Hay que ser claro: ser feo es una condición natural, como nacer diestro o zurdo. No hay que mentirse, ni meterse cuentos ‘chimbos’ del talante de: ‘todo es cuestión de actitud’ ó una más estúpida ‘la belleza es cuestión de autoestima’.
La vaina es simple: sus (nuestros) rasgos físicos no cumplen con los estándares de calidad de la sociedad o contexto vivencial usual. Más bonito, difícil de poner.
Para los feos todo es un logro: Si consigue pareja, todos hablan bien y lo felicitarán con sorpresa. Se sabe que fue a punta de palabras y convencimiento. Ó en su defecto dinero y propiedades (tampoco hay que mentirse con eso, no hay mejor elixir para el amor que el dinero).
Si consigue trabajo fue por meritos y logros no por una buena imagen (tampoco hay que mentirse con eso, una buena apariencia abre puertas laborales).
Ser feo obliga a mejorar: Se debe estudiar más, hablar más y mejor, intentar aprender a bailar, buscar ser divertido, intentar aparentar cierta distinción, vestirse mejor. De lo contrario su vida sentimental y laboral se verá seriamente afectada (la familiar no, allá –en teoría- lo quieren por cómo es (somos)).
Lo divertido de ser consiente: A los peregrinos del costado de los ‘no tan agraciados’ les (nos) resulta más conveniente entender (a veces aceptar) que no fueron (fuimos) premiados con buenos rasgos eso, en teoría, beneficiará las relaciones interpersonales.
Porque no hay nada más patético que un feo iluso.
Por ejemplo, en una reunión -fiesta, agasajo, rumba, parranda- no tenga muchas expectativas de lograr un encuentro amoroso con otro interlocutor. En esos contextos la primera imagen es la más válida y usted (nosotros) no la tiene (tenemos). En ese caso, lo mejor es recurrir a uno de esos puntos anteriormente nombrados. O quédese (quedémonos) en la casa durmiendo mejor.
Ser feo no es pecado: Sí, aunque para algunos se duro de entender no ser tan agraciado poco influye en su vida (o no debería por lo menos). Es una condición natural, que como cualquier realidad depende de cómo se maneje y cómo se disfrute. Ayuda mucho, cuando se asimila y hasta se disfruta.
Nota: El autor de este escrito se divirtió redactándolo de forma tan regular.
viernes, 8 de julio de 2011
miércoles, 15 de junio de 2011
Antanas hipócrita
Resultó que al final del día el magno Antanas Mockus fue como todos. Un politiquero más. Uno de tantos ensimismados, que priman su ego por encima de una idea, de un partido.
Mockus se fue del Partido Verde dejándolo acéfalo. Cree, con prepotencia, que se fue por la puerta grande, despotricando de Peñalosa, de Uribe, de los políticos, mejor dicho de todos. Se va porque quería ser cacique y le tocó ser indio. No pudo resistir estar a la sombra y prefirió abandonar, como las ratas.
Que hipócrita es Antanas. Que fácil olvidó que Peñalosa lo apoyó hasta el último día en su desastrosa campaña presidencial. Esa que mostró su faceta de perdedor empedernido. Pocos le entendían sus discursos, sus intervenciones y aún así los otros dos tenores se dieron la pela de acompañarlo, tanto así que saltaron el día que inmortalizó la estúpida arenga “del yo vine por quise, a mí no me pagaron”. Eso acordaron, eso cumplieron.
Con el descalabro a cuestas se creó un partido político (más por adrenalina que por fundamentos) que encontró una buena base electoral; y obvio decidieron aprovecharla en siguientes comicios. Peñalosa resignó su aspiración presidencial bajo la promesa de Alcaldía. Todos firmaron. Todos aceptaron.
Uribe ‘twittió’ (verbo que no existe pero que en este país vale, y mucho) y Mockus tembló. El gamonal, estratégico como es, apoyó a Peñalosa y puso a prueba el Partido Verde. Y el Partido murió. Sucumbió igual que el uribismo -que tanto ataca y se aleja- de la mano del caudillismo.
Antanas vio en el apoyo del gamonal a Peñalosa la oportunidad deseada para dimitir. Siempre quedó claro que, igual que Uribe, quería ser el número uno de su colectividad. Uso su consabida honestidad para irse. Aplicó su máxima del “no todo vale” se sacudió y se fue.
Muchos aplaudieron. “Bien Mockus. Digno. Fiel a sus principios. Es la antítesis de la corrupción que representa Uribe”, afirmaron sus seguidores (que más son followers). Pero Antanas abandonó a su hijo. Es como si un padre deja a su primogénito a penas lo ve con malas compañías. Lo deja en la casa, pero se va para siempre. No lo instruye, no le habla, simplemente lo deja a la deriva.
Y claro, tiene su cuota de doble moral. Porque en su campaña presidencial coqueteó con Petro y Peñalosa secundó ¿No se parece con el apoyo de Uribe a Peñalosa? Por qué. Ambos, Uribe y Petro, tienen pecados. Ambos son polos de opinión. Ambos mueven votos. Mientras Peñalosa cumplió y apuntaló siempre, Mockus fue falso y se fue.
Como muchos académicos Antanas Mockus cree tener la verdad revelada. Si no es como él dice, simplemente no es. Durante horas discutió con el resto del Partido Verde. Argumentó su posición desde la honestidad y el ‘cómo debe ser’. Olvidó que las elecciones en este país son como los partidos del fútbol profesional colombiano: Entre peor se juegan más fácil se ganan (pregúntele a los que iban por la 14).
Peñalosa aprendió a punta de quemadas electorales que los puestos se ganan con votos. Y los votos vienen de la mano de los de siempre. De las maquinarias de siempre. No de tweets elegantes, ni de postulados lindos en el papel, pero lejanos a la realidad. En Colombia se gana con tamal y teja. Con politiquería. Eso somos, qué le vamos hacer ¿esperar un cambio? Que esperen sentaditos.
Valido o no, Peñalosa quiere ganar -para terminar la obra de Moreno-. Mientras Mockus quiere instruir. Enrique sabe que las victorias electorales están de la mano del gamonal. Mockus sabe que el gamonal le quita poder a cualquiera en este país. Y Uribe, vivo, destruyó un partido político en 140 caracteres. Sí, porque el Partido Verde tiene una particularidad fue creado y destruido en Twitter; una red social. Así de pintoresca es la política colombiana.
Mockus representa ese cambio de mentalidad que este país necesita, pero que nunca va a llegar. Mientras Uribe es la realidad de está Colombia amarga, donde todos intentamos sacar provecho de lo bueno y de lo malo, sin equilibrio alguno. Uno es idealismo. El otro es política cruel y despiadada. Cada cual tiene derecho a escoger con quién se va.
Mucha hipocresía la de Antanas. Esconde sus ansias de figuración y poder detrás de una máscara de honestidad e idealismo construidas desde las tantas derrotas electorales que ha tenido (y se ha acostumbrado). Tanto que se dice diferente de Uribe y resultó tener muchos de sus vicios…
PD: Triste que un país tenga la segunda fuerza electoral del país en un partido que es tan efímero y circunstancial como un tweet o un comentario en Facebook. Lástima por los idealistas detrás de la pantalla.
Mockus se fue del Partido Verde dejándolo acéfalo. Cree, con prepotencia, que se fue por la puerta grande, despotricando de Peñalosa, de Uribe, de los políticos, mejor dicho de todos. Se va porque quería ser cacique y le tocó ser indio. No pudo resistir estar a la sombra y prefirió abandonar, como las ratas.
Que hipócrita es Antanas. Que fácil olvidó que Peñalosa lo apoyó hasta el último día en su desastrosa campaña presidencial. Esa que mostró su faceta de perdedor empedernido. Pocos le entendían sus discursos, sus intervenciones y aún así los otros dos tenores se dieron la pela de acompañarlo, tanto así que saltaron el día que inmortalizó la estúpida arenga “del yo vine por quise, a mí no me pagaron”. Eso acordaron, eso cumplieron.
Con el descalabro a cuestas se creó un partido político (más por adrenalina que por fundamentos) que encontró una buena base electoral; y obvio decidieron aprovecharla en siguientes comicios. Peñalosa resignó su aspiración presidencial bajo la promesa de Alcaldía. Todos firmaron. Todos aceptaron.
