ser felices. Esta vez, para dar el primer paso a la alegría máxima.
****
Ese 18 de noviembre de 2009 no fue y nunca será una fecha más. Ese día, Independiente Santa Fe, sería de nuevo y como siempre: El Glorioso Independiente Santa Fe. Ese día, como nunca, seriamos fieles a nuestra historia. De principio a fin. Sin omitir un sólo detalle, un sólo recuerdo.
****
Son las 8 y 27 minutos de la fría noche. Llega el primer golpe. El rival anota. Fue la respuesta lógica a un mal inició. Santa Fe jugó esos primeros minutos con todo el nerviosismo posible. La tensión del a tribuna se trasladó a la cancha. Había que sobreponerse a la adversidad. Había que hacer dos goles. Su padre, curtido en dolorosas derrotas, simplemente le dijo: “hoy, joven, ganamos. No más”.
Son las 9 y 17 minutos de la noche, llegó un grito ensordecedor. Omar Pérez rescató un centro del gran, gran Mario Efraín Gómez y abrió una pequeña rendija a la esperanza. Era tiempo de ilusión. Era tiempo de cambiar la maldita historia.
Son las 9 y 49 minutos, Carlos Váldez se desploma. Nadie escucha el pitazo. Penal. Faltaban tan sólo 6 minutos para la derrota, pero el sonido de ese silbato retumbó y todos se abrazaron. Después, de ese segundo todo fue delirio.
Fiel a su historia, Santa Fe luchó, con nueve hombres, para dar vuelta a la adversidad. Pateó y Pérez y todo fue esperanza. Locura. El Campín era un solo abrazo. Había vida. Ya cuando todo se apagaba había esperanza. Como siempre en la vida. Como siempre con Santa Fe.
***
Son las 10 y 23 minutos. Si Germán Centurión atinaba al arco era el final. Llegaba un golpe más. El peor de todos. Ganaría el rival. Panorama devastador: toma impulso lanza y… Esas preciosas manos.
Un grito ensordecedor se apodera del palacio de la 57. Agustín Julio, ese hombre desgarbado de sonrisa constante había detenido el peor golpe. Evitó, con esas preciosas manos, ese gol que era derrota. Evitó la mayor tristeza de todas.
De nuevo el gran Marío Efraín. Ejecuta con seguridad. Anota. Es tiempo de gloria. El protagonista de esta historia, aprieta un botón de esa chaqueta especial, y dice con seguridad, “llegó nuestro momento. Es tiempo de llorar”.
Su dispuso, Óscar Altamirano, corrió displicente y pateó. Entonces, esas preciosas manos, una vez más. El tiempo se detuvo. Todo quedó paralizado. Créame, todos, los 40 mil, ensimismados, subieron y conocieron el cielo tan pronto Agustín Julio detuvo ese disparo.
Son las 10 y 42 minutos de la noche: Nirvana. Independiente Santa Fe otra vez campeón. Él llora desconsolado, fundido en el mejor de todos los abrazos con su padre y su hermano. Ya nada importa. La chaqueta, la oficina, la madrugada. Nada. Todo se reducía a: Nirvana.
lunes, 15 de octubre de 2012
Amor en tiempos de regueton
Se movía de forma tan sugestiva que el muchacho tenía poco que hacer. Sus caderas, aún en formación, se agitaban de forma tan lasciva que emocionaba a todos los hombres alrededor.
Ella, se sabía dueña de la escena. Siendo optimistas tenía 16 años, pero se movía como una mujer experimentada. La cadencia con que bailaba, uno de los cientos de reguetones que sonaron en la noche, la hacía irresistible. Su pareja, otro niño que está lejos de conocer la cédula, recorría con sus manos el cuerpo de la niña. La imagen es, como mínimo, surrealista.
Antes que la canción termine (con el ritmo del regueton es difícil determinar el final) llega un nuevo beso. Más que pasión, o romanticismo, los niños dan un espectáculo de lujuria. Poco importa, es una escena tan repetida que pasa desapercibida. Las manos del joven eran tan inquietas como las de un alcalde firmando contratos el último día de su gestión. El contexto asusta.
Son las 3 y 15 de la mañana, la noche del domingo es fría, bueno por lo menos en la calle. En la sala de esa casa todo era caliente. La sangre, las hormonas, el trago barato, el olor a mariguana, la oscuridad, el sonido de besos interminables y manos inquietas son los ingredientes del cóctel sensorial que era esa reunión.
Niños y niñas bailan, sudan, pero no experimentan. No pasan de los 17 años, pero venden una imagen de confianza y fiereza, dignas de una batalla de leones por conseguir hembras. Aunque todos intentan ser diferentes, se visten igual, se peinan igual, hablan igual y se mueven igual, por paradójico que suene.
Usan gorras americanas, chaquetas con capotas, zapatillas casi siempre blancas o claras. Como en los años 60 la gomina (le dicen gel) es tendencia. Por su parte, las niñas se esfuerzan por verse como mujeres: ropa ajustada, cabello increíblemente liso y zapatillas de cualquier color. La motivación es ser diferentes y, al final, son todos fotocopias.
La escena se repite. Envalentonados por el alcohol barato que consumen, los niños se abalanzan sobre las niñas tan pronto suena el primer golpe de la canción. Ellas bajan la mirada, se mueven el cabello y comienzan, de nuevo su lap dance criollo.
Créame, las palabras de mamá y papá sobre los cuidados y los problemas que acarrean el sexo temprano ellos las conocen hasta la saciedad. Pero nada importa. Lo único que vale es saciar ese deseo incontrolable de tocar, mirar y percibir. Lo único que importa es que ese regueton no se acabe sin que “haya algo de cariño”, como dicen socarronamente.
Tampoco importan las estadísticas de embarazos juveniles. Ni que esas cifras sean el primer indicativo de subdesarrollo de un país. Créame, mientras ellos bailan esa música monotemática, no les importa que en Colombia el promedio nacional de mujeres entre 15 y 19 años que han sido madres o están en embarazo es del 23,5 por ciento.
Son las 5 y 35 de la madrugada. La noche no se ha ido, pero aquella pareja sí emprende camino. Tomados de la mano abandonan la fiesta. Cumplieron la tarea. Como los leones de la manada, ellos ganaron el derecho a crías. Puede que no. Puede que la madre, que está durmiendo tranquila, tenga una noche más de suerte, y que su hija no caiga en las redes de sus deseos. Deseos, que más temprano que tarde, se transformarán en un nieto que ella tendrá que educar y mantener. Pero puede que sí, vaya uno a saber.
Dicen que las sociedades son su juventud. Bien, la colombiana, en buena medida, está empecinada en reproducirse a ritmo de regueton.
Así son los amores en los tiempos del regueton. Nada importa.
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jueves, 9 de agosto de 2012
Malo
Su mirada indicaba que yo era inferior. Que él, por tener el valor de acuchillar a alguien sin remordimiento alguno, es superior. En un país como Colombia, mucha razón tiene.
Aunque cada día me levante silenciosamente a trabajar, soporte el infame servicio de Transmilenio y procure no maltratar ni al defensa del equipo rival en la cancha de futsal, yo soy su enemigo más intimo. Y me odia, a muerte. Así nos conozcamos hace 46 segundos.
*Efraín, no se sonroja al decir que yo soy un hijo de puta, que mucho no me diferenció de él. A pesar que, este robusto señor ha utilizado los últimos 10 años de su vida robando personas en la calle, mientras, yo he gastado el mismo tiempo escribiendo pendejadas, detrás de un computador.
“Pasa, mijo, que usted no tiene los huevos de hacer las maldades que piensa. Yo no pienso, actúo, y lo robo o lo mato. Así de fácil, mijo”, dice. En un país como Colombia, mucha razón tiene.
Lo que al principio de la charla era incredulidad, terminó siendo asco. *Efraín relata sus crímenes como hazañas. Los describe como un triunfo sobre aquellos cobardes, que no tienen los huevos de sobrevivir quitándole, con violencia, lo poco que los ladrones de corbata permiten lograr, honestamente.
“Mijo, ¿trabajar, para qué? Si viene un socio y a la bajada de un puente muestra cuchillo y listo. O si no, toca pagar servicios, para que las ratas del centro (los políticos) roben igual. Mejor ‘hacer vueltas’ y vivir bien”, dice. En un país como Colombia, mucha razón tiene.
*Efraín logró desactivar esa zona del cerebro donde, por alguna reacción química (vaya a saber uno cuál), te hace respetar a otro individuo, sus pertenencias, sus logros y, sobre todo, su vida. Todo esto es indiferente para este animal, que siempre está al acecho, con odio, a la espera de un nuevo enemigo.
El iris de sus ojos es rojo, parece que estuvieran sangrando. Cuando se siente en confianza, *Efraín cuenta historias, con detalles escalofriantes. Relata que, antes de llegar a la entrevista robó a una anciana en un puente peatonal. Muestra su navaja dorada, como si fue un ídolo pagano; la venera.
Omito preguntarle por familia o amigos. No quiero pensar que el enemigo que tengo del otro lado de la mesa tiene sentimientos o afectos, como yo. No quiero conceder ese margen.
*Efraín habla de sus crímenes como quien cuenta una jornada de trabajo, al llegar a la casa. Ni siquiera me advierte por lo que deba escribir. Confiado dice, “en la universidad (cárcel) ya estuve. Sé que allá vuelvo, mijo. Uno no cambia, por unas rejas”. En un país como Colombia, mucha razón tiene.
Por más que mi repulsión busca lejanía filosófica de este criminal, muchas de sus reflexiones ajustan (se enquistan, mejor) en mis principios y costumbres –eso somos-. Hasta el día de esa conversación, era de los miles que creía en la falacia de ´los buenos somos más’. Resulta que personas como *Efraín se multiplican cada día. Son ellos, lo que entienden que todos somos muy malos, sólo que unos empuñan un arma y otros, silentes, encontramos mejores formas de robar.
Se levanta, aprieta mi mano y me dice, “mijo, cuídese, que la calle está muy peligrosa. Cualquier pendejo lo puede matar por no darle el celular o por bailar regueton con la nena, que no es. Ojo por ahí”. En un país como Colombia, mucha razón tiene.
*Efraín, por seguridad, es un nombre cambiado.
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miércoles, 25 de julio de 2012
La pistola tiene dos lados
Cayó fulminado. Sus ojos cafés, heredados de su mamá, buscaban a su agresor antes de tocar al suelo. Quería que lo recordará por siempre.
Mientras ella cocinaba una sopa de pasta, su hijo corría despavorido por una calle oscura de Mitú (Vaupés), empuñando una pistola que aún estaba hirviendo.
En 2002, Víctor* aceptó que había asesinado a aquel hombre de los ojos marrones, el 23 de septiembre de 1999. Cabizbajo, pero sin vergüenza alguna, afirmó que no era su intención, pero que los nervios, combinados con la inhalación de pegante, hicieron que su arma hechiza matará a ese desconocido. Cada noche, decía, se lo encontraba en sus sueños.
