viernes, 23 de marzo de 2012

Los hijos de la abuelita

Difícil saber quién estaba más asustado en ese momento. Él, que empuñaba con fuerza ese pequeño puñal, mientras emanaba un intenso olor a pegante; o ella que sólo pensaba en su costoso celular, que aún no había terminado de pagar.

En el medio, un infeliz que, además de ser robado por un niño que no superaba los 16 años, veía una bonita indiferencia de lo que prometía ser un buen prospecto de pareja.

Al final, el susto se convirtió en un popular puntazo en la pierna del infeliz, mientras el púberto se llevó una pobre cantidad de dinero. Ella, salvó su preciado celular y perdió un novio, que tampoco era la gran cosa.

Ser asaltado (y hasta atacado con arma blanca) es casi una obligación en Bogotá. Como una atracción turística que tarde o temprano todos tienen que vivir. Tampoco es muy novedoso que un niño aturdido por la inhalación de tóxicos robe (y un romántico momento mate) a cualquier miserable que pase una avenida en el momento justo, a la hora indicada. Así vivimos. Así morimos.

Asaltado, poderosamente soltero, de nuevo, cortada mediante, aquel pobre no paraba de preguntarse por la mamá del ladronzuelo. Y no sólo por mentarla. La duda estaba ligada a la actualidad de un país que se desangra desde la más temprana edad.

Por qué no pensar que a esa misma hora, mientras su hijo –anestesiado por la droga- atacaba sin miramientos a cualquiera por alguna moneda, ella estaba rompiéndose el lomo por llevar algo medianamente decente para comer. Claro, es más fácil suponer que ella, en el mejor de los casos, no existe. Y si está, poco le importa el corto futuro de ese hijo que apuñaló sin compasión alguna.

Ligados a una cadena de bastardos errores, niñas traen al mundo pequeños que la pobre abuela tiene que educar, al mismo tiempo que trabaja, y es golpeada por algún fortuito jugador de turmequé, que entre más toma más cariño tiene para brindar con sus puños.

Es una cadena que no acaba. Uno tras otro aparecen y aparecen niños que no saben cuánto vale una vida y aún así la traen o la arrebatan del Mundo. Inconscientes. Al momento de buscar responsables, siempre hay que acudir a la cadena obvia que comienza con una madre, transformada en abuela, con menos de treinta años, para luego de muchas ramas llegar a un Estado tan podrido y corrupto, como inalcanzable e indiferente

La Bogotá del ‘el profeta Petro’ entregó dos imágenes. El viernes 9 de marzo, la ciudad rayaba en la anarquía, mientras la crisis para el alcalde se reducía en aquellos que lo culpaban en una red social (sí, una red social). A la mitad de la convulsionada tarde un grupo de jóvenes estaba encaramado a un bus de Transmilenio en movimiento.

Había de todo. Los que sabían qué estaban haciendo, por qué (o por quiénes lo hacían) y contra quién lo hacían. De otro lado, estaban ellos, los hijos de la abuelita. Aquellos que corrían lejos del humo, con una carcajada, después de destruir todo a su paso. Sin respuestas, sin preguntas, sin preocupaciones. Simplemente, querían destruir. No había más quehacer esa tarde, era tomar trago en una caja, robar o simplemente paralizar la capital de un país.

Para ellos, para los que vienen, nada importa. Sólo, qué puedo hacer hoy. Qué verbo puedo conjugar: vivir, morir, robar, fornicar, embarazar, matar… Más no importa, si sus antecesores nunca se preocuparon por cómo venía la mano en el pasado, ¿Por qué ellos les debe importar el dizque futuro de una nación?

Dicen que las naciones son las generaciones venideras. En un pequeño rincón de América del Sur el futuro está en manos de hijos de sin madres, pero con abuelas. Y de infelices que se dejan robar, preocupados por un celular costoso, de un niño con olor a pegante.

lunes, 16 de enero de 2012

Petro aprobó la reelección

Cuando el flamante alcalde de Bogotá decidió lanzarse al cargo, por allá en agosto de 2011, implícitamente le dio una palmada en la espalda al actual mandatario para que siguiera carburando el tan deplorable proyecto de reelección.