Uribe ‘twittió’ (verbo que no existe pero que en este país vale, y mucho) y Mockus tembló. El gamonal, estratégico como es, apoyó a Peñalosa y puso a prueba el Partido Verde. Y el Partido murió. Sucumbió igual que el uribismo -que tanto ataca y se aleja- de la mano del caudillismo.
Antanas vio en el apoyo del gamonal a Peñalosa la oportunidad deseada para dimitir. Siempre quedó claro que, igual que Uribe, quería ser el número uno de su colectividad. Uso su consabida honestidad para irse. Aplicó su máxima del “no todo vale” se sacudió y se fue.
Muchos aplaudieron. “Bien Mockus. Digno. Fiel a sus principios. Es la antítesis de la corrupción que representa Uribe”, afirmaron sus seguidores (que más son followers). Pero Antanas abandonó a su hijo. Es como si un padre deja a su primogénito a penas lo ve con malas compañías. Lo deja en la casa, pero se va para siempre. No lo instruye, no le habla, simplemente lo deja a la deriva.
Y claro, tiene su cuota de doble moral. Porque en su campaña presidencial coqueteó con Petro y Peñalosa secundó ¿No se parece con el apoyo de Uribe a Peñalosa? Por qué. Ambos, Uribe y Petro, tienen pecados. Ambos son polos de opinión. Ambos mueven votos. Mientras Peñalosa cumplió y apuntaló siempre, Mockus fue falso y se fue.
Como muchos académicos Antanas Mockus cree tener la verdad revelada. Si no es como él dice, simplemente no es. Durante horas discutió con el resto del Partido Verde. Argumentó su posición desde la honestidad y el ‘cómo debe ser’. Olvidó que las elecciones en este país son como los partidos del fútbol profesional colombiano: Entre peor se juegan más fácil se ganan (pregúntele a los que iban por la 14).
Peñalosa aprendió a punta de quemadas electorales que los puestos se ganan con votos. Y los votos vienen de la mano de los de siempre. De las maquinarias de siempre. No de tweets elegantes, ni de postulados lindos en el papel, pero lejanos a la realidad. En Colombia se gana con tamal y teja. Con politiquería. Eso somos, qué le vamos hacer ¿esperar un cambio? Que esperen sentaditos.
Valido o no, Peñalosa quiere ganar -para terminar la obra de Moreno-. Mientras Mockus quiere instruir. Enrique sabe que las victorias electorales están de la mano del gamonal. Mockus sabe que el gamonal le quita poder a cualquiera en este país. Y Uribe, vivo, destruyó un partido político en 140 caracteres. Sí, porque el Partido Verde tiene una particularidad fue creado y destruido en Twitter; una red social. Así de pintoresca es la política colombiana.
Mockus representa ese cambio de mentalidad que este país necesita, pero que nunca va a llegar. Mientras Uribe es la realidad de está Colombia amarga, donde todos intentamos sacar provecho de lo bueno y de lo malo, sin equilibrio alguno. Uno es idealismo. El otro es política cruel y despiadada. Cada cual tiene derecho a escoger con quién se va.
Mucha hipocresía la de Antanas. Esconde sus ansias de figuración y poder detrás de una máscara de honestidad e idealismo construidas desde las tantas derrotas electorales que ha tenido (y se ha acostumbrado). Tanto que se dice diferente de Uribe y resultó tener muchos de sus vicios…
PD: Triste que un país tenga la segunda fuerza electoral del país en un partido que es tan efímero y circunstancial como un tweet o un comentario en Facebook. Lástima por los idealistas detrás de la pantalla.
lunes, 2 de mayo de 2011
El Alcalde del infierno
Seis de la tarde, aguacero inmarcesible, estación, de la mierda del sistema Transmilenio abarrotada, ladrones haciendo su agosto, personas, que mientras son estrujadas y humilladas, gritan y empujan soñando llegar a su casa.
La escena, por demás repetida, es, creo, lo más cercano que se puede estar al infierno. Porque el infierno no es una caverna llena de llamas y demonios infringiendo castigos, eso sería una caricia. Infierno es la estación de la Calle 72 a las 6 y 30 de la tarde.
Infierno es está Bogotá. Esa que en medio del agua, la intolerancia, la indiferencia y los monumentales trancones mata, desespera. Entristece. La capital de Samuel Moreno es incómoda para cualquiera, para pobres que pierden más de tres horas de su vida enlatados en un bus rojo, perdiendo dignidad, humanidad, por tan sólo 1.700 pesos. Para los ricos –aunque cada vez son menos en este país- que dejan la mitad de su tranquilidad metida en su carro último modelo, enfrascados en un ‘lindo’ trancón.
Y qué decir de la inseguridad reinante. Bogotá es anarquía total. Para que te roben, te maten, te violen o te apuñalen sólo necesitas estar en el momento y lugar justo. Parece que la premisa de “los buenos somos más”, resulta una vil mentira. Los malos son más y las autoridades, cada vez, son menos. Se ven superadas. Diera la impresión que se rindieron, que les resulta más rentable unirse que atacar. En la verdadera ciudad de la ira se registran 20 homicidios, por cada 100 mil habitantes; y lo peor es que las autoridades sienten orgullo de la cifra.
Pero este ‘averno’ va más allá. Bogotá actualmente tiene una crisis habitacional profunda. Más de 1 millón de familias no tienen un techo digno para dormir. Cada año llegan al Distrito 100 mil personas desplazadas. En los últimos 10 años la población ha subido casi un 150 por ciento. Cada año más 120 mil niños trabajan. La deserción escolar aumentó 6 por ciento el último año y así…
Este panorama, más que desolador, recibe las elecciones de octubre. Parece increíble, pero hay personas que, supuestamente, en sus cabales quieren ser alcaldes de este hueco que nos deja ‘Samy’, su hermano, la ‘Capitana’, los Nule, el Polo Democrático, Peñalosa, Lucho, Antanas, Uribe, Samper, Castro, Pastrana y sobre todo nosotros Los Capitalinos.
Hasta ahora hay 3 candidatos firmes. David Luna, Carlos Fernando Galán y Enrique Peñalosa (más losa que peña). Los dos primeros jóvenes, con ideas frescas. Sus buenos resultados en el Concejo los respaldan. Conocen la ciudad y sus penosos problemas. Del tercero se puede decir que es más de lo mismo: un señor que cree vivir en Houston y no conoce qué carajos es Bosa, ni cuánto vale una bolsa de leche.
A Luna y Galán les juega en contra la juventud. Los viejos, que son los únicos que votan, los ven como alternativas para un futuro lejano. “Son ‘chinos’ con ideas ‘chocolocas’. Y ahora lo que se necesita es alguien con recorrido, que nos saque de este atolladero”, dicen. Prefieren elegir ‘un viejo’ de pelo cano, accionista Transmilenio y destructor del ambiente de la ciudad.
Tradicionalistas como somos, no vemos alternativa en la juventud. Le huimos. La novedad asusta. Preferimos que nos roben los mismos de siempre. Ahora, insinuar que Galán o Luna serían buenos alcaldes por ser jóvenes es una barbaridad (como está la ciudad poco pueden hacer). Simplemente serían una bocanada de aire. Una posibilidad.
Dicen en los corrillos políticos que pueden aparecer más candidatos. De pronto William Vinasco le traería más candela a este infierno. De pronto Gustavo Petro buscaría el puestico, a ver si, como cosa rara, gana una elección. Y el temor de muchos, el Gamonal Uribe, le da un ataque de idiotez y se lanza. En la paupérrima y divertida política colombiana: todo es posible.
Votar es lo único que deja esta democracia risueña. Muchos lo harán. Muchos dejarán esto a merced de los de siempre. Otros valoramos la intención de subirse en esta vaca loca y entregaremos el votico.
Felicitaciones candidatos. Es que se necesita estar un poco demente para querer ser el Alcalde del infierno que, hoy, es Bogotá…
La escena, por demás repetida, es, creo, lo más cercano que se puede estar al infierno. Porque el infierno no es una caverna llena de llamas y demonios infringiendo castigos, eso sería una caricia. Infierno es la estación de la Calle 72 a las 6 y 30 de la tarde.
Infierno es está Bogotá. Esa que en medio del agua, la intolerancia, la indiferencia y los monumentales trancones mata, desespera. Entristece. La capital de Samuel Moreno es incómoda para cualquiera, para pobres que pierden más de tres horas de su vida enlatados en un bus rojo, perdiendo dignidad, humanidad, por tan sólo 1.700 pesos. Para los ricos –aunque cada vez son menos en este país- que dejan la mitad de su tranquilidad metida en su carro último modelo, enfrascados en un ‘lindo’ trancón.