María Amparo Asprilla* dejó de llorar por su hijo, más bien lo entendió y lo ayudó. Fue, como miles de mujeres colombianas, una cómplice de la maldad reinante. Ella simplemente se escuda en el amor maternal. Durante 3 años, sus fines de semana se dividían entre la fila de una cárcel y la cocina.
Alta, desgarbada, morena y flaca, María Amparo tiene una voz seca y resignada. Al hablar de su hijo mira fijamente el suelo. Cuando levanta su cabeza lo hace de forma desafiante para asegurar que lo ama, como a nada en el Mundo.
Notoriamente molesta, responde “un error lo comete cualquiera, esa vez le tocó a Víctor”, cuando le preguntan, “¿qué se siente ser la mamá de un asesino?”. Aprieta sus dientes, pasa su mano por la cara y ofuscada continúa, “su pecado lo pagó”.
Su vida cambió segundos después de que su único hijo apretó el gatillo. Capturado a pocas cuadras del crimen, Víctor tardó tres años en confesar su crimen. Cuenta María Amparo, que a ella nunca fue capaz de admitírselo.
Durante el juicio tuvo que enfrentarse con los familiares de la víctima, que decían perdonar a Víctor por su error, mientras pedían justicia, como si eso fuera posible en un país como Colombia. Pero su mayor contrincante fue un abogado que pedía dinero como presentador de televisión en plena teletón.
Siempre supo que su hijo era culpable. Aún así se prostituyó para pagar los honorarios de un abogado que ni siquiera tenía la decencia de darle la mano para saludarla, y para darle dinero a su hijo, que seguramente lo gastaba en drogas y tóxicos.
Durante el día se ilusionaba con las mentiras que le compraba al sátrapa de vestido fino, que ella llamaba doctor y la juez llamaba abogado. En la noche llamaba a ‘sus amigos’, para brindar un servicio. Las madrugadas eran para llorar, recordando que su Víctor la iba a sacar de la pobreza jugando al fútbol.
Un día dejó de llorar. La única noticia real que supo recibir de su abogado fue que Víctor había sido apuñalado hasta la muerte en la cárcel. Fue en noviembre de 2003, desde ese día esconde sus lágrimas, como tantas otras mujeres de Colombia.
María Teresa está del otro lado de la pistola. Del lado que se estremece, se tira para atrás y corre asustada, mientras mira fijamente la cara de un muerto más. Hizo lo posible, trabajaba todo el día e intentó darle un mundo mejor a su hijo. Sus esfuerzos concluyeron con un asesino que al final de sus días sólo podía inhalar pegante…
Empeñados en pensar que Colombia se divide en buenos y malos, en indignados e indiferentes, bajamos la cabeza como caballos sólo para olvidar que detrás de cada muerto hay una historia que desgarra el alma, sin importar de qué lado del arma estemos.
*María Amparo Asprilla y Víctor son nombres ficticios. La protagonista de esta historia falleció en marzo de 2010, en Bogotá.
Mientras ella cocinaba una sopa de pasta, su hijo corría despavorido por una calle oscura de Mitú (Vaupés), empuñando una pistola que aún estaba hirviendo.
En 2002, Víctor* aceptó que había asesinado a aquel hombre de los ojos marrones, el 23 de septiembre de 1999. Cabizbajo, pero sin vergüenza alguna, afirmó que no era su intención, pero que los nervios, combinados con la inhalación de pegante, hicieron que su arma hechiza matará a ese desconocido. Cada noche, decía, se lo encontraba en sus sueños.
María Amparo Asprilla* dejó de llorar por su hijo, más bien lo entendió y lo ayudó. Fue, como miles de mujeres colombianas, una cómplice de la maldad reinante. Ella simplemente se escuda en el amor maternal. Durante 3 años, sus fines de semana se dividían entre la fila de una cárcel y la cocina.
Alta, desgarbada, morena y flaca, María Amparo tiene una voz seca y resignada. Al hablar de su hijo mira fijamente el suelo. Cuando levanta su cabeza lo hace de forma desafiante para asegurar que lo ama, como a nada en el Mundo.
Notoriamente molesta, responde “un error lo comete cualquiera, esa vez le tocó a Víctor”, cuando le preguntan, “¿qué se siente ser la mamá de un asesino?”. Aprieta sus dientes, pasa su mano por la cara y ofuscada continúa, “su pecado lo pagó”.
Su vida cambió segundos después de que su único hijo apretó el gatillo. Capturado a pocas cuadras del crimen, Víctor tardó tres años en confesar su crimen. Cuenta María Amparo, que a ella nunca fue capaz de admitírselo.
Durante el juicio tuvo que enfrentarse con los familiares de la víctima, que decían perdonar a Víctor por su error, mientras pedían justicia, como si eso fuera posible en un país como Colombia. Pero su mayor contrincante fue un abogado que pedía dinero como presentador de televisión en plena teletón.
Siempre supo que su hijo era culpable. Aún así se prostituyó para pagar los honorarios de un abogado que ni siquiera tenía la decencia de darle la mano para saludarla, y para darle dinero a su hijo, que seguramente lo gastaba en drogas y tóxicos.
Durante el día se ilusionaba con las mentiras que le compraba al sátrapa de vestido fino, que ella llamaba doctor y la juez llamaba abogado. En la noche llamaba a ‘sus amigos’, para brindar un servicio. Las madrugadas eran para llorar, recordando que su Víctor la iba a sacar de la pobreza jugando al fútbol.
Un día dejó de llorar. La única noticia real que supo recibir de su abogado fue que Víctor había sido apuñalado hasta la muerte en la cárcel. Fue en noviembre de 2003, desde ese día esconde sus lágrimas, como tantas otras mujeres de Colombia.
María Teresa está del otro lado de la pistola. Del lado que se estremece, se tira para atrás y corre asustada, mientras mira fijamente la cara de un muerto más. Hizo lo posible, trabajaba todo el día e intentó darle un mundo mejor a su hijo. Sus esfuerzos concluyeron con un asesino que al final de sus días sólo podía inhalar pegante…
Empeñados en pensar que Colombia se divide en buenos y malos, en indignados e indiferentes, bajamos la cabeza como caballos sólo para olvidar que detrás de cada muerto hay una historia que desgarra el alma, sin importar de qué lado del arma estemos.
*María Amparo Asprilla y Víctor son nombres ficticios. La protagonista de esta historia falleció en marzo de 2010, en Bogotá.
martes, 17 de julio de 2012
Alegría eterna
Lloras. ¿Qué haces cuando ese momento que soñaste cada día de la vida, deja la lejanía del cielo para convertirse en realidad?
Lloras.
Lloras como nunca antes. Lloras fundido en un abrazo, con aquellos que no sólo entienden tu locura, sino que además la patrocinan.
Tantos momentos soñando ese segundo, tantos días escribiendo esta columna, para encontrar que me quedé sin palabras. Porque, por más que los mejores escritores lo hayan intentado, no hay palabras para describir la verdadera felicidad. No hay palabras, sólo lágrimas.
El domingo 15 de julio de 2012, a las 19 horas con 50 minutos, pocos fuimos miles y miles fuimos uno. Todos unidos en un mismo grito, en un sólo abrazo y en sola palabra: Campeones.
Santa Fe Campeón. Mientras digito estas dos palabras tengo que ver el periódico nacional, escucho la radio y veo, de reojo, la pantalla del televisor: todos lo confirman. No fue uno más de esos sueños que alegraron muchas noches. No, esta vez es una realidad, la mejor realidad de todas.
Porque aquel que algún día se haya hecho llamar hincha de Santa fe, así sea por un día, aquel que asiste siempre al estadio, aquel que lo hace ocasionalmente, aquel que lo hace simplemente para los acontecimientos espaciales fue por un momento uno, uno que desde hoy se puede hacer llamar campeón.
Y Santa fe fue campeón a lo Santa fe. Los segundos, la medida de tiempo que por años se divirtió con nosotros, por momentos eran muy cortos y después de ese mágico gol de Jonathan Copete, eran interminables. Todos, sabían, sin decirlo que la victoria llegaría de la mano de la angustia, es nuestra historia, y la cumplimos a cabalidad.
Todos los grandes calificativos aplican. Con el transcurrir de los días miles se escribirán y se dirán. Yo, sólo puedo pensar en una orgia masiva, y disculparán las lectoras, pero tanto disfrute y realización es para ese tipo de escenarios. Fue una fiesta pagana (como dice Eduardo Galeano) que involucró a miles de incrédulos, que fuerza de golpes tenían que esperar hasta consumarse, como en la orgía, para creer.
El querido rojo, cambió el curso de su historia volviendo a ser Santa fe. Jugadores de la cantera, que de tanto enfundarse la camiseta, desde niños, entendieron el valor. Técnico de la cantera (a quien le daremos el párrafo que merece) y directivos que, antes de directivos son hinchas, que fallan, y fallarán, como dirigentes, pero aciertan como hinchas.
La séptima estrella, esa tan anhelada, llegó gracias a hacer las cosas bien. Se mantuvo una nómina, un estilo de juego. Las formaciones se repetían, (un fenómeno extraño en este fútbol moderno donde los jugadores más parecen rockstars, por la forma en que cada 6 meses cambian de ciudad), jugando a la medida del contexto. Las cifras hablan por sí solas: Santa fe en 26 fechas sólo perdió 3 partidos, poco más para agregar.
Dicen que la historia sólo recuerda a los ganadores, hoy es momento de mirar atrás: allá en 2005 el equipo estaba a 8 puntos de la zona descenso, de la mano de Germán ‘Basilico’ González y sus muchachos llegamos a una final, el logro fue otro: nos quitaron el lastre de los noventas que fueron un solo suspiro desesperado. También hay que aplaudir a Croydon, que en el momento más álgido creyeron en una marca que estaba en el suelo. Y, también, recordar al señor Arturo Boyacá, que puso el cimiento de esta nómina. A todos gracias.
Yo, William Rincón, sentí que levanté el trofeo cuando lo levantó Wilsón Gutiérrez. El director técnico es bogotano, supo pasar el duro camino de ser profesional en Santa fe. Fue capitán en aquella década del noventa, donde el único logro era sobrevivir. Cuando el fútbol terminó, nació Wilsón el DT, y lo hizo entrenando a los jóvenes. Paso a paso llegó a un banco, que ni él mismo creía estar. Como todo joven fue subestimado, en los momentos difíciles habló y sólo decía la palabra trabajo. A fuerza de logros se ganó el aplauso,
Wilsón Gutiérrez, el hincha, el jugador, el técnico era usted o yo. Estuvo en las malas, y las peores, trabajó por ese Santa fe silencioso, el de la cantera y de la mano de esos niños que un día entrenaba en campos bogotanos logró lo que muchos fallaron. Jugó, amó, logró y trabajó con Santa fe, como usted o como yo.