Entiende, Petro, que no tiene la infraestructura, ni la espalda para hacerle competencia a un presidente que ha planteado programas y proyectos tan ambiciosos, como demorados, cuyo mayor logro –hasta el momento- es haber cumplido con una de las premisas más viejas y más importantes de la política: darle de comer a todos en la mesa.

Esa famosa unidad, que no es más que puestos y cuotas para los popes de siempre (o por lo menos para los más importantes), lejos de premiar a quienes tienen los meritos para hacer una gestión pública, celebra a quienes, en el momento justo, apoyaron el proyecto presidencial -ya sea desde la campaña o ahora desde el Congreso aprobando todo-.

En esta cruzada silenciosa que emprendieron los partidos políticos tradicionales, con anuencia expresa de los medios, el alcalde de Bogotá juega un rol preponderante. No se puede olvidar que en 2009 Petro obtuvo una votación de casi 5 millones de personas en la elección presidencial, lo que hacía suponer que se convertiría en la fuerza de oposición de la unidad santista (claro, eso en una sociedad política seria).

Muy por el contrario, Petro optó por integrar la mentada unidad y, como dicen las esposas, tomar las cosas con calma y le dio tiempo al tiempo. Entiende que en medio de tanto romance político, una voz disonante (léase oposición) sería visto como un ‘loco en el desierto’, como aquel Ex Presidente que, desde las redes sociales, no tiene con quién pelear y se volvió intrascendente.

El objetivo es el 2018 (igual que el de la Selección Colombia), y qué mejor plataforma que la alcaldía de la capital para mantenerse más que vigente, consolidando un partido político con las mismas bases y vicios de los partidos más recientes, que se han fundado sobre la base del poder y no sobre una base de respuesta a los conflictos sociales.

La llegada al Palacio de Lievano simplemente requirió una buena de dosis de demagogia y listo. Con los contendores que tenía no necesitaba mucho más. Con una votación irrisoria -700 mil votos- alcanzó el puestico. La minoría que lo escogió le dijeron lo que quería oír. Le dieron bálsamos, placebos. Palmadas en el hombro. Les resultó más fácil escuchar respuestas demagógicas, facilistas, que en realidad no tienen asidero desde el desarrollo real y sostenible en el tiempo.

Pocos se tomaron el trabajo de leer su programa de gobierno que, como mínimo, es inviable. Y ha quedado demostrado en los primeros días de su mandato: sus proyectos más rimbombantes se han convertido, poco a poco, en ‘reformillas’ pequeñas que no tienen ni ton, ni son. El buen Roy Barreras de La Luciérnaga tiene una palabra que las define: ‘Rechimbo’.

En medio del entramado político y la reinante inviabilidad, están los 7 millones de bogotanos que siguen padeciendo las ‘delicias’ de esta ciudad cada vez más peligrosa, más inmóvil, en definitiva, más inhumana. Mientras que su flamante alcalde habla de toros…

Luis Ignacio Lula, ex presidente de Brasil, dijo alguna vez que “un buen presidente no necesita de reelecciones”. Premisa que, hoy, solo genera sonrisas entre los padres de la patria que proponen reformas y proyectos a tan largo plazo que son más bien inviables.

Todos juegan a lo seguro. Tienen un acuerdo tácito por reelección. Saben que todos están disfrutando de una unidad que parece un bus de pueblo: con puestos para todos, incluyendo a Petro que realmente está jugando un juego largo con un objetivo simple: ser presidente, como si fuera la gran cosa.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Error

Valdría la pena decir que resultó más sencillo que en el imaginario. Puede ser injusto, pero es verdad. De pronto la insignificancia es la razón. También puede ser la indiferencia. De una de esas dos no sale.