Y qué decir de la inseguridad reinante. Bogotá es anarquía total. Para que te roben, te maten, te violen o te apuñalen sólo necesitas estar en el momento y lugar justo. Parece que la premisa de “los buenos somos más”, resulta una vil mentira. Los malos son más y las autoridades, cada vez, son menos. Se ven superadas. Diera la impresión que se rindieron, que les resulta más rentable unirse que atacar. En la verdadera ciudad de la ira se registran 20 homicidios, por cada 100 mil habitantes; y lo peor es que las autoridades sienten orgullo de la cifra.
Pero este ‘averno’ va más allá. Bogotá actualmente tiene una crisis habitacional profunda. Más de 1 millón de familias no tienen un techo digno para dormir. Cada año llegan al Distrito 100 mil personas desplazadas. En los últimos 10 años la población ha subido casi un 150 por ciento. Cada año más 120 mil niños trabajan. La deserción escolar aumentó 6 por ciento el último año y así…
Este panorama, más que desolador, recibe las elecciones de octubre. Parece increíble, pero hay personas que, supuestamente, en sus cabales quieren ser alcaldes de este hueco que nos deja ‘Samy’, su hermano, la ‘Capitana’, los Nule, el Polo Democrático, Peñalosa, Lucho, Antanas, Uribe, Samper, Castro, Pastrana y sobre todo nosotros Los Capitalinos.
Hasta ahora hay 3 candidatos firmes. David Luna, Carlos Fernando Galán y Enrique Peñalosa (más losa que peña). Los dos primeros jóvenes, con ideas frescas. Sus buenos resultados en el Concejo los respaldan. Conocen la ciudad y sus penosos problemas. Del tercero se puede decir que es más de lo mismo: un señor que cree vivir en Houston y no conoce qué carajos es Bosa, ni cuánto vale una bolsa de leche.
A Luna y Galán les juega en contra la juventud. Los viejos, que son los únicos que votan, los ven como alternativas para un futuro lejano. “Son ‘chinos’ con ideas ‘chocolocas’. Y ahora lo que se necesita es alguien con recorrido, que nos saque de este atolladero”, dicen. Prefieren elegir ‘un viejo’ de pelo cano, accionista Transmilenio y destructor del ambiente de la ciudad.
Tradicionalistas como somos, no vemos alternativa en la juventud. Le huimos. La novedad asusta. Preferimos que nos roben los mismos de siempre. Ahora, insinuar que Galán o Luna serían buenos alcaldes por ser jóvenes es una barbaridad (como está la ciudad poco pueden hacer). Simplemente serían una bocanada de aire. Una posibilidad.
Dicen en los corrillos políticos que pueden aparecer más candidatos. De pronto William Vinasco le traería más candela a este infierno. De pronto Gustavo Petro buscaría el puestico, a ver si, como cosa rara, gana una elección. Y el temor de muchos, el Gamonal Uribe, le da un ataque de idiotez y se lanza. En la paupérrima y divertida política colombiana: todo es posible.
Votar es lo único que deja esta democracia risueña. Muchos lo harán. Muchos dejarán esto a merced de los de siempre. Otros valoramos la intención de subirse en esta vaca loca y entregaremos el votico.
Felicitaciones candidatos. Es que se necesita estar un poco demente para querer ser el Alcalde del infierno que, hoy, es Bogotá…
miércoles, 6 de abril de 2011
El Barcelona aburre
Resulta difícil de creer que once personas logren tener tanta simetría para jugar un deporte basado en el error. Pero este Barcelona, que ya dejó de sorprender para empezar a asustar, es lo más parecido a una orquesta filarmónica que rara vez falla un acorde.
Este equipo hace del movimiento constante su mayor arma. Todos rotan, todos son opción de pase. Entienden que el espacio vacío y la precisión pueden vencer cualquier defensa. Ejecutan gambetas cerca al área, donde valen y producen. Metros antes tocan el balón tanto que convierten a los rivales en espectadores con canilleras y pantaloneta.
(Los que han jugado alguna vez a la pelota saben que no hay nada más desesperante que un rival que toque de primera. No dan tiempo ni para aplicarles una patada y parar el baile.)
Eso, precisamente hace el azulgrana, toca rápido, transporta poco. No le da tiempo al rustico. De hecho, por poco y no les da tiempo a las cámaras para coger todos los movimientos.
Se mantiene cerca al área rival ¿Cómo? Mediante una presión constante que nace (y a veces muere) en sus delanteros. Sí, en sus delanteros. Porque es usual ver a Pedro, Messi y Villa recuperando el balón en el primer cuarto de cancha de los rivales. Esa es una de las claves de esta sinfonía. La presión asfixiante provoca el rápido error. Permite que el balón permanezca en su poder por mucho tiempo.
Escena repetida: Barcelona construye una jugada de ataque con 35 toques seguidos, pases que no superan los 4 metros de distancia. Algún avezado defensa rival logra, casi lo imposible, y recupera el balón, pasa a un lateral o al volante central y el chip de los de ‘Pep’ cambia automáticamente.
Parecen perros de presa hambrientos. Saben que en esa transición del rival, cuando vuelve a sentir el balón es cuando más daño se puede hacer. Porque esas fichitas que permanecen casi enjauladas cerca a su portero salen, toman un respiro dejan de ser muñecos de futbolín, y caen en la trampa… Pierden el balón, pase preciso al espacio vacío y listo, se perdieron 25 minutos de aguante y juicio defensivo.
Ah y eso que sólo hablamos de fruslerías meramente tácticas, que ya muchos han dicho, y hasta estudiado. Qué decir del talento que tiene este equipo. Simple: lo tiene todo. Parece una disposición del destino. En el mismo tiempo, forma y espacio en el universo se juntaron jugadores con todas las características para hacer historia. Claro, mucho tiene que ver su entera disposición y el discurso de convencimiento de Guardiola.
Sólo grandes argumentos (los desconozco) hacen que talentos como el de Xavi se unan con Busquets tirándose al suelo para recuperar el balón. Ó ¿acaso no se necesita un excelente discurso para que a estos monstruos no les de pereza recuperar la bola lo más rápido posible?
Ah, y de Messi mejor ni hablar. No hay que desperdiciar espacio. De él todo se sabe excepto: para dónde será su próxima gambeta…
Pero…
Después de este sin fin de halagos y análisis ya trillados, tengo que utilizar la primer, primerísima persona, para decir que, a mí el Barcelona me aburre profundamente. Porque tanta perfección aburre al espectador exterior, me imagino, no tanto al hincha que nunca se cansará de ganar. En los partidos del Barza no hay expectativa, dejó de haber emoción.
Todo se reduce a esperar el primer gol y observar, como los Romanos en el Coliseo, a once desdichados ser humillados por una aplanadora que les mete goles sin compasión, con estilo y gracia, dignos de exposición de arte. Cada tres días somos testigos de un equipo que hace historia a costa de pobres mortales.
Y cada tres días vemos jugadores pálidos, llenos de miedo. ¿Y cómo no? Todos le tenemos pavor a la humillación en público. Defensas que no atacan, para evitar quedar como conos o despaturrados en el verde césped. Ese miedo, lógico por demás, volvió los partidos rutinarios, previsivos, austeros, pero sobre todo un llamado al bostezo.
El uso del primer pronombre personal no es gratuito. Soy consciente que este pensamiento representa la inmensa minoría. La mayoría disfruta de los recitales y las sinfonías, pero yo espero emoción, vértigo, lucha; elementos que brindan ambos rivales en la cancha, pero que hace mucho el Barcelona le arrebató con buen fútbol a sus rivales.
Claro, esto no es culpa del Barcelona, ni más faltaba. Ellos cumplen el trámite, la destrucción de sus rivales (que en la Liga de España, de por sí, son bastante deficientes siendo sinceros) con ese derroche, casi infinito, de habilidad y precisión. Y es que trámite es la mejor palabra para definir los partidos del Barza…
Espero que los rivales Europeos representen un mejor escollo para este equipo de iluminados. El año pasado el Inter demostró que es vencible, como todos los humanos, que si hay fórmulas. En el partido de ida, de esa mentada semifinal, mostró que se le puede arrebatar el balón con la misma arma que ellos tan bien usan: la presión en los primeros cuartos de cancha.