Jugadores, cuerpo técnico y directivos de Santa fe: Ustedes no tienen ni la más remota idea de lo que hicieron. Generaciones y generaciones hablarán de su logro. Sus nombres serán repetidos como una plegaria por niños que aún no han nacido, como muchos recitábamos la bella nómina de 1975. Porque así somos los hinchas del Rojo, sabemos que el verdadero amor no necesita celebraciones, simplemente necesita una ilusión. Ilusión que se transforma en historia, en tradición, en historia, que se transforma en Santa fe.
El espacio se acaba y siento que me falta mucho por escribir, debe que ser que aún no asimilo lo que ocurrió. Puede ser, también, que las palabras no pueden condensar el sentimiento actual, o por lo menos dimensionen lo que ocurrió. Simplemente mis lágrimas concluyen esta alegría eterna…
Este escrito también fue publicado en el portal: www.misantafe.net: http://bit.ly/MmRVjs
Lloras.
Lloras como nunca antes. Lloras fundido en un abrazo, con aquellos que no sólo entienden tu locura, sino que además la patrocinan.
Tantos momentos soñando ese segundo, tantos días escribiendo esta columna, para encontrar que me quedé sin palabras. Porque, por más que los mejores escritores lo hayan intentado, no hay palabras para describir la verdadera felicidad. No hay palabras, sólo lágrimas.
El domingo 15 de julio de 2012, a las 19 horas con 50 minutos, pocos fuimos miles y miles fuimos uno. Todos unidos en un mismo grito, en un sólo abrazo y en sola palabra: Campeones.
Santa Fe Campeón. Mientras digito estas dos palabras tengo que ver el periódico nacional, escucho la radio y veo, de reojo, la pantalla del televisor: todos lo confirman. No fue uno más de esos sueños que alegraron muchas noches. No, esta vez es una realidad, la mejor realidad de todas.
Porque aquel que algún día se haya hecho llamar hincha de Santa fe, así sea por un día, aquel que asiste siempre al estadio, aquel que lo hace ocasionalmente, aquel que lo hace simplemente para los acontecimientos espaciales fue por un momento uno, uno que desde hoy se puede hacer llamar campeón.
Y Santa fe fue campeón a lo Santa fe. Los segundos, la medida de tiempo que por años se divirtió con nosotros, por momentos eran muy cortos y después de ese mágico gol de Jonathan Copete, eran interminables. Todos, sabían, sin decirlo que la victoria llegaría de la mano de la angustia, es nuestra historia, y la cumplimos a cabalidad.
Todos los grandes calificativos aplican. Con el transcurrir de los días miles se escribirán y se dirán. Yo, sólo puedo pensar en una orgia masiva, y disculparán las lectoras, pero tanto disfrute y realización es para ese tipo de escenarios. Fue una fiesta pagana (como dice Eduardo Galeano) que involucró a miles de incrédulos, que fuerza de golpes tenían que esperar hasta consumarse, como en la orgía, para creer.
El querido rojo, cambió el curso de su historia volviendo a ser Santa fe. Jugadores de la cantera, que de tanto enfundarse la camiseta, desde niños, entendieron el valor. Técnico de la cantera (a quien le daremos el párrafo que merece) y directivos que, antes de directivos son hinchas, que fallan, y fallarán, como dirigentes, pero aciertan como hinchas.
La séptima estrella, esa tan anhelada, llegó gracias a hacer las cosas bien. Se mantuvo una nómina, un estilo de juego. Las formaciones se repetían, (un fenómeno extraño en este fútbol moderno donde los jugadores más parecen rockstars, por la forma en que cada 6 meses cambian de ciudad), jugando a la medida del contexto. Las cifras hablan por sí solas: Santa fe en 26 fechas sólo perdió 3 partidos, poco más para agregar.
Dicen que la historia sólo recuerda a los ganadores, hoy es momento de mirar atrás: allá en 2005 el equipo estaba a 8 puntos de la zona descenso, de la mano de Germán ‘Basilico’ González y sus muchachos llegamos a una final, el logro fue otro: nos quitaron el lastre de los noventas que fueron un solo suspiro desesperado. También hay que aplaudir a Croydon, que en el momento más álgido creyeron en una marca que estaba en el suelo. Y, también, recordar al señor Arturo Boyacá, que puso el cimiento de esta nómina. A todos gracias.
Yo, William Rincón, sentí que levanté el trofeo cuando lo levantó Wilsón Gutiérrez. El director técnico es bogotano, supo pasar el duro camino de ser profesional en Santa fe. Fue capitán en aquella década del noventa, donde el único logro era sobrevivir. Cuando el fútbol terminó, nació Wilsón el DT, y lo hizo entrenando a los jóvenes. Paso a paso llegó a un banco, que ni él mismo creía estar. Como todo joven fue subestimado, en los momentos difíciles habló y sólo decía la palabra trabajo. A fuerza de logros se ganó el aplauso,
Wilsón Gutiérrez, el hincha, el jugador, el técnico era usted o yo. Estuvo en las malas, y las peores, trabajó por ese Santa fe silencioso, el de la cantera y de la mano de esos niños que un día entrenaba en campos bogotanos logró lo que muchos fallaron. Jugó, amó, logró y trabajó con Santa fe, como usted o como yo.
Jugadores, cuerpo técnico y directivos de Santa fe: Ustedes no tienen ni la más remota idea de lo que hicieron. Generaciones y generaciones hablarán de su logro. Sus nombres serán repetidos como una plegaria por niños que aún no han nacido, como muchos recitábamos la bella nómina de 1975. Porque así somos los hinchas del Rojo, sabemos que el verdadero amor no necesita celebraciones, simplemente necesita una ilusión. Ilusión que se transforma en historia, en tradición, en historia, que se transforma en Santa fe.
El espacio se acaba y siento que me falta mucho por escribir, debe que ser que aún no asimilo lo que ocurrió. Puede ser, también, que las palabras no pueden condensar el sentimiento actual, o por lo menos dimensionen lo que ocurrió. Simplemente mis lágrimas concluyen esta alegría eterna…
Este escrito también fue publicado en el portal: www.misantafe.net: http://bit.ly/MmRVjs
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lunes, 14 de mayo de 2012
¿Y los movimientos estudiantiles?
¿Qué es la vida de los movimientos estudiantiles en Colombia? Que lejana se ve la imagen de esa congregación de jóvenes que, a fuerza de organización, argumentos y manifestaciones pacíficas fueron capaces de poner en ridículo a una Ministra de educación (que tampoco es tan difícil, a decir verdad) y echar para atrás una reforma a la educación, que no tenía ni pies, ni cabeza.
Y digo parece una imagen que se pierde en el tiempo, y en la convulsionada realidad de un país tropical, porque como es históricamente usual los movimientos estudiantiles salieron de la agenda del país. Diera la impresión -y es sólo la impresión- que las agrupaciones de estudiantes mataron el tigre y se asustaron con el cuero.
En diferentes democracias los movimientos y agrupaciones estudiantiles han sido el termómetro de la historia de los países. Ejemplos varios: Argentina, Cuba, Brasil, y más cerca en el tiempo Chile. Ante las problemáticas civiles y sociales se pronunciaron, y no sólo se quedaron en esa facilidad, también, propusieron soluciones viables que llegan en primera instancia a los poderes públicos y luego a la consideración de la sociedad en general.
En Colombia, los movimientos estudiantiles mantienen un estancamiento. No pasan, en muchas ocasiones, de su propia burocracia donde todos opinan, pero pocos hacen. Mantienen un halo de misterio ante el común de los colombianos, una distancia que se ha acrecentado con los años, hasta llegar a ese triste estereotipo que se mantiene actualmente: congregación de estudiantes igual a trancón y disturbio.
El 2011 pareció un punto de quiebre. Si se quiere una comunión entre las agrupaciones estudiantiles y el colombiano de a pie. Lucharon por un objetivo similar y lograron un triunfo histórico. Y la referencia no es aquella ley absurda que terminó en un archivador. Es, mejor, esa demostración que ante un objetivo común las manifestaciones argumentadas, que proponen soluciones viables, unen al pueblo bajo una misma consigna.
Para el 2012 se esperaba una actividad parecida de los estudiantes. Nada de eso. Se llamaron a silencio. Volvieron a lo que parece ser su lugar histórico: el ostracismo. Lejos de la agenda informativa o la consideración. No hay duda de que siguen trabajando, que se siguen moviendo, por un país mejor, pero simplemente se mantienen distantes, lejanos de ese colombiano al que pareciera desprecian o ven como inferior, desinformado e ignorante.
Vendrá, entonces, la retahíla de los medios. Que están arrodillados, que solo muestran lo malo, que no se preocupan por investigar, y tantas otras verdades a medias. Pensar que hace unos meses los estudiantes acaparaban todos los titulares, las entrevistas y las encuestas, con algo tan viejo como simple: propuestas y soluciones.
Al final, queda esa pequeña memoria colectiva del segundo semestre del 2011, donde los movimientos congregaron estudiantes, congregaron profesores, congregaron ciudadanos. Esa pequeña reminiscencia que sí se puede, que ya lo hicieron. Que por fin de le quitaron el silencio a los inocentes ¿Podrán volver?
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martes, 17 de abril de 2012
Legalización, la palabra prohibida
Hace pocas semanas, el reconocido periodista Andrés Opeenheimer entrevistó a Juan Manuel Santos, para la cadena CNN en español. Motivo de orgullo para el presidente de los colombianos, que es tan adepto a los medios -más internacionales-, sobre todo si es para vender humo.
El motivo de la entrevista fue la Cumbre de las Américas. Una de esas tantas reuniones donde no pasó nada, pero se vendió como todo un acontecimiento. El curtido periodista interrogó al mandatario respecto a su posición sobre el espinoso tema de la ‘legalización de la droga’. Que sería lo único que haría medianamente interesante la Cumbre, donde papá Estados Unidos saludó resto de los nenes de la región, y ya.
El rostro del presidente cambió, como si le hubieran pisado el juanete. Estreñido, Santos, corrigió al entrevistador; “no estoy hablando de legalización alguna. Proponemos hacer una revisión a la política anti drogas, nada más”, dijo escueto y medio asustado.
“Si los mandatarios dicen que la forma como estamos enfrentando el flagelo de las drogas está mal, la corregiremos. En caso de estar bien, la mantendremos. Solo queremos poner el tema en el tapete”.
No dijo nada. Como decía Chimoltrufía, “como digo una cosa, digo otra”. Como es costumbre en Santos, no se comprometió. No se inclinó para ningún lado. Ni frío, ni caliente: simplemente tibio.
Lo paradójico del asunto es que, Santos no pudo sobrepasar el miedo de hablarle a papá Obama a los ojos y plantearle algo que es tan viejo como real: Estados Unidos pone la diversión y Colombia pone los muertos que implican el tráfico de drogas.
Santos está cansado de atrapar capos y capos, sabiendo que, más se demoran en llevarlos a la cárcel y organizar la rueda de prensa, que un nuevo delincuente asuma su posición. Círculo conocido, que no tiene cómo romperse, a causa del orgullo y buen nombre de los popes del Norte.