Hay que ser demagógico y decir que es una mala noticia. Pero la realidad es otra.
Era simplemente cuestión de tiempo. Pensar que lugares comunes, tan viejos y tan obvios, pueden ser los mejores alucinógenos para esconder la cruda verdad.

Exponer defectos propios y combinarlos con mentiras es una buena estrategia. Paliativos sencillos, para evadir responsabilidades. Palmadas en la espalda y tranquila aceptación: hermosos frutos de la ignorancia. La alegría es para el que bien usa las palabras.

Usar frases consoladoras y efímeras resulta más sencillo que aceptar la aversión, la falta de empatía. Nadie reconoce sus equivocaciones ¿por qué ser el primero? Pero hay que aceptar -con una sonrisa- que fue todo un desastre. Fue peor que el más opaco de los escenarios posibles. Todo se hizo mal, era lógica la despedida.

Permanecerás, siempre, en el apartado de las culpas. Culpas que nunca saldrán del silencio y la profundidad más absoluta. Los remordimientos vendrán con el padre tiempo. El arrepentimiento sigue de la mano del cinismo.

El pecado es una marca indeleble, eterna. El mejor camino siempre será callar y continuar. La seguridad es que vendrán más y más equivocaciones; más y más desastres. La tranquilidad que habrá perpetuo castigo.

viernes, 11 de noviembre de 2011

El corazón vence a la lógica

Eduardo Galeano (genial escritor uruguayo) siempre le decía a sus contertulios, por lo bajo, que un partido fútbol era lo más parecido a la vida misma.

No se equivoca. Como un partido de fútbol, la vida es un compendio de momentos. Un cumulo de circunstancias que marcan a fuego a cada quien. Lejos de filosofar, o caer en el burdo trascendentalismo, hay que decir que lo que vivió Santa fe en Argentina es lo más cercano a la definición de lo qué es la vida.

Si a usted, hincha del rojo, le hubieran dicho el jueves 10 de noviembre a las 7 y 53 minutos de la noche (hora colombiana) que, como nunca, se iba a sentir orgulloso de decir en la calle que es hincha cardenal, seguramente habría insultado a su interlocutor.

Nunca había visto que Santa fe fuera avasallado futbolísticamente de tal manera. Vélez dio una cátedra de juego en 45 minutos. Presionó la salida; recuperó antes del círculo central; no sólo tocó a placer, fue preciso, punzante. Todos se movían, parecían termitas con hambre. Y para completar, en las divididas también ganaban. Les salía todo.

En él mientras tanto, los jugadores de Santa fe no entendían qué aluvión les pasaba por encima. Corrían por decantación. Perdían el balón de forma ingenua (de hecho no lo paraban). Un error tras otro. Pero habrá qué decir que mucho tenía que ver la superioridad momentánea del rival, más allá de la impericia propia.

Con dos goles abajo, mancillados, silentes e intranquilos se fueron al camerino. Lo que haya pasado en ese vestuario durante esos 15 minutos algún día tendrá que ser contado en detalle, porque de seguro fue invaluable. Los gritos, los madrazos y, por qué no, hasta los golpes que se usarían rayarían en el misticismo.

A las 8 y 07 minutos de la noche, Vargas, Roa, Centurión, Meza, Acosta, Quintero, Bernal, el ingresado Vélez, Copete, Pérez y Rodas no eran los mismos hombres que 15 minutos atrás se retiraban cabizbajos de la cancha en Liniers. Algo cambió. Algo entendieron. Algo les dijeron: sólo ellos sabrán qué fue.

No sólo corrieron y metieron como verdaderos leones, por encima de todo jugaron. Superaron al rival desde el juego, desde la tenencia de balón, desde la rápida recuperación y la precisión en la entrega. El primer gol es una obra de alta ingeniería: recuperación, 4 toques de primera, exquisitez de Omar Pérez (ese pase en cortada, de primera, es de un genio) y definición.