Eso sí, debe cumplir condiciones específicas: concentración 96 minutos, precisión casi de cirujano y sobre todo Insolencia. Tener desfachatez. No temer que le metan 8 pepas. Perder respeto. Todo eso se requiere para vencer a este verdadero conjunto de ensueño. Ah, por aquello de las claves tácticas y de juego, pregúntele a Mouriho, ese las sabe.
Si, definitivamente me aburre el Barcelona actual. De pronto es porque soy hincha de un equipo sin jerarquía acostumbrado a las derrotas y tristezas. De pronto prefiero ver partidos dinámicos, luchados, donde no se sepa quién será el ganador. Espero que alguien le haga frente a este súper equipo, que por lo menos a mí me hace cambiar de canal.
Este equipo hace del movimiento constante su mayor arma. Todos rotan, todos son opción de pase. Entienden que el espacio vacío y la precisión pueden vencer cualquier defensa. Ejecutan gambetas cerca al área, donde valen y producen. Metros antes tocan el balón tanto que convierten a los rivales en espectadores con canilleras y pantaloneta.
(Los que han jugado alguna vez a la pelota saben que no hay nada más desesperante que un rival que toque de primera. No dan tiempo ni para aplicarles una patada y parar el baile.)
Eso, precisamente hace el azulgrana, toca rápido, transporta poco. No le da tiempo al rustico. De hecho, por poco y no les da tiempo a las cámaras para coger todos los movimientos.
Se mantiene cerca al área rival ¿Cómo? Mediante una presión constante que nace (y a veces muere) en sus delanteros. Sí, en sus delanteros. Porque es usual ver a Pedro, Messi y Villa recuperando el balón en el primer cuarto de cancha de los rivales. Esa es una de las claves de esta sinfonía. La presión asfixiante provoca el rápido error. Permite que el balón permanezca en su poder por mucho tiempo.
Escena repetida: Barcelona construye una jugada de ataque con 35 toques seguidos, pases que no superan los 4 metros de distancia. Algún avezado defensa rival logra, casi lo imposible, y recupera el balón, pasa a un lateral o al volante central y el chip de los de ‘Pep’ cambia automáticamente.
Parecen perros de presa hambrientos. Saben que en esa transición del rival, cuando vuelve a sentir el balón es cuando más daño se puede hacer. Porque esas fichitas que permanecen casi enjauladas cerca a su portero salen, toman un respiro dejan de ser muñecos de futbolín, y caen en la trampa… Pierden el balón, pase preciso al espacio vacío y listo, se perdieron 25 minutos de aguante y juicio defensivo.
Ah y eso que sólo hablamos de fruslerías meramente tácticas, que ya muchos han dicho, y hasta estudiado. Qué decir del talento que tiene este equipo. Simple: lo tiene todo. Parece una disposición del destino. En el mismo tiempo, forma y espacio en el universo se juntaron jugadores con todas las características para hacer historia. Claro, mucho tiene que ver su entera disposición y el discurso de convencimiento de Guardiola.
Sólo grandes argumentos (los desconozco) hacen que talentos como el de Xavi se unan con Busquets tirándose al suelo para recuperar el balón. Ó ¿acaso no se necesita un excelente discurso para que a estos monstruos no les de pereza recuperar la bola lo más rápido posible?
Ah, y de Messi mejor ni hablar. No hay que desperdiciar espacio. De él todo se sabe excepto: para dónde será su próxima gambeta…
Pero…
Después de este sin fin de halagos y análisis ya trillados, tengo que utilizar la primer, primerísima persona, para decir que, a mí el Barcelona me aburre profundamente. Porque tanta perfección aburre al espectador exterior, me imagino, no tanto al hincha que nunca se cansará de ganar. En los partidos del Barza no hay expectativa, dejó de haber emoción.
Todo se reduce a esperar el primer gol y observar, como los Romanos en el Coliseo, a once desdichados ser humillados por una aplanadora que les mete goles sin compasión, con estilo y gracia, dignos de exposición de arte. Cada tres días somos testigos de un equipo que hace historia a costa de pobres mortales.
Y cada tres días vemos jugadores pálidos, llenos de miedo. ¿Y cómo no? Todos le tenemos pavor a la humillación en público. Defensas que no atacan, para evitar quedar como conos o despaturrados en el verde césped. Ese miedo, lógico por demás, volvió los partidos rutinarios, previsivos, austeros, pero sobre todo un llamado al bostezo.
El uso del primer pronombre personal no es gratuito. Soy consciente que este pensamiento representa la inmensa minoría. La mayoría disfruta de los recitales y las sinfonías, pero yo espero emoción, vértigo, lucha; elementos que brindan ambos rivales en la cancha, pero que hace mucho el Barcelona le arrebató con buen fútbol a sus rivales.
Claro, esto no es culpa del Barcelona, ni más faltaba. Ellos cumplen el trámite, la destrucción de sus rivales (que en la Liga de España, de por sí, son bastante deficientes siendo sinceros) con ese derroche, casi infinito, de habilidad y precisión. Y es que trámite es la mejor palabra para definir los partidos del Barza…
Espero que los rivales Europeos representen un mejor escollo para este equipo de iluminados. El año pasado el Inter demostró que es vencible, como todos los humanos, que si hay fórmulas. En el partido de ida, de esa mentada semifinal, mostró que se le puede arrebatar el balón con la misma arma que ellos tan bien usan: la presión en los primeros cuartos de cancha.
Eso sí, debe cumplir condiciones específicas: concentración 96 minutos, precisión casi de cirujano y sobre todo Insolencia. Tener desfachatez. No temer que le metan 8 pepas. Perder respeto. Todo eso se requiere para vencer a este verdadero conjunto de ensueño. Ah, por aquello de las claves tácticas y de juego, pregúntele a Mouriho, ese las sabe.
Si, definitivamente me aburre el Barcelona actual. De pronto es porque soy hincha de un equipo sin jerarquía acostumbrado a las derrotas y tristezas. De pronto prefiero ver partidos dinámicos, luchados, donde no se sepa quién será el ganador. Espero que alguien le haga frente a este súper equipo, que por lo menos a mí me hace cambiar de canal.
martes, 1 de febrero de 2011
Cuestión de orgullo
(Sic). Ahí estaba postrado, casi resignado a su suerte, en duras tablas que parecían todo menos una cama. A penas si se le podía escuchar lo que decía. Pero lo que musitaba era claro, con tono firme, pero cansado. No se puede ver su semblante con claridad. El cuarto esta en penumbra total a las 3 de la tarde -de hecho esa habitación nunca ha conocido la luz eléctrica- hay que conformarse con el tono de su voz.
Está enfermo. Y cómo no estarlo. El piso del cuarto es tierra convertida en barro por las aguas de las constantes lluvias. Las paredes hechas de madera retienen un olor extraño, como de caño. Un cerro de basura se posa al lado del catre aquel. Esa basura que muchos confunden con cosas que, de pronto, algún día volverán a servir, pero que al final son desperdicios llenos de moscas y algunos recuerdos…
No importa su condición, cómo puede se levanta a saludar, y tímidamente pregunta si ya habían ofrecido algo de tomar. Ese, no era un gesto menor para alguien que muchos días no probaba bocado alguno. No hay duda, es un hombre fuerte. A pesar de sus 73 años, sus enfermedades y el lamentable estado de su casa, tenía casi la desfachatez de ofrecerles algo a los comensales.
Se llama Vicente Adán Platero. Pero su resistencia e historia obligan a llamarlo Don Vicente, de aquí en adelante. Vive en una casucha, hecha de chazas de madera, alambres y una que otra puntilla que la soporta. Aunque, en realidad, lo que la mantiene en pie es el corazón de este reciclador, porque sus cimientos son tan (o más) débiles como la honestidad de un político.
El tesoro de Don Vicente
Por más que iba preparado mentalmente, la escena (y sobre todo el escenario) superó, por mucho, las peores expectativas: la puerta de ese hogar es el viejo capo de carro, que junto con una enramada de palos, alambres de púas mal puestos y ladrillos llenos de erosión componen el frente de la casa.