Los del Norte son esas celebridades que acaban con su vida de forma lenta esnifando todo lo que se les atraviesa. Mientras que los del Sur se matan unos a otros de forma casi animal, para saber quién gana unos billetes más o unos billetes menos. Suena como un negocio redondo: enfermos se siguen suicidando poco a poco, mientras perversos matan y matan. El problema son aquellos infelices que quedan en la mitad entre Sur y Norte que han sido testigos de cómo todo alrededor se desangra llevándose seres queridos por doquier.
La respuesta oficial (ósea la de papá USA) fue simple: violencia contra violencia, muerte por muerte. Esfuerzos, dinero, mucho dinero y, sobre todo, vidas han sido entregadas en una lucha estúpida que se parece a una entrevista del Alcalde de Bogotá: un aburrido barril sin fondo, ni fin.
Legalización, la palabra que no se pronunció en la Cumbre de las Américas, suena como una solución temeraria y lejana. Resulta un concepto que implicaría total la individualidad. En palabras más simples: que cada quien haga con su cuerpo y su futuro lo que le plazca. Está máxima resulta imposible de concebir para estructuras estatales basadas en el control y la observación.
Ahora, para darle algo de equilibrio a la premisa, hay que plantear el lado no tan romántico de la famosa ‘legalización’. El concepto es bonito siempre y cuando no me afecte a mí ó algún ser querido.
Escena lejana: en un parque, rodeado de niños un hijo, hermano, primo, amigo, etc (perdón a los fanáticos de la igualdad idiomática, es una tontera) consume sustancias psicoactivas, porque la ley y la sociedad se lo permiten. La libertad de acción se lo permite. ¿Qué pasa? ¿Tanta libertad se malogró? ¿Y ahora qué hacemos?
Se plantea un supuesto lejano -más teniendo en cuenta la filosofía de papá USA-, pero es bueno proponer una discusión desde los argumentos y los diferentes escenarios, y no simplemente quedarse en los principios energúmenos y mamertos, donde la educación es olvidada y la violencia es reivindicada.
Al Presidente de los colombianos se le arrugó el botox, literalmente, pronunciar la palabra ‘legalización’ en una Cumbre donde el papá de los pollitos participó, sería bueno que para los de a píe, los que conocen la parte no tan bonita de Cartagena, no les siga dando pereza discutir en torno a la palabra prohibida, a ver si algún dejamos de matarnos unos a otros mientras un gringo sigue esnifando.
El motivo de la entrevista fue la Cumbre de las Américas. Una de esas tantas reuniones donde no pasó nada, pero se vendió como todo un acontecimiento. El curtido periodista interrogó al mandatario respecto a su posición sobre el espinoso tema de la ‘legalización de la droga’. Que sería lo único que haría medianamente interesante la Cumbre, donde papá Estados Unidos saludó resto de los nenes de la región, y ya.
El rostro del presidente cambió, como si le hubieran pisado el juanete. Estreñido, Santos, corrigió al entrevistador; “no estoy hablando de legalización alguna. Proponemos hacer una revisión a la política anti drogas, nada más”, dijo escueto y medio asustado.
“Si los mandatarios dicen que la forma como estamos enfrentando el flagelo de las drogas está mal, la corregiremos. En caso de estar bien, la mantendremos. Solo queremos poner el tema en el tapete”.
No dijo nada. Como decía Chimoltrufía, “como digo una cosa, digo otra”. Como es costumbre en Santos, no se comprometió. No se inclinó para ningún lado. Ni frío, ni caliente: simplemente tibio.
Lo paradójico del asunto es que, Santos no pudo sobrepasar el miedo de hablarle a papá Obama a los ojos y plantearle algo que es tan viejo como real: Estados Unidos pone la diversión y Colombia pone los muertos que implican el tráfico de drogas.
Santos está cansado de atrapar capos y capos, sabiendo que, más se demoran en llevarlos a la cárcel y organizar la rueda de prensa, que un nuevo delincuente asuma su posición. Círculo conocido, que no tiene cómo romperse, a causa del orgullo y buen nombre de los popes del Norte.
Los del Norte son esas celebridades que acaban con su vida de forma lenta esnifando todo lo que se les atraviesa. Mientras que los del Sur se matan unos a otros de forma casi animal, para saber quién gana unos billetes más o unos billetes menos. Suena como un negocio redondo: enfermos se siguen suicidando poco a poco, mientras perversos matan y matan. El problema son aquellos infelices que quedan en la mitad entre Sur y Norte que han sido testigos de cómo todo alrededor se desangra llevándose seres queridos por doquier.
La respuesta oficial (ósea la de papá USA) fue simple: violencia contra violencia, muerte por muerte. Esfuerzos, dinero, mucho dinero y, sobre todo, vidas han sido entregadas en una lucha estúpida que se parece a una entrevista del Alcalde de Bogotá: un aburrido barril sin fondo, ni fin.
Legalización, la palabra que no se pronunció en la Cumbre de las Américas, suena como una solución temeraria y lejana. Resulta un concepto que implicaría total la individualidad. En palabras más simples: que cada quien haga con su cuerpo y su futuro lo que le plazca. Está máxima resulta imposible de concebir para estructuras estatales basadas en el control y la observación.
Ahora, para darle algo de equilibrio a la premisa, hay que plantear el lado no tan romántico de la famosa ‘legalización’. El concepto es bonito siempre y cuando no me afecte a mí ó algún ser querido.
Escena lejana: en un parque, rodeado de niños un hijo, hermano, primo, amigo, etc (perdón a los fanáticos de la igualdad idiomática, es una tontera) consume sustancias psicoactivas, porque la ley y la sociedad se lo permiten. La libertad de acción se lo permite. ¿Qué pasa? ¿Tanta libertad se malogró? ¿Y ahora qué hacemos?
Se plantea un supuesto lejano -más teniendo en cuenta la filosofía de papá USA-, pero es bueno proponer una discusión desde los argumentos y los diferentes escenarios, y no simplemente quedarse en los principios energúmenos y mamertos, donde la educación es olvidada y la violencia es reivindicada.
Al Presidente de los colombianos se le arrugó el botox, literalmente, pronunciar la palabra ‘legalización’ en una Cumbre donde el papá de los pollitos participó, sería bueno que para los de a píe, los que conocen la parte no tan bonita de Cartagena, no les siga dando pereza discutir en torno a la palabra prohibida, a ver si algún dejamos de matarnos unos a otros mientras un gringo sigue esnifando.
viernes, 23 de marzo de 2012
Los hijos de la abuelita
Difícil saber quién estaba más asustado en ese momento. Él, que empuñaba con fuerza ese pequeño puñal, mientras emanaba un intenso olor a pegante; o ella que sólo pensaba en su costoso celular, que aún no había terminado de pagar.
En el medio, un infeliz que, además de ser robado por un niño que no superaba los 16 años, veía una bonita indiferencia de lo que prometía ser un buen prospecto de pareja.
Al final, el susto se convirtió en un popular puntazo en la pierna del infeliz, mientras el púberto se llevó una pobre cantidad de dinero. Ella, salvó su preciado celular y perdió un novio, que tampoco era la gran cosa.
Ser asaltado (y hasta atacado con arma blanca) es casi una obligación en Bogotá. Como una atracción turística que tarde o temprano todos tienen que vivir. Tampoco es muy novedoso que un niño aturdido por la inhalación de tóxicos robe (y un romántico momento mate) a cualquier miserable que pase una avenida en el momento justo, a la hora indicada. Así vivimos. Así morimos.
Asaltado, poderosamente soltero, de nuevo, cortada mediante, aquel pobre no paraba de preguntarse por la mamá del ladronzuelo. Y no sólo por mentarla. La duda estaba ligada a la actualidad de un país que se desangra desde la más temprana edad.
Por qué no pensar que a esa misma hora, mientras su hijo –anestesiado por la droga- atacaba sin miramientos a cualquiera por alguna moneda, ella estaba rompiéndose el lomo por llevar algo medianamente decente para comer. Claro, es más fácil suponer que ella, en el mejor de los casos, no existe. Y si está, poco le importa el corto futuro de ese hijo que apuñaló sin compasión alguna.
Ligados a una cadena de bastardos errores, niñas traen al mundo pequeños que la pobre abuela tiene que educar, al mismo tiempo que trabaja, y es golpeada por algún fortuito jugador de turmequé, que entre más toma más cariño tiene para brindar con sus puños.
Es una cadena que no acaba. Uno tras otro aparecen y aparecen niños que no saben cuánto vale una vida y aún así la traen o la arrebatan del Mundo. Inconscientes. Al momento de buscar responsables, siempre hay que acudir a la cadena obvia que comienza con una madre, transformada en abuela, con menos de treinta años, para luego de muchas ramas llegar a un Estado tan podrido y corrupto, como inalcanzable e indiferente
La Bogotá del ‘el profeta Petro’ entregó dos imágenes. El viernes 9 de marzo, la ciudad rayaba en la anarquía, mientras la crisis para el alcalde se reducía en aquellos que lo culpaban en una red social (sí, una red social). A la mitad de la convulsionada tarde un grupo de jóvenes estaba encaramado a un bus de Transmilenio en movimiento.
Había de todo. Los que sabían qué estaban haciendo, por qué (o por quiénes lo hacían) y contra quién lo hacían. De otro lado, estaban ellos, los hijos de la abuelita. Aquellos que corrían lejos del humo, con una carcajada, después de destruir todo a su paso. Sin respuestas, sin preguntas, sin preocupaciones. Simplemente, querían destruir. No había más quehacer esa tarde, era tomar trago en una caja, robar o simplemente paralizar la capital de un país.
Para ellos, para los que vienen, nada importa. Sólo, qué puedo hacer hoy. Qué verbo puedo conjugar: vivir, morir, robar, fornicar, embarazar, matar… Más no importa, si sus antecesores nunca se preocuparon por cómo venía la mano en el pasado, ¿Por qué ellos les debe importar el dizque futuro de una nación?
Dicen que las naciones son las generaciones venideras. En un pequeño rincón de América del Sur el futuro está en manos de hijos de sin madres, pero con abuelas. Y de infelices que se dejan robar, preocupados por un celular costoso, de un niño con olor a pegante.
En el medio, un infeliz que, además de ser robado por un niño que no superaba los 16 años, veía una bonita indiferencia de lo que prometía ser un buen prospecto de pareja.
Al final, el susto se convirtió en un popular puntazo en la pierna del infeliz, mientras el púberto se llevó una pobre cantidad de dinero. Ella, salvó su preciado celular y perdió un novio, que tampoco era la gran cosa.
Ser asaltado (y hasta atacado con arma blanca) es casi una obligación en Bogotá. Como una atracción turística que tarde o temprano todos tienen que vivir. Tampoco es muy novedoso que un niño aturdido por la inhalación de tóxicos robe (y un romántico momento mate) a cualquier miserable que pase una avenida en el momento justo, a la hora indicada. Así vivimos. Así morimos.