Y siguieron. Presionaron la salida y se perdieron opciones y no paraban de luchar. Hugo Acosta, si acaso, habrá tenido los 45 minutos más largos de su vida en ese lamentable primer tiempo, media hora después metió una habilitación con tal precisión y puntualidad, para la aparición de Copete y posterior penal.

Cogió el balón él. Porque lo merecía. Porque lo necesitaba. Pateó, gritó, miró al cielo, celebró y lloró. Por esos pequeños momentos el fútbol es lo qué es. Por personas como Omar Pérez uno se atreve a comparar la vida con un juego. Las palabras no alcanzarán para describir el acto de grandeza y valentía de este argentino, que en medio de lágrimas se convirtió en ídolo eterno de Santa fe.

Luego a luchar. Había que apretar los dientes y resistir. Santa fe optó por tener el balón, por tocar y ser inteligente. Pero llegó el momento de la injusticia. Llegó ese momento en el que por más que luches algo superior derriba las ilusiones. Un chileno robó al León y pagó una deuda con los argentinos.

Y así acabó el sueño.

En la vida te superan, te avasallan, te cargan. En la vida te equivocas, fallas. En la vida te putean para que despiertes. En la vida, cada día, luchas contra la adversidad, con más corazón que capacidad. En la vida ves cómo un rayo de luz, de victoria se apaga con la maldita mano negra de la injusticia del último minuto. En la vida el único orgullo que te queda es levantarte, limpiarte la cara y seguir luchando.

Cuánta razón tiene Galeano. En la vida el corazón siempre, pero siempre, le ganará a lógica.

Este escrito también fue publicado en el portal www.misantafe.net

jueves, 6 de octubre de 2011

Libre

Lo había prometido, tan pronto lo lograra se iba a emborrachar como nunca antes en su vida. Sonó el teléfono, del otro lado un festivo “mijo, estoy borracha” presagiaba lo mejor….

Las alegrías en este mundo de mierda se celebran dejando de ser uno mismo. Es mejor convertirse en algo mejor de lo usual: borracho, por ejemplo.

En una sociedad ni siquiera buena, más bien decente, ella no debería celebrar eso. Pero, por estas tierras lo que ella consiguió más que un logro es una victoria que raya en lo épico. Comenzó su proeza hace 38 años:

Pasaron 8 presidentes -siguen en pugna por saber cuál fue el peor-. La Selección de fútbol fracasó 26 de esos 38 años. Se desarrollaron 5 procesos de paz, sólo 1 tuvo algún resultado visible (hoy, con las Bacrim el país lo sufre). Antanas Mockus y Enrique Peñalosa se graduaron de perdedores con 3 elecciones pérdidas, van por la cuarta (ni para amigo secreto los escogen). Santa fe ganó 2 títulos. Colombia pasó del subdesarrollo a ser país emergente. Dos aviones cambiaron el Mundo. Hubo por lo menos 7 guerras civiles en el planeta (varias, bien escondidas). Ah, y ella tuvo dos lastres que llama hijos.

El 14 de septiembre de 2011 ella tuvo a su bien pensionarse. Hecho, que reitero, no debería ser sobresaliente, pero que en esta estructura estatal representa estar en la cima de la pirámide legal más grande de Colombia: el sistema de pensiones.

Básicamente: yo, que me despierto a las 6 de la mañana para escuchar a un cura resolver los problemas del Mundo, para luego salir a ser golpeado por señoras 90 centímetros más pequeñas en el puto sistema Transmilenio, y terminar encerrado 10 horas diarias en una oficina escuchando cuanta estupidez existe, frente a un computador más vigilado que Piedad Córdoba, recodando que pagué más de 20 millones de pesos por cumplir está realidad diaria que en su momento llamé sueño: tengo que pagar mes a mes para que ella pueda sentirse orgullosa de tener la libertad de dormir un martes hasta las 8 de la mañana, como no lo hizo por casi tres décadas.