Con fuerza, una amable señora abre el capo vehicular convertido a puerta. Requiere cierta perecía ingresar. Un estrecho sendero de tierra (en los días de lluvia es barro) conduce al patio. Hay muy poco que decir sobre muros, entrepisos o vigas, simplemente porque no existen. Retazos de madera hacen las veces de soporte para unas paredes que parecen sostenidas casi por la bondad del cielo.
Sunilda tiene 53 años, es la compañera de vida de Don Vicente hace más de dos décadas. Habla en voz baja. Lamenta que hayamos ido a visitar a Don Vicente ese día. “Lleva varios días en cama, está enfermo”, solloza. Nos invita a recorrer su terruño. Preocupada porque nuestros zapatos no se ensucien, advierte cada paso; de nada vale decirle que se tranquilice.
La casa se resguarda de la lluvia por centenares de tablas apeñuscadas junto con algunas tejas. Hasta llantas hay en ese techo. Sunilda nos invita a pasar, no sin antes volver a advertir por nuestros pasos. Todo es oscuridad y basura. La luz es un lujo que esa casa no conoce. Una pequeña estufa que funciona por madera (si, aún existen) está prendida. “Esa es la cocina”, dice la improvisada guía. Varias ollas podridas por hollín, dos piedras para machacar la panela, algunas naranjas descompuestas y dos bolsas de arroz, no hay más. Reconocemos la cocina porque Sunilda lo afirma, no hay pared alguna que lo verifique.
Pasos más adelante hay un pozo rodeado de ladrillos. El olor raya en lo fétido. Todos sabíamos que es, pero no queremos preguntar. Sunilda se apiada y dice lo que temíamos. “Ese es el baño”. No es más que un pozo séptico, que muy de vez en cuando se limpia. Espantoso. Pero no hay más. No hay mucho más que agregar…
Ella, parece entender el desagrado que nos representa estar ahí. De inmediato nos invita al cuarto. Nos detiene, primero tiene que anunciarle a Don Vicente nuestra presencia. (Sic) Más parece un centro de acopio de basura, que un sitio habitado por personas. Hay de todo: cajas, baldes, periódicos, zapatos, plásticos y tierra, mucha tierra que, en teoría, es el suelo.
De nuevo recostado, Don Vicente nos agradece la visita. No logro disimular (perdón la primera persona, no hay otra forma) mí voz se corta. Las imágenes de ese muladar, al que Sunilda llama hogar, pasan sin piedad. Comienzo a dudar en preguntar o no, pero a eso había ido. Además de conocer la realidad estaba ahí por una pregunta.
“Don Vicente, es un gusto conocerlo”, dije. No le podía ver la cara por la oscuridad. “Conocí su historia y quiero preguntarle algo, con todo respeto”, continúe. Pasó un escalofrío antes de preguntar, aún así no dudo “¿Don Vicente no ha pensado en la posibilidad de entrar a un asilo para abuelos?”...
Que silencio más incomodo. Juro que escuché el pensamiento de Don Vicente. “¿Quién putas se cree este para decirme en dónde vivir?” Ni pensó su respuesta. Casi susurrando aseguró: “No quiero molestar a nadie. Esta es mi casa. Tengo todo. Sólo quiero que me ayuden para vivir mejor en ella”.
Así, lacónico, no dejó margen de nada. Fue claro, elocuente, contundente. Ese puñado de tablas, basura, hacinamiento, malos olores, penumbra, tierra, matas marchitas es su casa. Su tesoro. Por el cual viene luchando hace 26 años, cuando compró el lote. Ese tesoro que ni los errores de su vida, ni las desgracias del destino, ni sus vecinos, ni mucho menos un aparecido con zapatos bonitos le van a quitar.
Esa casa representa más que un techo donde dormir para Don Vicente. Representa el orgullo de tener algo propio, algo digno de sus luchas diarias con las basuras. Es su casa, de nadie más. Es el fruto del trabajo, de las penurias, de sus abusos, de sus desidias, de sus pecados, de lo bueno y más de lo malo. Ese remedo inhabitable, es su casa, a pesar de frases consoladoras que no pasan de ser estúpidas. Como las mías, que no dejaron de ser bálsamos idiotas…
Mi voz entrecortada se transformó en aíre en mis pulmones. Se me infló el pecho de orgullo. Confieso que no esperaba esa frase de Don Vicente. “Esta es mi casa”. Creo, fue lo más desafiante que habrá dicho en años. Caridad no quiere. Sólo quiere mejorar su calidad de vida. Tiene 73 años, vive en condiciones infrahumanas y aún así, no quiere irse, no quiere abandonar su terruño, lo que por años se enorgulleció llamando suyo. Es un grande Don Vicente, no abandona como las ratas, lucha con lo poco que le dejó la vida, pelea como todos y como pocos por su tesoro, es cuestión de orgullo…
Con aire en la camiseta nos retiramos de ese cuarto. De esa casa. Convencidos que podemos (que debemos) ayudar a Don Vicente. Recorrimos un chiquero, lleno de todo tipo de deficiencias sanitarias. Y este señor no dudo en llamarlo, “mi casa”. Con el orgullo de pocos. Con la obstinación de los héroes.
Si… ¿y qué?
A él no lo hace especial su situación horrible, tampoco que esté a punto de perder su casa por una demanda. Don Vicente no es ningún héroe. Ni mucho menos. No llegó a la situación que vive hoy tan sólo por los avatares de la vida. Mucho tienen que ver sus errores, sus vicios, sus excesos. Esa casa destruida no sólo es cuestión de la inequidad social que destruye este país. También es el descuido de un morador que permitió que su tesoro llegara a tal estado de descomposición.
Es cierto, en este país de mierda muchas familias jóvenes con mejores expectativas de vida, que Don Vicente, tienen una situación mucho peor. En realidad, Don Vicente no pasa de ser una fría cifra más de pobreza de esta nación del tercer mundo. Un habitante más del barrio Paraíso, una de las laderas más convulsionadas de Ciudad Bolívar (Bogotá), una de millones de historias que se mueren con el último aliento de este tolimense que luchó tanto, como se equivocó, pero que aún sigue en pie.
Eso, precisamente eso es lo único que hace especial a Vicente Adán Platero. Que sigue de pie. Que su casa sigue en pie. Ese muladar, que llama insolentemente su tesoro, sigue en pie. Don Vicente tiene orgullo, tiene corazón, tiene esa insolencia que sólo el verdadero orgullo propio construye día a día. Eso, y sólo eso lo hace especial.
En medio de sus enfermedades Don Vicente se las arregla sólo. Cuando puede sale a trabajar recogiendo basura. Ya ha recaudado 300 mil pesos e inició una obra para remodelar su casa. Claro necesita mucho más (casi 4 millones de pesos), pero ya hay personas y organizaciones que lo están intentando ayudar, pero se necesita de un corazón tan grande y tan orgulloso como el de Don Vicente para que su casa no se convierta en escombros en pocos días.
Vive en las peores condiciones, come por la caridad de algunos vecinos, convive con cerros de basura y pequeños animales, viste de harapos sucios, huele mal y su más preciado tesoro se está cayendo a pedazos. Aún así, Don Vicente no le rehúye la mirada a nadie. Mira a los ojos y dice “no quiero molestar a nadie”. Cada vez que sale a trabajar o que le pone un ladrillo más a su casa demuestra que el amor propio y las ganas de salir adelante te hacen especial. Digno de respeto, solidaridad y admiración. Porque al final de la tarde de penumbra la historia de Vicente Platero es cuestión de orgullo…
Si quiere y puede ayudar a Don Vicente Adán Platero puede comunicarse con la Fundación Unidos por Amor, que adelanta gestiones para reconstruir la casa. Click aquí
Si quiere conocer la casa de Don Vicente Click aquí.
Él es Don Vicente Platero
Está enfermo. Y cómo no estarlo. El piso del cuarto es tierra convertida en barro por las aguas de las constantes lluvias. Las paredes hechas de madera retienen un olor extraño, como de caño. Un cerro de basura se posa al lado del catre aquel. Esa basura que muchos confunden con cosas que, de pronto, algún día volverán a servir, pero que al final son desperdicios llenos de moscas y algunos recuerdos…
No importa su condición, cómo puede se levanta a saludar, y tímidamente pregunta si ya habían ofrecido algo de tomar. Ese, no era un gesto menor para alguien que muchos días no probaba bocado alguno. No hay duda, es un hombre fuerte. A pesar de sus 73 años, sus enfermedades y el lamentable estado de su casa, tenía casi la desfachatez de ofrecerles algo a los comensales.