Asaltado, poderosamente soltero, de nuevo, cortada mediante, aquel pobre no paraba de preguntarse por la mamá del ladronzuelo. Y no sólo por mentarla. La duda estaba ligada a la actualidad de un país que se desangra desde la más temprana edad.
Por qué no pensar que a esa misma hora, mientras su hijo –anestesiado por la droga- atacaba sin miramientos a cualquiera por alguna moneda, ella estaba rompiéndose el lomo por llevar algo medianamente decente para comer. Claro, es más fácil suponer que ella, en el mejor de los casos, no existe. Y si está, poco le importa el corto futuro de ese hijo que apuñaló sin compasión alguna.
Ligados a una cadena de bastardos errores, niñas traen al mundo pequeños que la pobre abuela tiene que educar, al mismo tiempo que trabaja, y es golpeada por algún fortuito jugador de turmequé, que entre más toma más cariño tiene para brindar con sus puños.
Es una cadena que no acaba. Uno tras otro aparecen y aparecen niños que no saben cuánto vale una vida y aún así la traen o la arrebatan del Mundo. Inconscientes. Al momento de buscar responsables, siempre hay que acudir a la cadena obvia que comienza con una madre, transformada en abuela, con menos de treinta años, para luego de muchas ramas llegar a un Estado tan podrido y corrupto, como inalcanzable e indiferente
La Bogotá del ‘el profeta Petro’ entregó dos imágenes. El viernes 9 de marzo, la ciudad rayaba en la anarquía, mientras la crisis para el alcalde se reducía en aquellos que lo culpaban en una red social (sí, una red social). A la mitad de la convulsionada tarde un grupo de jóvenes estaba encaramado a un bus de Transmilenio en movimiento.
Había de todo. Los que sabían qué estaban haciendo, por qué (o por quiénes lo hacían) y contra quién lo hacían. De otro lado, estaban ellos, los hijos de la abuelita. Aquellos que corrían lejos del humo, con una carcajada, después de destruir todo a su paso. Sin respuestas, sin preguntas, sin preocupaciones. Simplemente, querían destruir. No había más quehacer esa tarde, era tomar trago en una caja, robar o simplemente paralizar la capital de un país.
Para ellos, para los que vienen, nada importa. Sólo, qué puedo hacer hoy. Qué verbo puedo conjugar: vivir, morir, robar, fornicar, embarazar, matar… Más no importa, si sus antecesores nunca se preocuparon por cómo venía la mano en el pasado, ¿Por qué ellos les debe importar el dizque futuro de una nación?
Dicen que las naciones son las generaciones venideras. En un pequeño rincón de América del Sur el futuro está en manos de hijos de sin madres, pero con abuelas. Y de infelices que se dejan robar, preocupados por un celular costoso, de un niño con olor a pegante.
lunes, 16 de enero de 2012
Petro aprobó la reelección
Cuando el flamante alcalde de Bogotá decidió lanzarse al cargo, por allá en agosto de 2011, implícitamente le dio una palmada en la espalda al actual mandatario para que siguiera carburando el tan deplorable proyecto de reelección.
Entiende, Petro, que no tiene la infraestructura, ni la espalda para hacerle competencia a un presidente que ha planteado programas y proyectos tan ambiciosos, como demorados, cuyo mayor logro –hasta el momento- es haber cumplido con una de las premisas más viejas y más importantes de la política: darle de comer a todos en la mesa.
Esa famosa unidad, que no es más que puestos y cuotas para los popes de siempre (o por lo menos para los más importantes), lejos de premiar a quienes tienen los meritos para hacer una gestión pública, celebra a quienes, en el momento justo, apoyaron el proyecto presidencial -ya sea desde la campaña o ahora desde el Congreso aprobando todo-.
En esta cruzada silenciosa que emprendieron los partidos políticos tradicionales, con anuencia expresa de los medios, el alcalde de Bogotá juega un rol preponderante. No se puede olvidar que en 2009 Petro obtuvo una votación de casi 5 millones de personas en la elección presidencial, lo que hacía suponer que se convertiría en la fuerza de oposición de la unidad santista (claro, eso en una sociedad política seria).
Muy por el contrario, Petro optó por integrar la mentada unidad y, como dicen las esposas, tomar las cosas con calma y le dio tiempo al tiempo. Entiende que en medio de tanto romance político, una voz disonante (léase oposición) sería visto como un ‘loco en el desierto’, como aquel Ex Presidente que, desde las redes sociales, no tiene con quién pelear y se volvió intrascendente.
El objetivo es el 2018 (igual que el de la Selección Colombia), y qué mejor plataforma que la alcaldía de la capital para mantenerse más que vigente, consolidando un partido político con las mismas bases y vicios de los partidos más recientes, que se han fundado sobre la base del poder y no sobre una base de respuesta a los conflictos sociales.
La llegada al Palacio de Lievano simplemente requirió una buena de dosis de demagogia y listo. Con los contendores que tenía no necesitaba mucho más. Con una votación irrisoria -700 mil votos- alcanzó el puestico. La minoría que lo escogió le dijeron lo que quería oír. Le dieron bálsamos, placebos. Palmadas en el hombro. Les resultó más fácil escuchar respuestas demagógicas, facilistas, que en realidad no tienen asidero desde el desarrollo real y sostenible en el tiempo.
Pocos se tomaron el trabajo de leer su programa de gobierno que, como mínimo, es inviable. Y ha quedado demostrado en los primeros días de su mandato: sus proyectos más rimbombantes se han convertido, poco a poco, en ‘reformillas’ pequeñas que no tienen ni ton, ni son. El buen Roy Barreras de La Luciérnaga tiene una palabra que las define: ‘Rechimbo’.
En medio del entramado político y la reinante inviabilidad, están los 7 millones de bogotanos que siguen padeciendo las ‘delicias’ de esta ciudad cada vez más peligrosa, más inmóvil, en definitiva, más inhumana. Mientras que su flamante alcalde habla de toros…
Luis Ignacio Lula, ex presidente de Brasil, dijo alguna vez que “un buen presidente no necesita de reelecciones”. Premisa que, hoy, solo genera sonrisas entre los padres de la patria que proponen reformas y proyectos a tan largo plazo que son más bien inviables.
Todos juegan a lo seguro. Tienen un acuerdo tácito por reelección. Saben que todos están disfrutando de una unidad que parece un bus de pueblo: con puestos para todos, incluyendo a Petro que realmente está jugando un juego largo con un objetivo simple: ser presidente, como si fuera la gran cosa.
Entiende, Petro, que no tiene la infraestructura, ni la espalda para hacerle competencia a un presidente que ha planteado programas y proyectos tan ambiciosos, como demorados, cuyo mayor logro –hasta el momento- es haber cumplido con una de las premisas más viejas y más importantes de la política: darle de comer a todos en la mesa.
Esa famosa unidad, que no es más que puestos y cuotas para los popes de siempre (o por lo menos para los más importantes), lejos de premiar a quienes tienen los meritos para hacer una gestión pública, celebra a quienes, en el momento justo, apoyaron el proyecto presidencial -ya sea desde la campaña o ahora desde el Congreso aprobando todo-.
En esta cruzada silenciosa que emprendieron los partidos políticos tradicionales, con anuencia expresa de los medios, el alcalde de Bogotá juega un rol preponderante. No se puede olvidar que en 2009 Petro obtuvo una votación de casi 5 millones de personas en la elección presidencial, lo que hacía suponer que se convertiría en la fuerza de oposición de la unidad santista (claro, eso en una sociedad política seria).
Muy por el contrario, Petro optó por integrar la mentada unidad y, como dicen las esposas, tomar las cosas con calma y le dio tiempo al tiempo. Entiende que en medio de tanto romance político, una voz disonante (léase oposición) sería visto como un ‘loco en el desierto’, como aquel Ex Presidente que, desde las redes sociales, no tiene con quién pelear y se volvió intrascendente.
El objetivo es el 2018 (igual que el de la Selección Colombia), y qué mejor plataforma que la alcaldía de la capital para mantenerse más que vigente, consolidando un partido político con las mismas bases y vicios de los partidos más recientes, que se han fundado sobre la base del poder y no sobre una base de respuesta a los conflictos sociales.
La llegada al Palacio de Lievano simplemente requirió una buena de dosis de demagogia y listo. Con los contendores que tenía no necesitaba mucho más. Con una votación irrisoria -700 mil votos- alcanzó el puestico. La minoría que lo escogió le dijeron lo que quería oír. Le dieron bálsamos, placebos. Palmadas en el hombro. Les resultó más fácil escuchar respuestas demagógicas, facilistas, que en realidad no tienen asidero desde el desarrollo real y sostenible en el tiempo.
Pocos se tomaron el trabajo de leer su programa de gobierno que, como mínimo, es inviable. Y ha quedado demostrado en los primeros días de su mandato: sus proyectos más rimbombantes se han convertido, poco a poco, en ‘reformillas’ pequeñas que no tienen ni ton, ni son. El buen Roy Barreras de La Luciérnaga tiene una palabra que las define: ‘Rechimbo’.
En medio del entramado político y la reinante inviabilidad, están los 7 millones de bogotanos que siguen padeciendo las ‘delicias’ de esta ciudad cada vez más peligrosa, más inmóvil, en definitiva, más inhumana. Mientras que su flamante alcalde habla de toros…
Luis Ignacio Lula, ex presidente de Brasil, dijo alguna vez que “un buen presidente no necesita de reelecciones”. Premisa que, hoy, solo genera sonrisas entre los padres de la patria que proponen reformas y proyectos a tan largo plazo que son más bien inviables.
Todos juegan a lo seguro. Tienen un acuerdo tácito por reelección. Saben que todos están disfrutando de una unidad que parece un bus de pueblo: con puestos para todos, incluyendo a Petro que realmente está jugando un juego largo con un objetivo simple: ser presidente, como si fuera la gran cosa.
miércoles, 30 de noviembre de 2011
Error
Valdría la pena decir que resultó más sencillo que en el imaginario. Puede ser injusto, pero es verdad. De pronto la insignificancia es la razón. También puede ser la indiferencia. De una de esas dos no sale.
Hay que ser demagógico y decir que es una mala noticia. Pero la realidad es otra.
Era simplemente cuestión de tiempo. Pensar que lugares comunes, tan viejos y tan obvios, pueden ser los mejores alucinógenos para esconder la cruda verdad.
Exponer defectos propios y combinarlos con mentiras es una buena estrategia. Paliativos sencillos, para evadir responsabilidades. Palmadas en la espalda y tranquila aceptación: hermosos frutos de la ignorancia. La alegría es para el que bien usa las palabras.
Usar frases consoladoras y efímeras resulta más sencillo que aceptar la aversión, la falta de empatía. Nadie reconoce sus equivocaciones ¿por qué ser el primero? Pero hay que aceptar -con una sonrisa- que fue todo un desastre. Fue peor que el más opaco de los escenarios posibles. Todo se hizo mal, era lógica la despedida.