Valga decir que este ejercicio, como mínimo despótico, no es propiedad intelectual de los sátrapas que fungen como padres de esta patria. Los griegos, que se hacen llamar dueños de la democracia, tienen al planeta económico pendiendo de un hilo, todo porque no tienen ni idea de cómo manejar la carga prestacional del sistema de pensiones -entre otras cosas-. El Presidente, de apellido impronunciable, recortó las mesadas y cada día contiene protestas que dentro poco serán incontrolables. Por si queda alguna duda del poder de los de la tercera edad.

En Colombia el asunto no es muy diferente. El Ministro de Hacienda, un yupi entrenado por años para salvar los recursos de los más ricos, está por meter a como dé lugar una ampliación en la edad para poder pensionarse y así alivianar la carga que tiene el Estado y sus amiguitos cercanos: los privados. Dentro de poco, congresistas cumplirán con su labor perpetua de joder a los colombianos y aprobarán la propuesta. Una muestra más de que las pensiones como toda pirámide, legal o ilegal, están condenadas a derrumbarse.

El yupi (arde nombrarlo) sale en los medios con pose de gerente de multinacional afirmando que, “si no se hacen modificaciones estructurales al sistema pensional el país colapsará”. En otras palabras, si no se aumenta la edad de capacidad laboral y se ahorran esos miles de millones de pesos, los muy muy ricos y el putrefacto Estado tendrían que cumplir, a cabalidad, con sus obligaciones constitucionales. Que Satán no lo permita ¿cierto?

En plata blanca, a ella poca le importa estas particulares circunstancias, (tampoco que magistrados de la Corte Suprema que deberían tener una pensión de 6 millones de pesos devengan casi el triple por cuenta de demandas y más demandas) más bien disfruta, a su modo, de los placeres de esta novedosa sensación de emancipación financiera, que ganó a pulso.

Tampoco parece importarle que soportó tres alargues de edad durante sus 38 años de trabajo continuo. Y le es totalmente indiferente que yo, uno de sus lastres, de un modo u otro este aportando mensualmente a que ella pueda ver el famoso cura de la camioneta blindada a sus anchas, mientras madreó al aire y escupo al suelo.

Nada de eso debe importarle, al fin y al cabo ella es libre y yo un burro que estudió (es un decir) para que le jodan la vida día tras día, con la sería convicción que nunca se va a emancipar financieramente y tendrá que ver al yupi como presidente de la República.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Ella

Son las 5 y 40 minutos de las mañana, está oscuro y las tejas resuenan por la lluvia. Desarroparse, levantarse y enfundarse en unas ‘pantuflas’ ya roídas es lo que los niños llaman “un castigo a la picardía”.

No importa. Ella cumple el ritual. Pasa su mano por la cara, dormida aún prende el televisor. Y empieza a revolotear. De fondo suena un predicador, que con venas brotadas agradece a Dios por la luz del día –después se explaya en un mar de peticiones, como bebé en navidad-, mucho interés no le pone. Cada paso hasta la cocina cuesta, más bien aburre.

A pesar de hacerlo todo rápido y bien, lo hace con desidia, como preguntándose por qué en vez de estar entre cobijas durmiendo, está titiritando de frío, preparando un café y escuchando un cura que combina Twitter con la biblia.

Pero, nada más lejos de la realidad. Ella no está cuestionando. Sus pensamientos son un debate entre planchar la camisa del colegio de su hijo mayor o iniciar la tediosa rutina de sacar de la comodidad de las cobijas a su hija menor, su princesa.

Son las 6 y 5 minutos de la mañana y su voz resuena por primera vez. Intenta despertar a sus hijos. Se vale de su estridente tono. Mucho éxito no tiene. Sube las escaleras con velocidad y empieza a golpear la vieja puerta de madera. Lo que en principio era una súplica, con el paso de los minutos se convirtió en una retahíla.

Todo empieza a fluir. Se bañan, se visten, desayunan y salen. Son las 7 y 3 minutos de la mañana, ella queda sola en la casa, sus niños van a estudiar. Un logro en este país….