Se llama Vicente Adán Platero. Pero su resistencia e historia obligan a llamarlo Don Vicente, de aquí en adelante. Vive en una casucha, hecha de chazas de madera, alambres y una que otra puntilla que la soporta. Aunque, en realidad, lo que la mantiene en pie es el corazón de este reciclador, porque sus cimientos son tan (o más) débiles como la honestidad de un político.
El tesoro de Don Vicente
Por más que iba preparado mentalmente, la escena (y sobre todo el escenario) superó, por mucho, las peores expectativas: la puerta de ese hogar es el viejo capo de carro, que junto con una enramada de palos, alambres de púas mal puestos y ladrillos llenos de erosión componen el frente de la casa.
Con fuerza, una amable señora abre el capo vehicular convertido a puerta. Requiere cierta perecía ingresar. Un estrecho sendero de tierra (en los días de lluvia es barro) conduce al patio. Hay muy poco que decir sobre muros, entrepisos o vigas, simplemente porque no existen. Retazos de madera hacen las veces de soporte para unas paredes que parecen sostenidas casi por la bondad del cielo.
Sunilda tiene 53 años, es la compañera de vida de Don Vicente hace más de dos décadas. Habla en voz baja. Lamenta que hayamos ido a visitar a Don Vicente ese día. “Lleva varios días en cama, está enfermo”, solloza. Nos invita a recorrer su terruño. Preocupada porque nuestros zapatos no se ensucien, advierte cada paso; de nada vale decirle que se tranquilice.
La casa se resguarda de la lluvia por centenares de tablas apeñuscadas junto con algunas tejas. Hasta llantas hay en ese techo. Sunilda nos invita a pasar, no sin antes volver a advertir por nuestros pasos. Todo es oscuridad y basura. La luz es un lujo que esa casa no conoce. Una pequeña estufa que funciona por madera (si, aún existen) está prendida. “Esa es la cocina”, dice la improvisada guía. Varias ollas podridas por hollín, dos piedras para machacar la panela, algunas naranjas descompuestas y dos bolsas de arroz, no hay más. Reconocemos la cocina porque Sunilda lo afirma, no hay pared alguna que lo verifique.
Pasos más adelante hay un pozo rodeado de ladrillos. El olor raya en lo fétido. Todos sabíamos que es, pero no queremos preguntar. Sunilda se apiada y dice lo que temíamos. “Ese es el baño”. No es más que un pozo séptico, que muy de vez en cuando se limpia. Espantoso. Pero no hay más. No hay mucho más que agregar…
Ella, parece entender el desagrado que nos representa estar ahí. De inmediato nos invita al cuarto. Nos detiene, primero tiene que anunciarle a Don Vicente nuestra presencia. (Sic) Más parece un centro de acopio de basura, que un sitio habitado por personas. Hay de todo: cajas, baldes, periódicos, zapatos, plásticos y tierra, mucha tierra que, en teoría, es el suelo.
De nuevo recostado, Don Vicente nos agradece la visita. No logro disimular (perdón la primera persona, no hay otra forma) mí voz se corta. Las imágenes de ese muladar, al que Sunilda llama hogar, pasan sin piedad. Comienzo a dudar en preguntar o no, pero a eso había ido. Además de conocer la realidad estaba ahí por una pregunta.
“Don Vicente, es un gusto conocerlo”, dije. No le podía ver la cara por la oscuridad. “Conocí su historia y quiero preguntarle algo, con todo respeto”, continúe. Pasó un escalofrío antes de preguntar, aún así no dudo “¿Don Vicente no ha pensado en la posibilidad de entrar a un asilo para abuelos?”...
Que silencio más incomodo. Juro que escuché el pensamiento de Don Vicente. “¿Quién putas se cree este para decirme en dónde vivir?” Ni pensó su respuesta. Casi susurrando aseguró: “No quiero molestar a nadie. Esta es mi casa. Tengo todo. Sólo quiero que me ayuden para vivir mejor en ella”.
Así, lacónico, no dejó margen de nada. Fue claro, elocuente, contundente. Ese puñado de tablas, basura, hacinamiento, malos olores, penumbra, tierra, matas marchitas es su casa. Su tesoro. Por el cual viene luchando hace 26 años, cuando compró el lote. Ese tesoro que ni los errores de su vida, ni las desgracias del destino, ni sus vecinos, ni mucho menos un aparecido con zapatos bonitos le van a quitar.
Esa casa representa más que un techo donde dormir para Don Vicente. Representa el orgullo de tener algo propio, algo digno de sus luchas diarias con las basuras. Es su casa, de nadie más. Es el fruto del trabajo, de las penurias, de sus abusos, de sus desidias, de sus pecados, de lo bueno y más de lo malo. Ese remedo inhabitable, es su casa, a pesar de frases consoladoras que no pasan de ser estúpidas. Como las mías, que no dejaron de ser bálsamos idiotas…
Mi voz entrecortada se transformó en aíre en mis pulmones. Se me infló el pecho de orgullo. Confieso que no esperaba esa frase de Don Vicente. “Esta es mi casa”. Creo, fue lo más desafiante que habrá dicho en años. Caridad no quiere. Sólo quiere mejorar su calidad de vida. Tiene 73 años, vive en condiciones infrahumanas y aún así, no quiere irse, no quiere abandonar su terruño, lo que por años se enorgulleció llamando suyo. Es un grande Don Vicente, no abandona como las ratas, lucha con lo poco que le dejó la vida, pelea como todos y como pocos por su tesoro, es cuestión de orgullo…
Con aire en la camiseta nos retiramos de ese cuarto. De esa casa. Convencidos que podemos (que debemos) ayudar a Don Vicente. Recorrimos un chiquero, lleno de todo tipo de deficiencias sanitarias. Y este señor no dudo en llamarlo, “mi casa”. Con el orgullo de pocos. Con la obstinación de los héroes.
Si… ¿y qué?
A él no lo hace especial su situación horrible, tampoco que esté a punto de perder su casa por una demanda. Don Vicente no es ningún héroe. Ni mucho menos. No llegó a la situación que vive hoy tan sólo por los avatares de la vida. Mucho tienen que ver sus errores, sus vicios, sus excesos. Esa casa destruida no sólo es cuestión de la inequidad social que destruye este país. También es el descuido de un morador que permitió que su tesoro llegara a tal estado de descomposición.
Es cierto, en este país de mierda muchas familias jóvenes con mejores expectativas de vida, que Don Vicente, tienen una situación mucho peor. En realidad, Don Vicente no pasa de ser una fría cifra más de pobreza de esta nación del tercer mundo. Un habitante más del barrio Paraíso, una de las laderas más convulsionadas de Ciudad Bolívar (Bogotá), una de millones de historias que se mueren con el último aliento de este tolimense que luchó tanto, como se equivocó, pero que aún sigue en pie.
Eso, precisamente eso es lo único que hace especial a Vicente Adán Platero. Que sigue de pie. Que su casa sigue en pie. Ese muladar, que llama insolentemente su tesoro, sigue en pie. Don Vicente tiene orgullo, tiene corazón, tiene esa insolencia que sólo el verdadero orgullo propio construye día a día. Eso, y sólo eso lo hace especial.
En medio de sus enfermedades Don Vicente se las arregla sólo. Cuando puede sale a trabajar recogiendo basura. Ya ha recaudado 300 mil pesos e inició una obra para remodelar su casa. Claro necesita mucho más (casi 4 millones de pesos), pero ya hay personas y organizaciones que lo están intentando ayudar, pero se necesita de un corazón tan grande y tan orgulloso como el de Don Vicente para que su casa no se convierta en escombros en pocos días.
Vive en las peores condiciones, come por la caridad de algunos vecinos, convive con cerros de basura y pequeños animales, viste de harapos sucios, huele mal y su más preciado tesoro se está cayendo a pedazos. Aún así, Don Vicente no le rehúye la mirada a nadie. Mira a los ojos y dice “no quiero molestar a nadie”. Cada vez que sale a trabajar o que le pone un ladrillo más a su casa demuestra que el amor propio y las ganas de salir adelante te hacen especial. Digno de respeto, solidaridad y admiración. Porque al final de la tarde de penumbra la historia de Vicente Platero es cuestión de orgullo…
Si quiere y puede ayudar a Don Vicente Adán Platero puede comunicarse con la Fundación Unidos por Amor, que adelanta gestiones para reconstruir la casa. Click aquí
Si quiere conocer la casa de Don Vicente Click aquí.