Permanecerás, siempre, en el apartado de las culpas. Culpas que nunca saldrán del silencio y la profundidad más absoluta. Los remordimientos vendrán con el padre tiempo. El arrepentimiento sigue de la mano del cinismo.
El pecado es una marca indeleble, eterna. El mejor camino siempre será callar y continuar. La seguridad es que vendrán más y más equivocaciones; más y más desastres. La tranquilidad que habrá perpetuo castigo.
Hay que ser demagógico y decir que es una mala noticia. Pero la realidad es otra.
Era simplemente cuestión de tiempo. Pensar que lugares comunes, tan viejos y tan obvios, pueden ser los mejores alucinógenos para esconder la cruda verdad.
Exponer defectos propios y combinarlos con mentiras es una buena estrategia. Paliativos sencillos, para evadir responsabilidades. Palmadas en la espalda y tranquila aceptación: hermosos frutos de la ignorancia. La alegría es para el que bien usa las palabras.
Usar frases consoladoras y efímeras resulta más sencillo que aceptar la aversión, la falta de empatía. Nadie reconoce sus equivocaciones ¿por qué ser el primero? Pero hay que aceptar -con una sonrisa- que fue todo un desastre. Fue peor que el más opaco de los escenarios posibles. Todo se hizo mal, era lógica la despedida.
Permanecerás, siempre, en el apartado de las culpas. Culpas que nunca saldrán del silencio y la profundidad más absoluta. Los remordimientos vendrán con el padre tiempo. El arrepentimiento sigue de la mano del cinismo.
El pecado es una marca indeleble, eterna. El mejor camino siempre será callar y continuar. La seguridad es que vendrán más y más equivocaciones; más y más desastres. La tranquilidad que habrá perpetuo castigo.
viernes, 11 de noviembre de 2011
El corazón vence a la lógica
Eduardo Galeano (genial escritor uruguayo) siempre le decía a sus contertulios, por lo bajo, que un partido fútbol era lo más parecido a la vida misma.
No se equivoca. Como un partido de fútbol, la vida es un compendio de momentos. Un cumulo de circunstancias que marcan a fuego a cada quien. Lejos de filosofar, o caer en el burdo trascendentalismo, hay que decir que lo que vivió Santa fe en Argentina es lo más cercano a la definición de lo qué es la vida.
Si a usted, hincha del rojo, le hubieran dicho el jueves 10 de noviembre a las 7 y 53 minutos de la noche (hora colombiana) que, como nunca, se iba a sentir orgulloso de decir en la calle que es hincha cardenal, seguramente habría insultado a su interlocutor.
Nunca había visto que Santa fe fuera avasallado futbolísticamente de tal manera. Vélez dio una cátedra de juego en 45 minutos. Presionó la salida; recuperó antes del círculo central; no sólo tocó a placer, fue preciso, punzante. Todos se movían, parecían termitas con hambre. Y para completar, en las divididas también ganaban. Les salía todo.
En él mientras tanto, los jugadores de Santa fe no entendían qué aluvión les pasaba por encima. Corrían por decantación. Perdían el balón de forma ingenua (de hecho no lo paraban). Un error tras otro. Pero habrá qué decir que mucho tenía que ver la superioridad momentánea del rival, más allá de la impericia propia.
Con dos goles abajo, mancillados, silentes e intranquilos se fueron al camerino. Lo que haya pasado en ese vestuario durante esos 15 minutos algún día tendrá que ser contado en detalle, porque de seguro fue invaluable. Los gritos, los madrazos y, por qué no, hasta los golpes que se usarían rayarían en el misticismo.
A las 8 y 07 minutos de la noche, Vargas, Roa, Centurión, Meza, Acosta, Quintero, Bernal, el ingresado Vélez, Copete, Pérez y Rodas no eran los mismos hombres que 15 minutos atrás se retiraban cabizbajos de la cancha en Liniers. Algo cambió. Algo entendieron. Algo les dijeron: sólo ellos sabrán qué fue.
No sólo corrieron y metieron como verdaderos leones, por encima de todo jugaron. Superaron al rival desde el juego, desde la tenencia de balón, desde la rápida recuperación y la precisión en la entrega. El primer gol es una obra de alta ingeniería: recuperación, 4 toques de primera, exquisitez de Omar Pérez (ese pase en cortada, de primera, es de un genio) y definición.
Y siguieron. Presionaron la salida y se perdieron opciones y no paraban de luchar. Hugo Acosta, si acaso, habrá tenido los 45 minutos más largos de su vida en ese lamentable primer tiempo, media hora después metió una habilitación con tal precisión y puntualidad, para la aparición de Copete y posterior penal.
Cogió el balón él. Porque lo merecía. Porque lo necesitaba. Pateó, gritó, miró al cielo, celebró y lloró. Por esos pequeños momentos el fútbol es lo qué es. Por personas como Omar Pérez uno se atreve a comparar la vida con un juego. Las palabras no alcanzarán para describir el acto de grandeza y valentía de este argentino, que en medio de lágrimas se convirtió en ídolo eterno de Santa fe.
Luego a luchar. Había que apretar los dientes y resistir. Santa fe optó por tener el balón, por tocar y ser inteligente. Pero llegó el momento de la injusticia. Llegó ese momento en el que por más que luches algo superior derriba las ilusiones. Un chileno robó al León y pagó una deuda con los argentinos.
Y así acabó el sueño.
En la vida te superan, te avasallan, te cargan. En la vida te equivocas, fallas. En la vida te putean para que despiertes. En la vida, cada día, luchas contra la adversidad, con más corazón que capacidad. En la vida ves cómo un rayo de luz, de victoria se apaga con la maldita mano negra de la injusticia del último minuto. En la vida el único orgullo que te queda es levantarte, limpiarte la cara y seguir luchando.
Cuánta razón tiene Galeano. En la vida el corazón siempre, pero siempre, le ganará a lógica.
Este escrito también fue publicado en el portal www.misantafe.net
No se equivoca. Como un partido de fútbol, la vida es un compendio de momentos. Un cumulo de circunstancias que marcan a fuego a cada quien. Lejos de filosofar, o caer en el burdo trascendentalismo, hay que decir que lo que vivió Santa fe en Argentina es lo más cercano a la definición de lo qué es la vida.
Si a usted, hincha del rojo, le hubieran dicho el jueves 10 de noviembre a las 7 y 53 minutos de la noche (hora colombiana) que, como nunca, se iba a sentir orgulloso de decir en la calle que es hincha cardenal, seguramente habría insultado a su interlocutor.
Nunca había visto que Santa fe fuera avasallado futbolísticamente de tal manera. Vélez dio una cátedra de juego en 45 minutos. Presionó la salida; recuperó antes del círculo central; no sólo tocó a placer, fue preciso, punzante. Todos se movían, parecían termitas con hambre. Y para completar, en las divididas también ganaban. Les salía todo.
En él mientras tanto, los jugadores de Santa fe no entendían qué aluvión les pasaba por encima. Corrían por decantación. Perdían el balón de forma ingenua (de hecho no lo paraban). Un error tras otro. Pero habrá qué decir que mucho tenía que ver la superioridad momentánea del rival, más allá de la impericia propia.
Con dos goles abajo, mancillados, silentes e intranquilos se fueron al camerino. Lo que haya pasado en ese vestuario durante esos 15 minutos algún día tendrá que ser contado en detalle, porque de seguro fue invaluable. Los gritos, los madrazos y, por qué no, hasta los golpes que se usarían rayarían en el misticismo.
A las 8 y 07 minutos de la noche, Vargas, Roa, Centurión, Meza, Acosta, Quintero, Bernal, el ingresado Vélez, Copete, Pérez y Rodas no eran los mismos hombres que 15 minutos atrás se retiraban cabizbajos de la cancha en Liniers. Algo cambió. Algo entendieron. Algo les dijeron: sólo ellos sabrán qué fue.
No sólo corrieron y metieron como verdaderos leones, por encima de todo jugaron. Superaron al rival desde el juego, desde la tenencia de balón, desde la rápida recuperación y la precisión en la entrega. El primer gol es una obra de alta ingeniería: recuperación, 4 toques de primera, exquisitez de Omar Pérez (ese pase en cortada, de primera, es de un genio) y definición.
Y siguieron. Presionaron la salida y se perdieron opciones y no paraban de luchar. Hugo Acosta, si acaso, habrá tenido los 45 minutos más largos de su vida en ese lamentable primer tiempo, media hora después metió una habilitación con tal precisión y puntualidad, para la aparición de Copete y posterior penal.
Cogió el balón él. Porque lo merecía. Porque lo necesitaba. Pateó, gritó, miró al cielo, celebró y lloró. Por esos pequeños momentos el fútbol es lo qué es. Por personas como Omar Pérez uno se atreve a comparar la vida con un juego. Las palabras no alcanzarán para describir el acto de grandeza y valentía de este argentino, que en medio de lágrimas se convirtió en ídolo eterno de Santa fe.
Luego a luchar. Había que apretar los dientes y resistir. Santa fe optó por tener el balón, por tocar y ser inteligente. Pero llegó el momento de la injusticia. Llegó ese momento en el que por más que luches algo superior derriba las ilusiones. Un chileno robó al León y pagó una deuda con los argentinos.
Y así acabó el sueño.
En la vida te superan, te avasallan, te cargan. En la vida te equivocas, fallas. En la vida te putean para que despiertes. En la vida, cada día, luchas contra la adversidad, con más corazón que capacidad. En la vida ves cómo un rayo de luz, de victoria se apaga con la maldita mano negra de la injusticia del último minuto. En la vida el único orgullo que te queda es levantarte, limpiarte la cara y seguir luchando.
Cuánta razón tiene Galeano. En la vida el corazón siempre, pero siempre, le ganará a lógica.
Este escrito también fue publicado en el portal www.misantafe.net
jueves, 6 de octubre de 2011
Libre
Lo había prometido, tan pronto lo lograra se iba a emborrachar como nunca antes en su vida. Sonó el teléfono, del otro lado un festivo “mijo, estoy borracha” presagiaba lo mejor….
Las alegrías en este mundo de mierda se celebran dejando de ser uno mismo. Es mejor convertirse en algo mejor de lo usual: borracho, por ejemplo.
En una sociedad ni siquiera buena, más bien decente, ella no debería celebrar eso. Pero, por estas tierras lo que ella consiguió más que un logro es una victoria que raya en lo épico. Comenzó su proeza hace 38 años:
Pasaron 8 presidentes -siguen en pugna por saber cuál fue el peor-. La Selección de fútbol fracasó 26 de esos 38 años. Se desarrollaron 5 procesos de paz, sólo 1 tuvo algún resultado visible (hoy, con las Bacrim el país lo sufre). Antanas Mockus y Enrique Peñalosa se graduaron de perdedores con 3 elecciones pérdidas, van por la cuarta (ni para amigo secreto los escogen). Santa fe ganó 2 títulos. Colombia pasó del subdesarrollo a ser país emergente. Dos aviones cambiaron el Mundo. Hubo por lo menos 7 guerras civiles en el planeta (varias, bien escondidas). Ah, y ella tuvo dos lastres que llama hijos.