Lejos de buscar la cama, ella se baña se viste, desayuna (que es un decir, solo toma un tinto) y sale. Son las 7 y 37 minutos de la mañana a trabajar. En el paradero no puede hacer más que zapatear, el infame servicio de Transmilenio cumple de nuevo, en casi 10 minutos no ha pasado la ruta. Cuando por fin llega, hombres la empujan, señoras la gritan y niños la pisan. Ese bus rojo, y servicio, es lamentable.

Son las 8 y 32 minutos de la mañana, ella empieza a trabajar…

*****

Ella, tiene tantos nombres. María, Eugenia, Marcela, Edna, Patricia… no importa, a todas las conocen por el mismo sobrenombre. Ya manidos los lugares comunes y los dizque homenajes a la figura baluarte de la sociedad moderna, la madre, vale decir que la vida es muy egoísta con la mujer.

Tener que sacrificar la búsqueda de la felicidad, ó por lo menos de tranquilidad, (que al final del día es de lo que se trata la vida) por otro ser, casi siempre mal agradecido, es un acto de prepotencia de la naturaleza.

Pero la respuesta de las millones de ellas es categórica, “lo hago todo por mis hijos”. Es un asunto genético. Algo tiene que valer la permanencia de un nuevo ser en sus entrañas. Ese cordón umbilical que el doctor corta no se rompe nunca, por más injusto que sea.

Aguantan lágrimas y quejas absurdas, pedidos inoficiosos de hijos con futuros, casi siempre, poco promisorios. Aguantan matrimonios sin sentimiento alguno, hombres despreciables que succionan sus mejores años en medio de una relación déspota y sin sentido. Todo por una premisa tan única como infame: “porque mamá solo hay una”.

Es una transacción de una sola vía, que irónicamente satisface a todas las partes. Ellas lo dan todo y si acaso reciben un poco de amor, agradecimiento, y una que otra propiedad material. Difícil saber si es una recompensa suficiente, es casi seguro que ellas dirán que sí.

Mundo desparejo este, en el que vivimos. País de mierda el que nos tocó habitar. En esta nación de inequidades, corrupción, cerveza y alegría, ellas juegan un papel preponderante, pero son regidas por reglas autoritarias, redactadas por hombres con más corrupción y podredumbre, que educación en su ser.

Por televisión salen políticos sudorosos, con caros vestidos de paño vociferando en contra de las ‘malvadas’ mujeres que conciben el aborto, como una solución de vida, y bajo el estricto manto de la ley.

Fueron ellos quienes de un modo u otro aprobaron las tres excepciones para aceptar, de algún modo, el aborto. Todas justas. Sin duda. O acaso alguien imagina cómo una mujer podría educar a una criatura que tiene el mismo rostro de aquel hijo de puta que la profanó con sevicia. O, por caso extremo, tenga que sacrificar su vida por un feto que no tiene posibilidades de vida. Eso sí, no hay duda que cientos de mujeres lo hacen, así de grande es el corazón de ellas, así son ellas…

Suenan por lo bajo (como todo lo que hacen los políticos) murmullos que las acusan. Como inquisidores, ‘próceres’ de la patria, arropados por la bandera azul de un partido político corrompido, buscan firmas, hablan en radio, escriben en periódicos o simplemente se encargan de difamar (en sus eternas reuniones de whiskey) sobre esas ‘pecadoras’ que ven en el aborto una opción de vida, por paradójico que suene.

Usan a Dios como argumento. También buscan (usan) a los colombianos de bien, que cada vez son menos. Se vale todo. Como diría Jaime Garzón, “este país está al revés, los delincuentes mandan y el pueblo les rinde pleitesía”. Ellas sufren y los sátrapas legislan, no debería sorprender. Eso somos. Ellas, también, lo permitieron.