Él es Don Vicente Platero
viernes, 26 de noviembre de 2010
Ex ‘Presi’ Uribe: Calladito se ve más bonito, papito…
Cuando uno era chiquito y le hacía notar a su tía los kilos demás que tenía, la mamá pegaba un salto acrobático, agarraba el brazo con fuerza y lo retiraba a uno del alcance de su hermana justo antes de recibir una buena cachetada, por la inocente imprudencia… Lejos de la reunión familiar, con tono firme y varias palmaditas en la cara decía “…mijo, calladito se ve más bonito…” y volvía a la reunión para soportar la cantaleta de la tía que tanto sufría por su peso.
Creo firmemente que al Ex presidente Uribe le falta que alguien le de esas benditas palmaditas en la cara (cual capo italiano) y le haga ver que básicamente si no cierra la boquita o calma los dedos frente al computador va terminar investigado por Baltasar Garzón en cualquier Corte Penal Internacional.
Todos sabían que, tan pronto fuera 8 de agosto y el omnipotente arriero volviera a ser un pobre parroquiano común, sin poder de decisión, sin alabanzas extremas, sin un sequito de lambones a las espaldas y sobre todo sin todo un país puesto en sus carnitas y sus huesitos, éste iba a estallar; lo que no se sabía era cuándo.
El prefijo Ex no le cuadra mucho a Uribe. Parece como esas parejas que se resisten a entender que la relación ya se acabó y siguen llamando la atención. La forma que encontró el Ex gamonal fue irse lanza en ristre contra la Justicia en Colombia y generando controversia, polarización e intolerancia (como si no hubiera suficiente ya) que termina afectando al país que dice defendió con honor y compromiso (cosa que es cierta).
Este paisa ve como el país empieza a mirar para otro lado y le provoca morderse un codo. El nuevo Santo presidencial ha empezado una gestión llena de buenos proyectos, pero ningún resultado concreto y visible, eso sí, se zampó un discurso de una hora diciendo lo que ha hecho en 100 días, que la verdad es poco, pero le sonó bonito. Tras ese buen inicio dialéctico el nivel de popularidad del actual presidente llegó al 73 por ciento, nivel más alto de aceptación que el de su predecesor y eso fue como haberle mentado la santa madre al patriarca.
Convenientemente arrancó una campaña de medios para aparecer hasta en el Boletín del Consumidor (por poco sale amenazado por convivencia). En la últimas semanas lo único que le roba el centro de atención al arriero ex presidencial es la forma apocalíptica de llover, pero Álvaro (hay cogerle confianza) se roba la atención, sabe que todo lo que dice -o escribe en Twitter- tiene una repercusión telúrica en el país.
Básicamente defendió a sus protegidos y tácitamente les dijo que mejor empacaran los ‘coróticos’ que esto esta vuelta se complicó. Defendió el asilo de bellos personajes de fauna política del país y aseguró que en Colombia no hay garantías para su juicio y ahí fue Troya.
Al pobre Santos le tocó salir a decir con voz temblorosa y más asustado que novia con retraso que “…en este país lo que hay son garantías, que tranquilos…”. Y si, contradijo al gran maestro, al héroe, al Godfather. Era otra de las cosas que se sabían, ambos iban a chocar y duro, lo que no se sabe bien, de nuevo, es cuándo.
Uribe esta borrando con el codo el trabajo que hizo durante ocho largos años. Aunque es un lugar común, no deja de ser verdad. Así muchos primero se dejen depilar con cortaúñas antes de reconocerle un logro del ‘Ex Presi’ hay que decir que el señor trabajó y liberó al país de unos narcoterroristas que hacían lo que querían, además regresó la confianza inversionista a Colombia, es no se puede negar.
Claro, cometió errores, unos muy graves y hasta punibles (traducción: que lo pueden echar a la cárcel), pero para eso tendrá que pasar mucha agua por el puente y, a decir verdad, no creo que eso pase o que el pueblo raso lo permita. Pero con esas salidas pendencieras, fuera de tono y a veces inexplicables, nuestro Mesías Paisa se está buscando problemas tontos y sin sentido.
Todos entendemos que es un madrugador, con espíritu de capataz de finca y necesita estar haciendo algo y que requiere ser el centro de atención, pero con sus salidas en falso demuestra que no acepta dejar de ser el número 1, Él que contrata, Él que firma, Él que todo lo puede, Él que da puestos, mejor dicho todo… No hay resignación, mucho menos entendimiento, es Él no puede ser el 2.
El caso es que el ‘Ex Presi’ se está volviendo una molestia para el país. Como sus opiniones lo único que hacen es polarizar, cada vez que habla unos se cortan las venas para atacarlo, otros prenden las antorchas para defenderlo y en la mitad los pobres paganos son los que quieren que esta patria boba medio avance, mientras que el ego de este ilustre personaje detenga las locomotoras de desarrollo, que bien lento que si van.
Aunque mí conocimiento político es bien pobre (como en casi todo) tengo entendido que el trabajo de los Ex presidentes es robar al Estado, ganar un sueldo vitalicio y aparecer en cuanto cóctel se inventen. Pero a juzgar por los hechos ese no es el futuro para nuestro ‘Ex Presi’. Él es como los niños pequeños cuando llega a la familia un bebé; se siente amenazado y quiere la atención absoluta de mamá (los colombianos)….
El problema es que Uribe se está pareciendo a los pollitos paso cagadita, paso cagadita y va camino a un juicio tonto. Creo que a este magno hombre lo debería juzgar la historia y no una Corte Suprema llena de politiquería y ganas de figurar. Por eso ‘Ex Presi’ Uribe recuerde: Calladito se ve más bonito, papito…
Creo firmemente que al Ex presidente Uribe le falta que alguien le de esas benditas palmaditas en la cara (cual capo italiano) y le haga ver que básicamente si no cierra la boquita o calma los dedos frente al computador va terminar investigado por Baltasar Garzón en cualquier Corte Penal Internacional.
Todos sabían que, tan pronto fuera 8 de agosto y el omnipotente arriero volviera a ser un pobre parroquiano común, sin poder de decisión, sin alabanzas extremas, sin un sequito de lambones a las espaldas y sobre todo sin todo un país puesto en sus carnitas y sus huesitos, éste iba a estallar; lo que no se sabía era cuándo.
El prefijo Ex no le cuadra mucho a Uribe. Parece como esas parejas que se resisten a entender que la relación ya se acabó y siguen llamando la atención. La forma que encontró el Ex gamonal fue irse lanza en ristre contra la Justicia en Colombia y generando controversia, polarización e intolerancia (como si no hubiera suficiente ya) que termina afectando al país que dice defendió con honor y compromiso (cosa que es cierta).
Este paisa ve como el país empieza a mirar para otro lado y le provoca morderse un codo. El nuevo Santo presidencial ha empezado una gestión llena de buenos proyectos, pero ningún resultado concreto y visible, eso sí, se zampó un discurso de una hora diciendo lo que ha hecho en 100 días, que la verdad es poco, pero le sonó bonito. Tras ese buen inicio dialéctico el nivel de popularidad del actual presidente llegó al 73 por ciento, nivel más alto de aceptación que el de su predecesor y eso fue como haberle mentado la santa madre al patriarca.
Convenientemente arrancó una campaña de medios para aparecer hasta en el Boletín del Consumidor (por poco sale amenazado por convivencia). En la últimas semanas lo único que le roba el centro de atención al arriero ex presidencial es la forma apocalíptica de llover, pero Álvaro (hay cogerle confianza) se roba la atención, sabe que todo lo que dice -o escribe en Twitter- tiene una repercusión telúrica en el país.
Básicamente defendió a sus protegidos y tácitamente les dijo que mejor empacaran los ‘coróticos’ que esto esta vuelta se complicó. Defendió el asilo de bellos personajes de fauna política del país y aseguró que en Colombia no hay garantías para su juicio y ahí fue Troya.
Al pobre Santos le tocó salir a decir con voz temblorosa y más asustado que novia con retraso que “…en este país lo que hay son garantías, que tranquilos…”. Y si, contradijo al gran maestro, al héroe, al Godfather. Era otra de las cosas que se sabían, ambos iban a chocar y duro, lo que no se sabe bien, de nuevo, es cuándo.