El 14 de septiembre de 2011 ella tuvo a su bien pensionarse. Hecho, que reitero, no debería ser sobresaliente, pero que en esta estructura estatal representa estar en la cima de la pirámide legal más grande de Colombia: el sistema de pensiones.
Básicamente: yo, que me despierto a las 6 de la mañana para escuchar a un cura resolver los problemas del Mundo, para luego salir a ser golpeado por señoras 90 centímetros más pequeñas en el puto sistema Transmilenio, y terminar encerrado 10 horas diarias en una oficina escuchando cuanta estupidez existe, frente a un computador más vigilado que Piedad Córdoba, recodando que pagué más de 20 millones de pesos por cumplir está realidad diaria que en su momento llamé sueño: tengo que pagar mes a mes para que ella pueda sentirse orgullosa de tener la libertad de dormir un martes hasta las 8 de la mañana, como no lo hizo por casi tres décadas.
Valga decir que este ejercicio, como mínimo despótico, no es propiedad intelectual de los sátrapas que fungen como padres de esta patria. Los griegos, que se hacen llamar dueños de la democracia, tienen al planeta económico pendiendo de un hilo, todo porque no tienen ni idea de cómo manejar la carga prestacional del sistema de pensiones -entre otras cosas-. El Presidente, de apellido impronunciable, recortó las mesadas y cada día contiene protestas que dentro poco serán incontrolables. Por si queda alguna duda del poder de los de la tercera edad.
En Colombia el asunto no es muy diferente. El Ministro de Hacienda, un yupi entrenado por años para salvar los recursos de los más ricos, está por meter a como dé lugar una ampliación en la edad para poder pensionarse y así alivianar la carga que tiene el Estado y sus amiguitos cercanos: los privados. Dentro de poco, congresistas cumplirán con su labor perpetua de joder a los colombianos y aprobarán la propuesta. Una muestra más de que las pensiones como toda pirámide, legal o ilegal, están condenadas a derrumbarse.
El yupi (arde nombrarlo) sale en los medios con pose de gerente de multinacional afirmando que, “si no se hacen modificaciones estructurales al sistema pensional el país colapsará”. En otras palabras, si no se aumenta la edad de capacidad laboral y se ahorran esos miles de millones de pesos, los muy muy ricos y el putrefacto Estado tendrían que cumplir, a cabalidad, con sus obligaciones constitucionales. Que Satán no lo permita ¿cierto?
En plata blanca, a ella poca le importa estas particulares circunstancias, (tampoco que magistrados de la Corte Suprema que deberían tener una pensión de 6 millones de pesos devengan casi el triple por cuenta de demandas y más demandas) más bien disfruta, a su modo, de los placeres de esta novedosa sensación de emancipación financiera, que ganó a pulso.
Tampoco parece importarle que soportó tres alargues de edad durante sus 38 años de trabajo continuo. Y le es totalmente indiferente que yo, uno de sus lastres, de un modo u otro este aportando mensualmente a que ella pueda ver el famoso cura de la camioneta blindada a sus anchas, mientras madreó al aire y escupo al suelo.
Nada de eso debe importarle, al fin y al cabo ella es libre y yo un burro que estudió (es un decir) para que le jodan la vida día tras día, con la sería convicción que nunca se va a emancipar financieramente y tendrá que ver al yupi como presidente de la República.
Las alegrías en este mundo de mierda se celebran dejando de ser uno mismo. Es mejor convertirse en algo mejor de lo usual: borracho, por ejemplo.
En una sociedad ni siquiera buena, más bien decente, ella no debería celebrar eso. Pero, por estas tierras lo que ella consiguió más que un logro es una victoria que raya en lo épico. Comenzó su proeza hace 38 años:
Pasaron 8 presidentes -siguen en pugna por saber cuál fue el peor-. La Selección de fútbol fracasó 26 de esos 38 años. Se desarrollaron 5 procesos de paz, sólo 1 tuvo algún resultado visible (hoy, con las Bacrim el país lo sufre). Antanas Mockus y Enrique Peñalosa se graduaron de perdedores con 3 elecciones pérdidas, van por la cuarta (ni para amigo secreto los escogen). Santa fe ganó 2 títulos. Colombia pasó del subdesarrollo a ser país emergente. Dos aviones cambiaron el Mundo. Hubo por lo menos 7 guerras civiles en el planeta (varias, bien escondidas). Ah, y ella tuvo dos lastres que llama hijos.
El 14 de septiembre de 2011 ella tuvo a su bien pensionarse. Hecho, que reitero, no debería ser sobresaliente, pero que en esta estructura estatal representa estar en la cima de la pirámide legal más grande de Colombia: el sistema de pensiones.
Básicamente: yo, que me despierto a las 6 de la mañana para escuchar a un cura resolver los problemas del Mundo, para luego salir a ser golpeado por señoras 90 centímetros más pequeñas en el puto sistema Transmilenio, y terminar encerrado 10 horas diarias en una oficina escuchando cuanta estupidez existe, frente a un computador más vigilado que Piedad Córdoba, recodando que pagué más de 20 millones de pesos por cumplir está realidad diaria que en su momento llamé sueño: tengo que pagar mes a mes para que ella pueda sentirse orgullosa de tener la libertad de dormir un martes hasta las 8 de la mañana, como no lo hizo por casi tres décadas.
Valga decir que este ejercicio, como mínimo despótico, no es propiedad intelectual de los sátrapas que fungen como padres de esta patria. Los griegos, que se hacen llamar dueños de la democracia, tienen al planeta económico pendiendo de un hilo, todo porque no tienen ni idea de cómo manejar la carga prestacional del sistema de pensiones -entre otras cosas-. El Presidente, de apellido impronunciable, recortó las mesadas y cada día contiene protestas que dentro poco serán incontrolables. Por si queda alguna duda del poder de los de la tercera edad.
En Colombia el asunto no es muy diferente. El Ministro de Hacienda, un yupi entrenado por años para salvar los recursos de los más ricos, está por meter a como dé lugar una ampliación en la edad para poder pensionarse y así alivianar la carga que tiene el Estado y sus amiguitos cercanos: los privados. Dentro de poco, congresistas cumplirán con su labor perpetua de joder a los colombianos y aprobarán la propuesta. Una muestra más de que las pensiones como toda pirámide, legal o ilegal, están condenadas a derrumbarse.
El yupi (arde nombrarlo) sale en los medios con pose de gerente de multinacional afirmando que, “si no se hacen modificaciones estructurales al sistema pensional el país colapsará”. En otras palabras, si no se aumenta la edad de capacidad laboral y se ahorran esos miles de millones de pesos, los muy muy ricos y el putrefacto Estado tendrían que cumplir, a cabalidad, con sus obligaciones constitucionales. Que Satán no lo permita ¿cierto?
En plata blanca, a ella poca le importa estas particulares circunstancias, (tampoco que magistrados de la Corte Suprema que deberían tener una pensión de 6 millones de pesos devengan casi el triple por cuenta de demandas y más demandas) más bien disfruta, a su modo, de los placeres de esta novedosa sensación de emancipación financiera, que ganó a pulso.
Tampoco parece importarle que soportó tres alargues de edad durante sus 38 años de trabajo continuo. Y le es totalmente indiferente que yo, uno de sus lastres, de un modo u otro este aportando mensualmente a que ella pueda ver el famoso cura de la camioneta blindada a sus anchas, mientras madreó al aire y escupo al suelo.
Nada de eso debe importarle, al fin y al cabo ella es libre y yo un burro que estudió (es un decir) para que le jodan la vida día tras día, con la sería convicción que nunca se va a emancipar financieramente y tendrá que ver al yupi como presidente de la República.
miércoles, 17 de agosto de 2011
Ella
Son las 5 y 40 minutos de las mañana, está oscuro y las tejas resuenan por la lluvia. Desarroparse, levantarse y enfundarse en unas ‘pantuflas’ ya roídas es lo que los niños llaman “un castigo a la picardía”.
No importa. Ella cumple el ritual. Pasa su mano por la cara, dormida aún prende el televisor. Y empieza a revolotear. De fondo suena un predicador, que con venas brotadas agradece a Dios por la luz del día –después se explaya en un mar de peticiones, como bebé en navidad-, mucho interés no le pone. Cada paso hasta la cocina cuesta, más bien aburre.
A pesar de hacerlo todo rápido y bien, lo hace con desidia, como preguntándose por qué en vez de estar entre cobijas durmiendo, está titiritando de frío, preparando un café y escuchando un cura que combina Twitter con la biblia.
Pero, nada más lejos de la realidad. Ella no está cuestionando. Sus pensamientos son un debate entre planchar la camisa del colegio de su hijo mayor o iniciar la tediosa rutina de sacar de la comodidad de las cobijas a su hija menor, su princesa.
Son las 6 y 5 minutos de la mañana y su voz resuena por primera vez. Intenta despertar a sus hijos. Se vale de su estridente tono. Mucho éxito no tiene. Sube las escaleras con velocidad y empieza a golpear la vieja puerta de madera. Lo que en principio era una súplica, con el paso de los minutos se convirtió en una retahíla.
Todo empieza a fluir. Se bañan, se visten, desayunan y salen. Son las 7 y 3 minutos de la mañana, ella queda sola en la casa, sus niños van a estudiar. Un logro en este país….
Lejos de buscar la cama, ella se baña se viste, desayuna (que es un decir, solo toma un tinto) y sale. Son las 7 y 37 minutos de la mañana a trabajar. En el paradero no puede hacer más que zapatear, el infame servicio de Transmilenio cumple de nuevo, en casi 10 minutos no ha pasado la ruta. Cuando por fin llega, hombres la empujan, señoras la gritan y niños la pisan. Ese bus rojo, y servicio, es lamentable.
Son las 8 y 32 minutos de la mañana, ella empieza a trabajar…
*****
Ella, tiene tantos nombres. María, Eugenia, Marcela, Edna, Patricia… no importa, a todas las conocen por el mismo sobrenombre. Ya manidos los lugares comunes y los dizque homenajes a la figura baluarte de la sociedad moderna, la madre, vale decir que la vida es muy egoísta con la mujer.
Tener que sacrificar la búsqueda de la felicidad, ó por lo menos de tranquilidad, (que al final del día es de lo que se trata la vida) por otro ser, casi siempre mal agradecido, es un acto de prepotencia de la naturaleza.
Pero la respuesta de las millones de ellas es categórica, “lo hago todo por mis hijos”. Es un asunto genético. Algo tiene que valer la permanencia de un nuevo ser en sus entrañas. Ese cordón umbilical que el doctor corta no se rompe nunca, por más injusto que sea.