Están ellas, las que cubren sus errores amorosos, convertidos a vida, con la absolución del aborto. Si quiere júzguelas usted. La premisa es que la vida está por encima de todo. Igual que la injusticia de levantarse a las 5 y 40 minutos de la mañana a preparar el desayuno de hijos, que poco servirán en el futuro. Mundo desparejo este, en el que vivimos…

****
No se callan. Ella no sabe a dónde mirar. Su princesa tiene el fatídico examen de inglés, que con seguridad perderá. El mayor tiene que volver a usar esparadrapo para cubrir un hueco gigante en su zapatilla derecha, hay partido contra los de octavo, hay que ganar, pero son más grandes.

Poco les importa que ese día ella tuvo que soportar un jefe que la quiere convertir en una desempleada más. La regañó casi 15 minutos. De hecho, la humilló hasta las lágrimas. Daba la impresión que se divirtió, aquel mal nacido.

Eso, ella no lo cuenta. Tampoco que tiene que salir a donde su comadre a pedirle prestado para el desayuno y las onces de sus hijos, que lejano se ve el 30 del mes. Hunde su mirada en los niños. No tiene idea alguna de inglés, pero se sienta al lado de su hija a verla estudiar. Odia el fútbol (o micro, o como se llame), pero remienda por segunda vez unos tenis y reza para que su hijo no golpeé a algún mastodonte de octavo. Que fe le tiene.

Sirve la comida (otro logro en este país), se quita esos zapatos que la devoran, prende el televisor. Se mete en la historia de un cantante que tuvo tanto talento como adicciones. Sus pensamientos son un debate, de nuevo, piensa en la camisa, en el examen, en el partido, en el Transmilenio. Sus hijos, por su lado, sueñan en cuándo y cómo abandonarla con el paso de los años. Justicia pura.

Son las 5 y 36 minutos de la mañana no está lloviendo. Ella está feliz.

viernes, 8 de julio de 2011

Eso de ser feo

Hay que ser claro: ser feo es una condición natural, como nacer diestro o zurdo. No hay que mentirse, ni meterse cuentos ‘chimbos’ del talante de: ‘todo es cuestión de actitud’ ó una más estúpida ‘la belleza es cuestión de autoestima’.

La vaina es simple:
sus (nuestros) rasgos físicos no cumplen con los estándares de calidad de la sociedad o contexto vivencial usual. Más bonito, difícil de poner.

Para los feos todo es un logro:
Si consigue pareja, todos hablan bien y lo felicitarán con sorpresa. Se sabe que fue a punta de palabras y convencimiento. Ó en su defecto dinero y propiedades (tampoco hay que mentirse con eso, no hay mejor elixir para el amor que el dinero).

Si consigue trabajo fue por meritos y logros no por una buena imagen (tampoco hay que mentirse con eso, una buena apariencia abre puertas laborales).

Ser feo obliga a mejorar:
Se debe estudiar más, hablar más y mejor, intentar aprender a bailar, buscar ser divertido, intentar aparentar cierta distinción, vestirse mejor. De lo contrario su vida sentimental y laboral se verá seriamente afectada (la familiar no, allá –en teoría- lo quieren por cómo es (somos)).

Lo divertido de ser consiente:
A los peregrinos del costado de los ‘no tan agraciados’ les (nos) resulta más conveniente entender (a veces aceptar) que no fueron (fuimos) premiados con buenos rasgos eso, en teoría, beneficiará las relaciones interpersonales.

Porque no hay nada más patético que un feo iluso.

Por ejemplo, en una reunión -fiesta, agasajo, rumba, parranda- no tenga muchas expectativas de lograr un encuentro amoroso con otro interlocutor. En esos contextos la primera imagen es la más válida y usted (nosotros) no la tiene (tenemos). En ese caso, lo mejor es recurrir a uno de esos puntos anteriormente nombrados. O quédese (quedémonos) en la casa durmiendo mejor.

Ser feo no es pecado:
Sí, aunque para algunos se duro de entender no ser tan agraciado poco influye en su vida (o no debería por lo menos). Es una condición natural, que como cualquier realidad depende de cómo se maneje y cómo se disfrute. Ayuda mucho, cuando se asimila y hasta se disfruta.

Nota: El autor de este escrito se divirtió redactándolo de forma tan regular.