Uribe esta borrando con el codo el trabajo que hizo durante ocho largos años. Aunque es un lugar común, no deja de ser verdad. Así muchos primero se dejen depilar con cortaúñas antes de reconocerle un logro del ‘Ex Presi’ hay que decir que el señor trabajó y liberó al país de unos narcoterroristas que hacían lo que querían, además regresó la confianza inversionista a Colombia, es no se puede negar.
Claro, cometió errores, unos muy graves y hasta punibles (traducción: que lo pueden echar a la cárcel), pero para eso tendrá que pasar mucha agua por el puente y, a decir verdad, no creo que eso pase o que el pueblo raso lo permita. Pero con esas salidas pendencieras, fuera de tono y a veces inexplicables, nuestro Mesías Paisa se está buscando problemas tontos y sin sentido.
Todos entendemos que es un madrugador, con espíritu de capataz de finca y necesita estar haciendo algo y que requiere ser el centro de atención, pero con sus salidas en falso demuestra que no acepta dejar de ser el número 1, Él que contrata, Él que firma, Él que todo lo puede, Él que da puestos, mejor dicho todo… No hay resignación, mucho menos entendimiento, es Él no puede ser el 2.
El caso es que el ‘Ex Presi’ se está volviendo una molestia para el país. Como sus opiniones lo único que hacen es polarizar, cada vez que habla unos se cortan las venas para atacarlo, otros prenden las antorchas para defenderlo y en la mitad los pobres paganos son los que quieren que esta patria boba medio avance, mientras que el ego de este ilustre personaje detenga las locomotoras de desarrollo, que bien lento que si van.
Aunque mí conocimiento político es bien pobre (como en casi todo) tengo entendido que el trabajo de los Ex presidentes es robar al Estado, ganar un sueldo vitalicio y aparecer en cuanto cóctel se inventen. Pero a juzgar por los hechos ese no es el futuro para nuestro ‘Ex Presi’. Él es como los niños pequeños cuando llega a la familia un bebé; se siente amenazado y quiere la atención absoluta de mamá (los colombianos)….
El problema es que Uribe se está pareciendo a los pollitos paso cagadita, paso cagadita y va camino a un juicio tonto. Creo que a este magno hombre lo debería juzgar la historia y no una Corte Suprema llena de politiquería y ganas de figurar. Por eso ‘Ex Presi’ Uribe recuerde: Calladito se ve más bonito, papito…
viernes, 29 de octubre de 2010
La carta del convicto y el jabón
Al palpar la carta se puede sentir la fuerza con la que la escribió, me imagino su puño rojo, con las venas de la mano brotadas. Sus palabras son elocuentes y la vez desgarradoras, se esfuerza por no magnificar la miseria en la que esta, pero el papel no le permite disimular, no hay duda, vive un fuerte castigo.
Firma con su nombre completo, pero no se puede decir quién es. La envía desde una cárcel de máxima seguridad, pero no se puede decir desde cuál. Cometió un crimen que acepta con deshonra, pero con gallardía. Y hace una solicitud que sorprende, pero que a la vez lástima.
En medio del trabajo diario llegó. En el sobre se ve el sello de remisión de la cárcel. Sin siquiera abrirla ya se sienten las letras como si fuera un braile. Inicia con un caluroso saludo de rigor que demuestra que el escrito fue pensado y ‘recontrapensado’, -de todas maneras en una cárcel ¿qué más se puede hacer si no es pensar?- Mencionaba a Dios sin censura alguna, lo nombraba con buenos deseos para el posible lector. Una muestra de fe es que haya llegado a algún destinatario.
Después pasó a contar su pecado (sin entrar en mayor detalle). Simplemente reconoció que en algún momento de su vida se había equivocado y tiene que cumplir una condena de 30 años. Ya ha pagado 7. Insistió que la vida cobra los errores y que él acataba con dolor esa máxima. Esa circunstancia de su vida (como llama a su crimen) no debió ser algo simple. En un país donde la justicia es un canto a la bandera ser condenado a 30 años es un castigo descomunal.
Sin mediar regla de redacción alguna (tediosas de por si je) se dispuso a solicitar. Como venía el texto era de suponer que pediría una ayuda económica o colaboración para su familia. Sus palabras empuñadas se notaban desesperadas, escritas sin prisa, pero sin pausa, con tinta negra, detalle no menor, si se tiene en cuenta que esto denota seriedad, su caligrafía es buena, la ortografía para el olvido (pero no soy quién para hablar de ese tema particular)...
Aún me cuesta creer la solicitud de este convicto. Me sorprendió. Pudo pedir desde un abogado hasta un complejo turístico ¡qué sé yo! Pero lejos de eso. Solicitó algo tan cotidiano, tan común, tan necesario… Cuando las letras llegaron a su solicitud, en mi cabeza retumbaron estas sentencias “Carajo este ‘man’ pide un jabón y toalla ¿qué mierda le está pensando?…”
Al continuar la lectura en busca de un argumento, por mínimo que fuera, que dijera por qué. Simplemente, el convicto, dejó una lacónica frase, que por más que se lee y relee no tiene lógica alguna, o por lo menos no para el suscrito.
“…es que no tengo a nadie…”. Fue simple y certero. Fue frío. Sólo necesitó 6 palabras para que entendiera que la vida cobra los errores, no sólo con encierro, también con la más profunda soledad.
Que duro debe ser. Pensar que atraviesa la más dura prueba y sólo lo acompaña una hoja cuadriculada y un bolígrafo, que le sirve para pedir un jabón y una toalla a cambio de una posible bendición del Todo Poderoso.
Firma con su nombre completo, pero no se puede decir quién es. La envía desde una cárcel de máxima seguridad, pero no se puede decir desde cuál. Cometió un crimen que acepta con deshonra, pero con gallardía. Y hace una solicitud que sorprende, pero que a la vez lástima.
En medio del trabajo diario llegó. En el sobre se ve el sello de remisión de la cárcel. Sin siquiera abrirla ya se sienten las letras como si fuera un braile. Inicia con un caluroso saludo de rigor que demuestra que el escrito fue pensado y ‘recontrapensado’, -de todas maneras en una cárcel ¿qué más se puede hacer si no es pensar?- Mencionaba a Dios sin censura alguna, lo nombraba con buenos deseos para el posible lector. Una muestra de fe es que haya llegado a algún destinatario.
Después pasó a contar su pecado (sin entrar en mayor detalle). Simplemente reconoció que en algún momento de su vida se había equivocado y tiene que cumplir una condena de 30 años. Ya ha pagado 7. Insistió que la vida cobra los errores y que él acataba con dolor esa máxima. Esa circunstancia de su vida (como llama a su crimen) no debió ser algo simple. En un país donde la justicia es un canto a la bandera ser condenado a 30 años es un castigo descomunal.
Sin mediar regla de redacción alguna (tediosas de por si je) se dispuso a solicitar. Como venía el texto era de suponer que pediría una ayuda económica o colaboración para su familia. Sus palabras empuñadas se notaban desesperadas, escritas sin prisa, pero sin pausa, con tinta negra, detalle no menor, si se tiene en cuenta que esto denota seriedad, su caligrafía es buena, la ortografía para el olvido (pero no soy quién para hablar de ese tema particular)...
Aún me cuesta creer la solicitud de este convicto. Me sorprendió. Pudo pedir desde un abogado hasta un complejo turístico ¡qué sé yo! Pero lejos de eso. Solicitó algo tan cotidiano, tan común, tan necesario… Cuando las letras llegaron a su solicitud, en mi cabeza retumbaron estas sentencias “Carajo este ‘man’ pide un jabón y toalla ¿qué mierda le está pensando?…”
Al continuar la lectura en busca de un argumento, por mínimo que fuera, que dijera por qué. Simplemente, el convicto, dejó una lacónica frase, que por más que se lee y relee no tiene lógica alguna, o por lo menos no para el suscrito.
“…es que no tengo a nadie…”. Fue simple y certero. Fue frío. Sólo necesitó 6 palabras para que entendiera que la vida cobra los errores, no sólo con encierro, también con la más profunda soledad.
Que duro debe ser. Pensar que atraviesa la más dura prueba y sólo lo acompaña una hoja cuadriculada y un bolígrafo, que le sirve para pedir un jabón y una toalla a cambio de una posible bendición del Todo Poderoso.
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