Aguantan lágrimas y quejas absurdas, pedidos inoficiosos de hijos con futuros, casi siempre, poco promisorios. Aguantan matrimonios sin sentimiento alguno, hombres despreciables que succionan sus mejores años en medio de una relación déspota y sin sentido. Todo por una premisa tan única como infame: “porque mamá solo hay una”.
Es una transacción de una sola vía, que irónicamente satisface a todas las partes. Ellas lo dan todo y si acaso reciben un poco de amor, agradecimiento, y una que otra propiedad material. Difícil saber si es una recompensa suficiente, es casi seguro que ellas dirán que sí.
Mundo desparejo este, en el que vivimos. País de mierda el que nos tocó habitar. En esta nación de inequidades, corrupción, cerveza y alegría, ellas juegan un papel preponderante, pero son regidas por reglas autoritarias, redactadas por hombres con más corrupción y podredumbre, que educación en su ser.
Por televisión salen políticos sudorosos, con caros vestidos de paño vociferando en contra de las ‘malvadas’ mujeres que conciben el aborto, como una solución de vida, y bajo el estricto manto de la ley.
Fueron ellos quienes de un modo u otro aprobaron las tres excepciones para aceptar, de algún modo, el aborto. Todas justas. Sin duda. O acaso alguien imagina cómo una mujer podría educar a una criatura que tiene el mismo rostro de aquel hijo de puta que la profanó con sevicia. O, por caso extremo, tenga que sacrificar su vida por un feto que no tiene posibilidades de vida. Eso sí, no hay duda que cientos de mujeres lo hacen, así de grande es el corazón de ellas, así son ellas…
Suenan por lo bajo (como todo lo que hacen los políticos) murmullos que las acusan. Como inquisidores, ‘próceres’ de la patria, arropados por la bandera azul de un partido político corrompido, buscan firmas, hablan en radio, escriben en periódicos o simplemente se encargan de difamar (en sus eternas reuniones de whiskey) sobre esas ‘pecadoras’ que ven en el aborto una opción de vida, por paradójico que suene.
Usan a Dios como argumento. También buscan (usan) a los colombianos de bien, que cada vez son menos. Se vale todo. Como diría Jaime Garzón, “este país está al revés, los delincuentes mandan y el pueblo les rinde pleitesía”. Ellas sufren y los sátrapas legislan, no debería sorprender. Eso somos. Ellas, también, lo permitieron.
Están ellas, las que cubren sus errores amorosos, convertidos a vida, con la absolución del aborto. Si quiere júzguelas usted. La premisa es que la vida está por encima de todo. Igual que la injusticia de levantarse a las 5 y 40 minutos de la mañana a preparar el desayuno de hijos, que poco servirán en el futuro. Mundo desparejo este, en el que vivimos…
****
No se callan. Ella no sabe a dónde mirar. Su princesa tiene el fatídico examen de inglés, que con seguridad perderá. El mayor tiene que volver a usar esparadrapo para cubrir un hueco gigante en su zapatilla derecha, hay partido contra los de octavo, hay que ganar, pero son más grandes.
Poco les importa que ese día ella tuvo que soportar un jefe que la quiere convertir en una desempleada más. La regañó casi 15 minutos. De hecho, la humilló hasta las lágrimas. Daba la impresión que se divirtió, aquel mal nacido.
Eso, ella no lo cuenta. Tampoco que tiene que salir a donde su comadre a pedirle prestado para el desayuno y las onces de sus hijos, que lejano se ve el 30 del mes. Hunde su mirada en los niños. No tiene idea alguna de inglés, pero se sienta al lado de su hija a verla estudiar. Odia el fútbol (o micro, o como se llame), pero remienda por segunda vez unos tenis y reza para que su hijo no golpeé a algún mastodonte de octavo. Que fe le tiene.
Sirve la comida (otro logro en este país), se quita esos zapatos que la devoran, prende el televisor. Se mete en la historia de un cantante que tuvo tanto talento como adicciones. Sus pensamientos son un debate, de nuevo, piensa en la camisa, en el examen, en el partido, en el Transmilenio. Sus hijos, por su lado, sueñan en cuándo y cómo abandonarla con el paso de los años. Justicia pura.
Son las 5 y 36 minutos de la mañana no está lloviendo. Ella está feliz.
No importa. Ella cumple el ritual. Pasa su mano por la cara, dormida aún prende el televisor. Y empieza a revolotear. De fondo suena un predicador, que con venas brotadas agradece a Dios por la luz del día –después se explaya en un mar de peticiones, como bebé en navidad-, mucho interés no le pone. Cada paso hasta la cocina cuesta, más bien aburre.
A pesar de hacerlo todo rápido y bien, lo hace con desidia, como preguntándose por qué en vez de estar entre cobijas durmiendo, está titiritando de frío, preparando un café y escuchando un cura que combina Twitter con la biblia.
Pero, nada más lejos de la realidad. Ella no está cuestionando. Sus pensamientos son un debate entre planchar la camisa del colegio de su hijo mayor o iniciar la tediosa rutina de sacar de la comodidad de las cobijas a su hija menor, su princesa.
Son las 6 y 5 minutos de la mañana y su voz resuena por primera vez. Intenta despertar a sus hijos. Se vale de su estridente tono. Mucho éxito no tiene. Sube las escaleras con velocidad y empieza a golpear la vieja puerta de madera. Lo que en principio era una súplica, con el paso de los minutos se convirtió en una retahíla.
Todo empieza a fluir. Se bañan, se visten, desayunan y salen. Son las 7 y 3 minutos de la mañana, ella queda sola en la casa, sus niños van a estudiar. Un logro en este país….
Lejos de buscar la cama, ella se baña se viste, desayuna (que es un decir, solo toma un tinto) y sale. Son las 7 y 37 minutos de la mañana a trabajar. En el paradero no puede hacer más que zapatear, el infame servicio de Transmilenio cumple de nuevo, en casi 10 minutos no ha pasado la ruta. Cuando por fin llega, hombres la empujan, señoras la gritan y niños la pisan. Ese bus rojo, y servicio, es lamentable.
Son las 8 y 32 minutos de la mañana, ella empieza a trabajar…
*****
Ella, tiene tantos nombres. María, Eugenia, Marcela, Edna, Patricia… no importa, a todas las conocen por el mismo sobrenombre. Ya manidos los lugares comunes y los dizque homenajes a la figura baluarte de la sociedad moderna, la madre, vale decir que la vida es muy egoísta con la mujer.
Tener que sacrificar la búsqueda de la felicidad, ó por lo menos de tranquilidad, (que al final del día es de lo que se trata la vida) por otro ser, casi siempre mal agradecido, es un acto de prepotencia de la naturaleza.
Pero la respuesta de las millones de ellas es categórica, “lo hago todo por mis hijos”. Es un asunto genético. Algo tiene que valer la permanencia de un nuevo ser en sus entrañas. Ese cordón umbilical que el doctor corta no se rompe nunca, por más injusto que sea.
Aguantan lágrimas y quejas absurdas, pedidos inoficiosos de hijos con futuros, casi siempre, poco promisorios. Aguantan matrimonios sin sentimiento alguno, hombres despreciables que succionan sus mejores años en medio de una relación déspota y sin sentido. Todo por una premisa tan única como infame: “porque mamá solo hay una”.
Es una transacción de una sola vía, que irónicamente satisface a todas las partes. Ellas lo dan todo y si acaso reciben un poco de amor, agradecimiento, y una que otra propiedad material. Difícil saber si es una recompensa suficiente, es casi seguro que ellas dirán que sí.
Mundo desparejo este, en el que vivimos. País de mierda el que nos tocó habitar. En esta nación de inequidades, corrupción, cerveza y alegría, ellas juegan un papel preponderante, pero son regidas por reglas autoritarias, redactadas por hombres con más corrupción y podredumbre, que educación en su ser.
Por televisión salen políticos sudorosos, con caros vestidos de paño vociferando en contra de las ‘malvadas’ mujeres que conciben el aborto, como una solución de vida, y bajo el estricto manto de la ley.
Fueron ellos quienes de un modo u otro aprobaron las tres excepciones para aceptar, de algún modo, el aborto. Todas justas. Sin duda. O acaso alguien imagina cómo una mujer podría educar a una criatura que tiene el mismo rostro de aquel hijo de puta que la profanó con sevicia. O, por caso extremo, tenga que sacrificar su vida por un feto que no tiene posibilidades de vida. Eso sí, no hay duda que cientos de mujeres lo hacen, así de grande es el corazón de ellas, así son ellas…
Suenan por lo bajo (como todo lo que hacen los políticos) murmullos que las acusan. Como inquisidores, ‘próceres’ de la patria, arropados por la bandera azul de un partido político corrompido, buscan firmas, hablan en radio, escriben en periódicos o simplemente se encargan de difamar (en sus eternas reuniones de whiskey) sobre esas ‘pecadoras’ que ven en el aborto una opción de vida, por paradójico que suene.
Usan a Dios como argumento. También buscan (usan) a los colombianos de bien, que cada vez son menos. Se vale todo. Como diría Jaime Garzón, “este país está al revés, los delincuentes mandan y el pueblo les rinde pleitesía”. Ellas sufren y los sátrapas legislan, no debería sorprender. Eso somos. Ellas, también, lo permitieron.
Están ellas, las que cubren sus errores amorosos, convertidos a vida, con la absolución del aborto. Si quiere júzguelas usted. La premisa es que la vida está por encima de todo. Igual que la injusticia de levantarse a las 5 y 40 minutos de la mañana a preparar el desayuno de hijos, que poco servirán en el futuro. Mundo desparejo este, en el que vivimos…
****
No se callan. Ella no sabe a dónde mirar. Su princesa tiene el fatídico examen de inglés, que con seguridad perderá. El mayor tiene que volver a usar esparadrapo para cubrir un hueco gigante en su zapatilla derecha, hay partido contra los de octavo, hay que ganar, pero son más grandes.
Poco les importa que ese día ella tuvo que soportar un jefe que la quiere convertir en una desempleada más. La regañó casi 15 minutos. De hecho, la humilló hasta las lágrimas. Daba la impresión que se divirtió, aquel mal nacido.
Eso, ella no lo cuenta. Tampoco que tiene que salir a donde su comadre a pedirle prestado para el desayuno y las onces de sus hijos, que lejano se ve el 30 del mes. Hunde su mirada en los niños. No tiene idea alguna de inglés, pero se sienta al lado de su hija a verla estudiar. Odia el fútbol (o micro, o como se llame), pero remienda por segunda vez unos tenis y reza para que su hijo no golpeé a algún mastodonte de octavo. Que fe le tiene.
Sirve la comida (otro logro en este país), se quita esos zapatos que la devoran, prende el televisor. Se mete en la historia de un cantante que tuvo tanto talento como adicciones. Sus pensamientos son un debate, de nuevo, piensa en la camisa, en el examen, en el partido, en el Transmilenio. Sus hijos, por su lado, sueñan en cuándo y cómo abandonarla con el paso de los años. Justicia pura.
Son las 5 y 36 minutos de la mañana no está lloviendo. Ella está feliz.
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